FARAH, AFGANISTÁN – Cuando se enumeran los problemas que aquejan a la sociedad afgana --violencia, inseguridad, corrupción, fundamentalismo religioso-- se suele excluir un factor dominante: la influencia del derecho consuetudinario. En Afganistán hay tres referencias jurídicas principales: el derecho constitucional, el Corán y el sistema de derecho consuetudinario conocido como Farhang , cuya versión más dominante y estricta se denomina Pashtunwali (las costumbres de los pashtunes).
El Farhang , que en sus orígenes fue un código de honor, asegura la dominación del varón de mayor edad de un hogar, seguido por sus hijos casados, sus hijos solteros y sus nietos y después por sus esposas (la menor de ellas, hasta abajo de la jerarquía). Las decisiones colectivas las toman los patriarcas en consejos llamados jirgas , en los que todos deben estar de acuerdo.
Esas decisiones incluyen colaborar o no con los talibanes o con las fuerzas de la coalición, o aceptar o rechazar la erradicación de la amapola en algún pueblo. Todo lo demás queda a discreción del patriarca. Aquí, nadie interviene salvo para reforzar la aplicación de los derechos del patriarca --por ejemplo, lapidar a alguna joven descarriada o hacerse de la vista gorda ante los llamados "homicidios de honor" de mujeres.
Cada acto de un varón afgano se integra en una especie de reciprocidad en la que nada es gratuito. La melmastia , el principio básico de la hospitalidad significa: "te daré refugio si me lo pides aunque seas un asesino fugitivo; pero a cambio, tú lucharás por mí." Este sentido de obligación consuetudinaria es la razón por la que muchos de los secuaces del Presidente Hamid Karzai conservan sus puestos y por la que los líderes talibanes están seguros.
A las mujeres se les excluye del proceso colectivo de toma de decisiones puesto que son simples objetos. A las jóvenes se les vende literalmente cuando se casan y se integran al hogar de su esposo (el padre recibe dinero por el trabajo y la capacidad reproductiva de su hija). Mientras más joven sea la mujer, mayor será el precio. El matrimonio, sobre todo en las provincias, se consuma rutinariamente en cuerpos prepúberes.
Con todo, las mujeres son valiosas a su manera. El principal "capital cultural" de una familia es su honor, que queda asegurado al negar a las mujeres cualquier oportunidad de resaltar las faltas de los varones y manchar con ello la respetabilidad del clan. Como resultado, las mujeres deben estar estrictamente aisladas y ser invisibles en público, porque ellas son personalmente responsables del deseo que podrían despertar en escuelas, hospitales, parques o mercados. La burqa que cubre todo el cuerpo ofrece la anonimidad suficiente que le permite a la mujer una cierta libertad en los espacios públicos.
Toda mujer carga simultáneamente el honor de su padre y de su esposo y se someterá estoicamente a todo tipo de violencia cometida por ello. Esto puede significar morir en el parto en lugar de arriesgarse al "deshonor" de dar a luz en un lugar público, un hospital, en presencia de desconocidos.
Recurrir a los tribunales es algo que casi no se hace, ya que significaría renunciar a las costumbres familiares. Desde el punto de vista del varón, pedir la intervención de la policía externa o de las instancias judiciales se traduciría como una incapacidad para resolver sus propios problemas -un reconocimiento de derrota y una castración simbólica.
Esto ayuda a explicar la intensa corrupción en los tribunales afganos, en donde el “honor” puede ser redimido con dar un soborno al juez para que libere a un violador o asesino. Dado que la violencia es estrictamente un asunto privado, dejar la justicia en manos de las instituciones del Estado sería una humillación inaceptable.
El derecho consuetudinario no es rígido en el sentido que permite adaptarse a las exigencias de la economía global. Se ha hecho más riguroso en sus aplicaciones debido a la influencia del Islam militante, que busca usar los textos religiosos para legitimar una creciente brutalidad, especialmente en contra de las mujeres. Sin embargo, el Farhang y la violencia privada son justamente las cosas que Mahoma quería prohibir en la ley coránica, que fue más allá de la esfera personal e instituyó un código que otorgó algunos derechos a las mujeres.
Por ejemplo, mientras que el Corán permite un derecho limitado femenino a heredar, la costumbre tribal no lo autoriza, lo que explica la popularidad de los consejos tribales para resolver los problemas de herencia y quitar a las mujeres sus derechos con argucias legales. Asimismo, mientras que el Corán requiere de cuatro testigos como prueba de adulterio, la mera sospecha de una conducta no regulada potencialmente sexual de una mujer es castigada con la lapidación por el derecho consuetudinario.
Con todo, una conciencia de las alternativas se está filtrando a través de los medios de comunicación, incluso en provincias remotas. Las películas iraníes y las muy gustadas series de televisión indias, sin mencionar una que otra película estadounidense, están influyendo en las expectativas de las personas. A ello se suma la experiencia de haber vivido en el extranjero como refugiado en Pakistán o Irán. Las jovencitas saben que éstas son opciones a un modo de vida inaceptable: las mujeres están exigiendo cada vez más de la vida de lo que manda la costumbre.
Esto es especialmente así para aquéllos que han vivido en Irán, un entorno totalmente musulmán que ofrece a las mujeres la libertad de estudiar y trabajar, así como el acceso a servicios de salud adecuados y a la planificación familiar. Cuando vuelven al Afganistán rural y se les obliga a contraer matrimonio en condiciones brutales, muchas mujeres desesperadas –en particular las que regresan de Irán- recurren a la autoinmolación. La violencia y los asesinatos cometidos a las mujeres están en aumento, perpetrados por hombres que sienten que estas alternativas constituyen una amenaza real a su autoridad.
Occidente se imagina que la religión es el tema central en Afganistán. No obstante, el fondo del asunto es la preservación de los antiguos derechos patriarcales que se remontan a los tiempos bíblicos, en un formato que se ajuste a las exigencias del capitalismo globalizado. Los gobiernos y las organizaciones de ayuda internacionales no han logrado integrar el papel del Farhang, tal vez porque el poder de la ley no escrita sigue siendo en gran medida inconcebible en Occidente. Pero Afganistán no puede empezar a solucionar sus numerosos problemas hasta que no tipifique como delito la violencia privada de este código anticuado.


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