WASHINGTON, DC – Los líderes de todo el mundo están debatiendo intensamente la conveniencia de establecer una zona de exclusión aérea para detener la violencia en Libia. Algunos citan como razón para actuar a Bosnia, donde la OTAN tardó demasiado en proteger a la población civil a mediados de los noventa. Otros recuerdan el caso de Rwanda, en el que el presidente Bill Clinton se lamentó más tarde por no haber actuado para salvar vidas inocentes. No obstante, el mejor indicio de lo que actualmente está en juego en Libia es la tragedia del sur de Iraq durante los últimos días de la guerra del Golfo Pérsico de hace 20 años.
En febrero de 1991, cuando las fuerzas de la coalición estaban derrotando al ejército iraquí, el presidente George H.W. Bush alentó a los iraquíes a “tomar el control de las cosas para obligar al dictador Saddam Hussein a retirarse.” Cuando los iraquíes chiítas, los kurdos y los árabes de los pantanos se rebelaron contra Hussein, creyeron que las fuerzas estadounidenses los protegerían del poder militar superior del brutal dictador.
En cambio, cuando los helicópteros artillados y las tropas de elite iraquíes empezaron a asesinar a su propio pueblo, las fuerzas de la coalición recibieron la orden de retirarse. El mundo presenció la masacre de miles de iraquíes.
La situación actual en Libia no es la misma. Inspirado por los sucesos ocurridos en Túnez y Egipto, el pueblo libio se levantó espontáneamente contra cuatro décadas de represión del coronel Muammar el-Kadafi. Con todo, el fantasma que me persigue es el mismo –ciudadanos comunes frente a frente con el poderío aéreo y los soldados bien armados de un autócrata, que creen que el mundo libre los protegerá de la masacre después de que hemos aplaudido y fomentado su valentía con nuestro discurso.
Hasta ahora, las fuerzas de Kadafi han recurrido al poderío aéreo de manera selectiva. Sin embargo, Kadafi es astuto. Mi temor es que esté optando por debilitar a la oposición hasta eliminarla en lugar de provocar una acción global mediante una masacre generalizada o esperando a que el mundo demuestre que no está dispuesto a actuar –en cuyo momento podría empezar a matar a civiles en grandes proporciones.
No podemos esperar a que ello suceda. Necesitamos tomar acciones concretas ahora, de manera que estemos preparados para poner en aplicación inmediatamente una zona de exclusión aérea si Kadafi empieza a usar su poderío aéreo para masacrar a un gran número de civiles. Se necesita urgentemente de la diplomacia con el fin de crear un apoyo generalizado para establecer esa zona.
La aprobación más importante debería venir de las Naciones Unidas, donde el debate sobre una resolución para autorizar la aplicación de una zona de exclusión aérea tendría que iniciarse inmediatamente. China y Rusia han expresado reservas. Si el Consejo de Seguridad no autoriza las acciones, los que estamos decididos a proteger a los civiles libios encararemos alternativas más difíciles si la violencia se intensifica.
Por ello, nuestros esfuerzos diplomáticos deben extenderse más allá de las Naciones Unidas. El apoyo de la OTAN y de la Unión Africana es importante. Para no dar la impresión de que la OTAN o los Estados Unidos están atacando otro país musulmán, también se necesita el respaldo del mundo árabe.
Hay indicios prometedores en ese frente. Los seis países árabes del Consejo de Cooperación del Golfo han pedido una zona de exclusión aérea impuesta por la ONU. La Liga Árabe ha apoyado una propuesta similar. Los países musulmanes en particular deberían apoyar los preparativos para la intervención si la violencia se sale de control.
No puede permitirse que Kadafi crea que puede masacrar a su pueblo impunemente, y tampoco puede dársele la libertad de utilizar su fuerza aérea para hacer que los ataques sean más letales. Si la ONU no es capaz de aprobar una resolución para implementar una zona de exclusión aérea, entonces los Estados Unidos y sus aliados de la OTAN y del mundo árabe deben estar dispuestos a impedir una masacre como la de Srebrenica en 1995, en la que fueron asesinados más de 8,000 hombres y niños bosnios.
Por supuesto, imponer una zona de exclusión aérea no sería una panacea. Probablemente no inclinaría la balanza si la situación en Libia se deteriorara y se convirtiera en una guerra civil. Pero la zona de exclusión eliminaría los ataques aéreos y salvaría vidas de la población civil. Es una herramienta que debemos estar dispuestos a utilizar si la situación lo justifica, y enviaría una señal a la oposición de que no está sola.
Antes de tomar esa decisión, la comunidad internacional debe proporcionar ayuda humanitaria y provisiones médicas a los rebeldes de Libia oriental. No podemos permitir que el hambre los orille a rendirse.
La única opción que no debe plantearse es la de las tropas terrestres estadounidenses; nadie quiere que haya fuerzas estadounidenses empantanadas en otra guerra, especialmente en otro país musulmán. Y, como ha dicho el presidente Barack Obama, no debe impedirse que el pueblo libio sea el dueño exclusivo de la lucha por su libertad, y no debe proporcionársele un chivo expiatorio a Kadafi.
Tal vez la sola amenaza de una zona de exclusión impida que los pilotos de Kadafi utilicen sus aviones y helicópteros para matar a su propio pueblo. Si no, debemos dejar claro que encabezaremos al mundo libre para evitar la muerte sin sentido de más ciudadanos libios a manos de un loco que se empeña en conservar el poder. Los Estados Unidos y la comunidad mundial también deben dejar claro –como lo hicimos en Bosnia y Kosovo—que estamos unidos contra un rufián que está asesinando musulmanes.


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