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Conservación con un rostro humano

PARIS – El mundo está viviendo una drástica reducción de su capital natural. Las especies vegetales y animales se están extinguiendo a una velocidad sin precedentes: 100 a 1000 veces el ritmo de extinción natural.

Los ecosistemas que más en peligro se encuentran están en los países en desarrollo, por lo que dependen para su preservación de algunas de las comunidades más necesitadas del mundo. A la inversa, los pobres son los primeros en sufrir con el deterioro de su ambiente natural. Sin embargo, en el mundo en desarrollo a menudo las necesidades económicas cobran prioridad por sobre los imperativos de largo plazo, y proteger un ambiente frágil rara vez es una prioridad a nivel nacional.

La biodiversidad que albergan las naciones en desarrollo del mundo brinda servicios tanto locales como globales. Locales, porque con frecuencia las comunidades más frágiles dependen para su supervivencia de los recursos biológicos que las rodean, lo que constituye una preciosa fuente de alimentos, energía e ingresos. El Banco Mundial estima que el capital natural constituye un cuarto de la riqueza total de los países de bajos recursos, en comparación con el 3% en las economías altamente desarrolladas. Globales, porque la gama de servicios que proveen los ecosistemas naturales, como aire puro y agua limpia, benefician a personas mucho más allá de las fronteras naturales.

La destrucción de estos preciosos ambientes naturales genera males internacionales. Piénsese en el cambio climático: pocas personas se dan cuenta de que la destrucción de los bosques tropicales representa un 20% de todas las emisiones de carbono, más que todos los automóviles, camiones y aviones combinados. Detener la tala y quema de bosques tropicales, que se encuentran casi exclusivamente en naciones en desarrollo, es uno de los pasos más eficaces y prácticos de lograr para reducir las emisiones de carbono.

Basándose en que el medio ambiente en los países en desarrollo proporciona servicios ecológicos únicos al resto de la humanidad, algunos argumentan que sus poblaciones no deberían explotar los recursos naturales que se encuentran en sus territorios. Sin embargo, esto sería éticamente errado, porque las naciones en desarrollo han destruido, en gran medida, sus propios ecosistemas primarios y bosques en el camino al desarrollo industrial, y siguen importando grandes cantidades de material extraído en los países en desarrollo. También sería ineficaz., porque los países en desarrollo se negarán, con razón, a asumir por si solos la carga de proteger la biodiversidad del mundo en detrimento de su crecimiento económico.

En consecuencia, lo que se necesita es una manera de conciliar la tarea de ayudar a algunos de los pueblos más pobres del mundo con la de proteger sistemas insustituibles. Enfrentar este doble desafío implica expandir la capacidad de las comunidades locales para gestionar los recursos naturales de los que dependen.

El Fondo de Alianzas para Ecosistemas Críticos (CEPF, por sus siglas en inglés), iniciativa internacional creada hace ocho años, se basa en el principio de que las comunidades locales mismas son los mejores actores a los que se puede confiar el proteger el medio ambiente que las rodea, y que el crecimiento económico mejorará su capacidad de cuidar la naturaleza. Al centrarnos en "áreas críticas de la biodiversidad", regiones con ambientes naturales únicos y muy en peligro, el CEPF confía en el principio de sentido común de que lo que la naturaleza ofrece gratuitamente es un elemento crucial para el desarrollo económico sostenible. El Fondo, al entregar asistencia financiera y técnica a los pueblos y lugares que más la necesitan, ha ayudado a crear más de nueve millones de hectáreas de nuevas áreas protegidas, un área mayor que Portugal.

Estos proyectos de desarrollo basados en la conservación demuestran que el crecimiento económico y la protección ambiental no son incompatibles. Por el contrario, en un contexto de pobreza  no será posible superar los crecientes retos ambientales en algunas de las regiones menos desarrolladas del mundo. Por lo tanto, los ambientalistas y las agencias para el desarrollo deben colaborar con urgencia en pos de la convergencia de políticas de desarrollo y conservación. Este es el tipo de progreso que necesita el mundo si ha de abordar con eficacia uno de los problemas más urgentes de nuestro tiempo: lograr un planeta sano y sostenible tanto para los ricos como para los pobres.

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