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El poder americano después de Ben Laden

OXFORD – Cuando un Estado es preponderante en cuanto a recursos de poder, los observadores hablan con frecuencia de que se encuentra en una situación hegemónica. En la actualidad, muchos expertos sostienen que el poder en ascenso de otros países y la pérdida de influencia americana en un Oriente Medio revolucionario indican una decadencia de la “hegemonía americana”, pero este término es confuso. Para empezar, la posesión de recursos de poder no siempre entraña que se consigan los resultados deseados. Ni siquiera la reciente muerte de Osama ben Laden a manos de fuerzas especiales de los Estados Unidos indica nada sobre el poder americano en un sentido o en otro.

Para entender por qué, piénsese en la situación posterior a la segunda guerra mundial, en la que correspondía a los EE.UU. una tercera parte del producto mundial y este país tenía una preponderancia abrumadora en cuanto a armas nucleares. Muchos lo consideraban un hegemón mundial. No obstante, los EE.UU. no pudieron impedir la “pérdida” de China, “hacer retroceder” el comunismo en la Europa oriental, impedir el punto muerto en la guerra de Corea, derrotar al Frente de Liberación Nacional de Vietnam ni desalojar al régimen de Castro de Cuba.

Incluso en la época de la supuesta hegemonía americana, los estudios muestran que sólo una quinta parte de las medidas adoptadas por los Estados Unidos para imponer cambios en otros países mediante amenazas militares dieron resultado, mientras que las sanciones económicas sólo lo hicieron en la mitad de los casos. Aun así, muchos creen que la preponderancia actual de los Estados Unidos en cuanto a recursos de poder es hegemónica y que decaerá, como ocurrió antes con la de Gran Bretaña. Algunos americanos tienen una reacción emocional ante esa perspectiva, pese a que sería ahistórico creer que los EE.UU. tendrán eternamente una participación preponderante en los recursos de poder.

Pero el término “decadencia” aúna dos dimensiones diferentes del poder: una decadencia absoluta, en el sentido de declive o pérdida de la capacidad para utilizar los recursos propios eficazmente, y una decadencia relativa, en la que los recursos de poder de otros Estados lleguen a ser mayores o a utilizarse más eficazmente. Por ejemplo, en el siglo XVII los Países Bajos prosperaron internamente, pero decayeron en poder relativo, pues otros cobraron mayor fuerza. A la inversa, el Imperio Romano occidental no sucumbió ante otro Estado, sino por su decadencia interna y a consecuencia de los embates de tropeles de bárbaros. Roma era una sociedad agraria con poca productividad económica y un alto grado de luchas intestinas.

Si bien los EE.UU. tienen problemas, no encajan en la descripción de decadencia absoluta de la antigua Roma y, por popular que sea, la analogía con la decadencia británica es igualmente engañosa. Gran Bretaña tenía un imperio en el que nunca se ponía el sol, gobernaba a más de una cuarta parte de la Humanidad y gozaba de la supremacía naval, pero hay diferencias muy importantes entre los recursos de poder de la Gran Bretaña imperial y los Estados Unidos contemporáneos. Durante la primera guerra mundial, Gran Bretaña ocupaba tan sólo el cuarto puesto entre las grandes potencias en cuanto a personal militar, el cuarto por el PIB y el tercero en gasto militar. Los gastos de defensa ascendían por término medio a entre 2,5 por ciento y 3,4 por ciento del PIB y el Imperio estaba gobernado en gran parte con tropas locales.

En 1914, las exportaciones netas de capital de Gran Bretaña le brindaron un importante fondo financiero al que recurrir (aunque algunos historiadores consideran que habría sido mejor haber invertido ese dinero en industria nacional). De los 8,6 millones de soldados británicos que combatieron en la primera guerra mundial, casi una tercera parte procedían del imperio de allende los mares.

Sin embargo, con el ascenso del nacionalismo a Londres le resultó cada vez más difícil declarar la guerra en nombre del Imperio, cuya defensa llegó a ser una carga más pesada. En cambio, los Estados Unidos han tenido una economía continental inmune a la desintegración nacionalista desde 1865. Pese a lo mucho que se habla a la ligera del imperio americano, los EE.UU. están menos atados y tienen más grados de libertad que la que disfrutó Gran Bretaña jamás. De hecho, la posición geopolítica de los Estados Unidos difiere profundamente de la de la Gran Bretaña imperial: mientras que esta última había de afrontar a unos vecinos en ascenso en Alemania y en Rusia, los Estados Unidos se benefician de los dos océanos y de unos vecinos más débiles.

Pese a esas diferencias, los americanos son propensos a creer cíclicamente en la decadencia. Los Padres Fundadores se preocupaban por las comparaciones con la decadencia de la República romana. Además, el pesimismo cultural es muy americano y se remonta a las raíces puritanas del país. Como observó Charles Dickens hace un siglo y medio, “de creer a sus ciudadanos, como un solo hombre, [los Estados Unidos] están siempre deprimidos, siempre estancados y siempre son presa de una crisis alarmante y nunca ha dejado de ser así”.

Más recientemente, las encuestas de opinión revelaron una creencia generalizada en la decadencia después de que la Unión Soviética lanzara el Sputnik en 1957 y otra vez durante las sacudidas económicas de la época de Nixon en el decenio de 1970 y después de los déficits presupuestarios de Ronald Reagan en el de 1980. Al final de aquel decenio, los americanos creían que el país estaba en decadencia; aun así, al cabo de un decenio creían que los EE.UU. eran la única superpotencia. Ahora muchos han vuelto a creer en la decadencia.

Los ciclos de preocupación por la decadencia nos revelan más sobre la psicología americana que sobre los cambios subyacentes en cuanto a recursos de poder. Algunos observadores, como, por ejemplo, el historiador de Harvard Niall Ferguson, creen que “debatir sobre las fases de la decadencia puede ser una pérdida de tiempo: lo que debería preocupar más a las autoridades y los ciudadanos es una inesperada caída en picado”. Ferguson cree que una duplicación de la deuda pública en el próximo decenio no puede por sí sola erosionar la fuerza de los EE.UU, pero podría debilitar la fe, durante mucho tiempo dada por supuesta, en la capacidad de los Estados Unidos para capear cualquier crisis.

Ferguson está en lo cierto al sostener que los EE.UU. tendrán que abordar su déficit presupuestario para mantener la confianza internacional, pero, como muestro en mi libro El futuro del poder, lograrlo entra dentro de lo posible. Los Estados Unidos disfrutaron de un superávit presupuestario hace sólo un decenio, antes de que las reducciones fiscales de George W. Bush, dos guerras y la recesión crearan una inestabilidad fiscal. La economía de los EE.UU. sigue ocupando uno de los primeros puestos en competitividad, según el Foro Económico Mundial, y el sistema político, a su desorganizado modo, ha empezado a lidiar con los cambios necesarios.

Algunos creen que antes de las elecciones de 2012 se podría lograr una avenencia política entre republicanos y demócratas; otros sostienen que es más probable un acuerdo después de las elecciones. En cualquier caso, las declaraciones difusas sobre una decadencia de la hegemonía resultarían una vez más engañosas.

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