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Capitales de capital

NUEVA YORK – Recientemente, el gobierno de China anunció que quiere que Shanghai se convierta en una capital financiera global al igual que Londres y Nueva York para 2020. Un objetivo ambicioso, que puede alcanzarse o no. Pero las aspiraciones de China también subrayan una nueva realidad preocupante y cada vez más generalizada: las autoridades políticas están tomando decisiones que normalmente se dejan en manos de los mercados, en una escala nunca vista en décadas.

Al igual que la crisis financiera en sí, esta tendencia hoy es global. Los líderes políticos en decenas de países están tomando decisiones que marcarán el desempeño de los mercados locales (y globales) en el futuro previsible.

En China, las exportaciones cayeron más del 25% en febrero. No es para preocuparse, dijo el premier Wen Jiabao: el gobierno chino tiene "munición adecuada" para sumar a su paquete de estímulo de 586.000 millones de dólares, un plan destinado a crear millones de empleos a través de una enorme inversión gubernamental en transporte, infraestructura energética, vivienda y otros proyectos de gran escala.

En la India, donde con frecuencia se considera que el gobierno es más un retraso para el comercio que un catalizador del crecimiento, es más probable que las decisiones que mueven a los mercados locales hoy provengan de los burócratas en Nueva Delhi y no de los innovadores en Mumbai. De hecho, el gobierno liderado por el Partido del Congreso, ansioso por dar la impresión de que da respuesta a la demanda pública de ayuda durante una crisis económica en año electoral, impulsó tres paquetes de estímulo desde diciembre.

Conclusión: para averiguar cómo, cuando y dónde se distribuirán los activos y se generará la riqueza en decenas de países en el mundo desarrollado y en desarrollo en estos días, hoy debemos mirar hacia las capitales políticas, no financieras.

Esta tendencia generará problemas para el crecimiento económico global a más largo plazo. Ante todo, a los líderes dentro de la elite del Partido Comunista chino les resulta bastante difícil concordar sobre las prioridades en materia de políticas económicas. Los desafíos que enfrenta el presidente norteamericano, Barack Obama, en su intento por ganar respaldo para políticas riesgosas y costosas de parte de demócratas beligerantes y republicanos obstinados, darán lugar a algunos acuerdos legislativos retorcidos.

Ese patrón se está repitiendo en otras partes. En Rusia, Ucrania, Hungría, Pakistán, Turquía, Malasia, México, Nigeria y otros estados, las batallas entre facciones políticas internas generarán respuestas muchas veces incoherentes a problemas económicos apremiantes.

En segundo lugar, si resulta difícil crear consenso dentro de un país sobre la mejor manera de promover el crecimiento, imagínense la misma discusión a nivel global. La mayoría de los políticos diseñan una política que satisfaga a sus electores locales y proteja su capital político personal. Revitalizar el crecimiento global viene bien rezagado en un segundo puesto.

En Washington, muchos demócratas utilizarán estos debates sobre políticas para capitalizar la ira popular contra Wall Street, mientras que muchos republicanos buscan una hendija por donde capitalizar una deseable furia popular contra los demócratas. Algunos dentro del liderazgo del Partido Comunista chino respaldarán los planes para diseñar un cambio de un crecimiento liderado por las exportaciones a un modelo basado en el consumo interno. Otros intentarán dirigir el financiamiento del Estado hacia sus proyectos personales de inversión. Las facciones dentro de los gobiernos ruso, indio, mexicano y sudafricano tienen sus propias prioridades políticas encontradas.

En un momento en que tantas autoridades políticas diseñan respuestas a la crisis para solucionar problemas locales o crear oportunidades locales, ¿qué probabilidades existen de que se pongan de acuerdo sobre una estrategia internacional unificada?

Nuestro primer pantallazo del problema respecto de coordinar una respuesta internacional a la crisis financiera tuvo lugar el pasado mes de noviembre, durante la cumbre de emergencia del G-20 en Washington. Lograr que el G-8 se ponga de acuerdo sobre las prioridades es bastante complicado; generar consenso dentro del G-20 es exponencialmente más difícil, no sólo por la mayor cantidad de actores involucrados, sino porque muchos de ellos no se ponen de acuerdo sobre las reglas más básicas del juego económico global.

Si bien la cumbre del G-20 de abril en Londres generó un mayor acuerdo de lo esperado en materia de política económica, esto se debió en gran medida a que la cuestión más polémica -el reclamo estadounidense y británico de más estímulos a nivel global- de antemano fue eliminada de la mesa. En consecuencia, los sonrientes presidentes y primeros ministros pudieron permitirse ser más diplomáticos que el primer ministro checo Mirek Topolanek que, en su papel de presidente en funciones de la Unión Europea, había advertido que el plan económico de Obama conduciría a los demás "camino al infierno".

Topolanek no estaba en la cumbre del G-20; su país no es miembro. Y, si bien el primer ministro británico, Gordon Brown, coincide con Obama en que los principales países industrializados del mundo deben estimular sus economías domésticas tanto como puedan, el gobernador del Banco de Inglaterra, Mervyn King, ha advertido que Gran Bretaña tal vez ya haya acumulado demasiada deuda como para otra ronda de estímulo.

Por más atemorizadora que sea la recesión global, una respuesta coordinada y coherente por parte de los líderes políticos del mundo en el mejor de los casos sigue siendo sumamente incierta. Y la influencia cada vez mayor de los factores políticos en el desempeño del mercado probablemente pesará en el crecimiento global durante los próximos años.

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