NEW HAVEN – Asia tiene un problema de inflación. Mientras más rápido lo aborde, mejor. Por desgracia, no se ve que haya una sensación de urgencia.
La fuerte dependencia de Asia de las exportaciones y la demanda externa son un obstáculo para que exista una disposición a combatir la inflación. Debido al temor a una recaída de la demanda de mercado final en un mundo aún inestable por la crisis que acaba de pasar, los responsables asiáticos del diseño de políticas han estado renuentes a adoptar posturas agresivas para lograr la estabilidad de precios. Eso tiene que cambiar antes de que sea demasiado tarde.
A excepción de Japón, que sigue empantanado en lo que parece ser una deflación crónica, la inflación de Asia aumentó a 5.3% en los doce meses previos a noviembre de 2010, un incremento notable en comparación con la tasa del 3.5% del año anterior. Las tendencias en los dos gigantes de la región son especialmente preocupantes; la inflación ha superado el umbral del 5% en China, y en la India ha rebasado el 8%. El aumento de los precios también es preocupante en Indonesia (7%), Singapur (3.8%), Corea (3.5%) y Tailandia (3%).
Es cierto que el aumento abrupto de los precios de los alimentos es un factor importante que impulsa la inflación global en Asia. Sin embargo, esto dista de ser un hecho trivial para las familias de bajos ingresos en el mundo en desarrollo, donde la proporción que se dedica a los productos alimenticios en los presupuestos de los hogares –46% en la India y 33% en China—es de dos a tres veces la que ocupa en los países desarrollados.
Al mismo tiempo, ha habido un deterioro notable de la inflación “básica” subyacente, que afecta los precios de los alimentos y la energía. La tasa de inflación básica anual en Asia (excluido Japón) era del 4% a finales de 2010 –aproximadamente un punto porcentual más que a finales de 2009.
Una lección esencial de la gran inflación de los setenta es que los bancos centrales no pueden permitirse una sensación de falsa seguridad a causa de una dicotomía entre la inflación global y la básica. Los efectos secundarios son inevitables y, una vez que se instala un aumento corrosivo en las expectativas de inflación, es mucho más doloroso eliminarlo. Las buenas noticias para Asia es que la mayoría de las autoridades monetarias de la región de hecho están restringiendo la política. Las malas noticias son que en general se han tardado demasiado en actuar.
Los mercados financieros parecen estar esperando restricciones monetarias mucho mayores en Asia –al menos ese es el mensaje que se puede extraer de la abrupta apreciación de las monedas asiáticas, que parece responder a los movimientos prospectivos de las tasas de interés oficiales. En relación con el dólar estadounidense, una canasta de 10 de las principales monedas asiáticas ponderada según el mismo coeficiente ha repetido las distorsiones relacionadas con la crisis de 2008-2009 y ahora ha vuelto a los elevados niveles anteriores a la crisis.
Por supuesto, las economías dirigidas por las exportaciones no pueden tomar a la ligera la apreciación de las monedas –socava la competitividad y puede erosionar la participación del país en el mercado global. También es una invitación para las desestabilizadoras entradas de capital especulativo. En el frágil entorno posterior a la crisis, con perspectivas de demanda inciertas en los principales mercados del mundo desarrollado, Asia está en una clásica trampa de política, posponiendo las restricciones monetarias mientras se arriesga a sufrir los impactos negativos de tener monedas más fuertes.
Sólo hay una salida para Asia: un aumento significativo de las tasas de interés oficiales reales o ajustadas a la inflación. Las tasas oficiales de referencia están actualmente por debajo de la inflación global en la India, Corea del Sur, Hong Kong, Singapur, Tailandia e Indonesia. En China, Taiwán y Malasia apenas llegan a ser ligeramente positivas.
Las lecciones de las batallas anteriores contra la inflación son claras en un punto fundamental: las presiones inflacionarias no pueden contenerse con tasas de interés de corto plazo negativas o ligeramente positivas. La única estrategia efectiva contra la inflación supone un endurecimiento monetario agresivo que haga que las tasas oficiales sean restrictivas. Mientras más tiempo se posponga eso, más difícil será el ajuste de políticas final –y más graves las consecuencias para el crecimiento y el empleo. Ahora que la inflación –tanto la global como la básica—se está acelerando, los bancos centrales de Asia no pueden seguirse quedando por detrás de la curva.
Asia tiene demasiadas cuestiones importantes en su agenda estratégica como para permanecer atorada en una trampa de política. Esto se aplica particularmente a China, cuyo gobierno está concentrado en los imperativos de reequilibrio a favor del consumo de su duodécimo plan quinquenal, que está por entrar en vigor.
Hasta ahora, los líderes chinos han adoptado un enfoque mesurado hacia la inflación. Sus esfuerzos se centran principalmente en aumentar los coeficientes de reservas obligatorias de los bancos y al mismo tiempo han introducido medidas administrativas para encarar las presiones sobre los precios de los alimentos, han aprobado un par de aumentos simbólicos de las tasas de interés y gestionan un modesto ajuste al alza de la moneda.
No obstante, las restricciones de política en China deben centrarse de manera más decidida en el aumento de las tasas de interés. Dado que la economía del país sigue creciendo a casi el 10% al año, el gobierno puede permitirse tomar más riesgos de política de corto plazo a fin de allanar el camino para su agenda estructural.
En efecto, el dilema de China es emblemático de uno de los mayores retos del Asia en desarrollo: la necesidad de cambiar la orientación del modelo de la demanda externa a la demanda interna. Eso no puede suceder sin un aumento de los salarios y el poder adquisitivo de los trabajadores. Sin embargo, en un entorno cada vez más inflacionario, cualquier esfuerzo de ese tipo podría desencadenar un brote de la temida espiral salarios-precios –la misma interacción letal que causó tantos estragos en los Estados Unidos en los años setenta. Asia únicamente puede evitar este problema y dedicarse a la dura labor del reequilibrio a favor del consumo si corta de raíz la inflación.
Mucho se habla de la resistencia de teflón de Asia en un duro entorno posterior a la crisis. Se considera cada vez más que las dinámicas economías del Asia en desarrollo, encabezadas por China, son los nuevos y poderosos motores de un mundo de varias velocidades. Si bien aun no resulta claro si realmente se ha dado una transición sin contratiempos del liderazgo económico global, Asia debe encarar los desafíos críticos que pueden venir aunados a este nuevo papel. Si no se aborda ahora, la inflación podría ser un riesgo grave para la capacidad de la región de encarar esos desafíos.


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