Hoy, miembros que hace mucho pertenecen a Unión Europea parecen dudar del futuro de la misma, pero en Ucrania la vemos con esperanza y admiración. Unirnos al desarrollo de la UE es el objetivo básico de nuestra política exterior, ya que Ucrania ha descubierto que ser una nación no es un fin, sino un comienzo.
En efecto, la unidad europea es indivisible: cuando una nación queda condenada al ostracismo, ninguna de ellas es libre. Nosotros los europeos formamos parte irrenunciable de una estrecha red, entrelazados en un solo tejido que representa nuestro destino. Cada aspecto de nuestra cultura común, cuando no el último siglo de sufrimiento compartido, nos lo confirma. Todo lo que afecte a un europeo directamente, nos afecta a todos indirectamente.
Nunca más podemos permitirnos vivir con una estrecha noción de dos Europas, de privilegiados y desposeídos, de conocidos y forasteros. Nadie que viva dentro del continente europeo puede (ni de hecho debe) ser considerado ajeno a su Unión. De ello dependen la gran Pax Europea y la prosperidad paneuropea de hoy.
Por supuesto, alguna gente murmura que Ucrania no es Europa. Que vengan a Kiev y hablen con la gente, tanto joven como mayor, con los trabajadores de las fábricas, las esposas de los agricultores, los abogados, médicos y profesores que permanecieron de a pie, soportando durante semanas el frío y la nieve el invierno pasado para defender sus libertades.
¿No están unidos por un vínculo con quienes permanecieron al lado del General de Gaulle en la Resistencia francesa? ¿No lo están con quienes murieron luchando por la República Española en los años 30, con quienes liberaron Budapest en 1956 y con quienes pusieron punto final al fascismo en España y Portugal en los años 70? ¿No están animados por el mismo espíritu que dio fuerzas al movimiento Solidaridad en Polonia y a las pacíficas masas que protagonizaron la Revolución de Terciopelo de Praga en 1989? Ese es el verdadero espíritu europeo, y ninguna duda puede derrumbarlo.
A aquellos que dicen que Ucrania está demasiado retrasada como para pertenecer a la UE, les digo: También, que vengan a mi país y vean a las madres que se quedan de noche en sus lugares de trabajo enseñando a sus hijos a usar sus computadoras. Que vengan a ver las lecciones de idiomas en cada pueblo y ciudad donde los jóvenes se están preparando para Europa, aprendiendo francés, alemán e inglés. Quienes dudan de la vocación europea de Ucrania deben comprender que Europa no es un tema de maquinarias y superautopistas; es el inextinguible deseo de libertad, prosperidad y solidaridad.
Creo que nuestro futuro es tan prometedor como brillante es el pasado de Europa, y que nuestro destino no es ser un olvidado país fronterizo de una región en problemas, sino un constructor y artífice de la paz y la unidad de Europa. La autodeterminación ya no significa aislamiento, ya que lograr la independencia nacional hoy en día significa sólo regresar al escenario mundial con un nuevo estatus.
Las nuevas naciones pueden crear con sus antiguos ocupantes el mismo tipo de relación fructífera que Francia ha desarrollado con Alemania, una relación basada en la igualdad y en los intereses mutuos. Este es el tipo de relación que mi gobierno busca con Rusia, y lograrla es la manera como podemos ampliar la zona de paz de Europa.
Por supuesto, es prematuro hacer otra cosa que indicar el gran interés con que vemos la perspectiva de ser miembros de la UE. Sabemos que nuestra parte en ese gran edificio no se construirá de la noche a la mañana. Sabemos que las grandes obras de la unificación europea no radican en documentos ni declaraciones, sino en acciones innovadoras diseñadas para mejorar las vidas y garantizar la seguridad de todos los europeos.
Construir una Ucrania digna de ser miembro de la UE no será fácil, barato ni rápido. Sin embargo, como la Unión misma, es una empresa que se logrará. Sabemos que el desafío es grande, pero el premio vale el esfuerzo, y Europa debe saber que esta es nuestra meta.
Parte de la tarea de renovar Ucrania es una batalla creativa para poner fin a un siglo de pesadilla en que el fascismo y el comunismo, ideologías nacidas en el corazón de Europa, lucharon por el poder total. Hace tan sólo unos meses, en las ciudades de toda Ucrania, nuestros niños y sus padres se enfrentaron a tropas armadas, a perros amenazantes, o incluso a la muerte. Hace apenas unos años, un joven periodista, Georgi Gongadze, al tratar de informar el público acerca de la corrupción del viejo régimen, fue torturado y decapitado por sus esbirros.
Sin embargo, nuestra Revolución Naranja del invierno pasado demostró que el pueblo de Ucrania prevaleció. De modo que, a pesar de las dudas y dificultades de hoy, mantengo una inquebrantable fe en Europa. Me rehúso a aceptar la desazón como respuesta final a las ambigüedades y horrores de la historia de Ucrania. Me rehúso a aceptar la visión de que Ucrania está tan trágicamente unida a la opaca medianoche de la herencia del comunismo que nunca podrá ver el amanecer de paz y verdad de la unidad europea.
Cuando los ciudadanos de la UE sopesen el lugar de Ucrania en Europa, deben ver a la vez más lejos y más cerca de lo que hay a simple vista. Deben ver más allá de los asolados páramos que dejó el comunismo, más allá de la pobreza y más allá de las divisiones sociales mediante las que nuestros ex gobernantes, hoy dejados de lado, trataron de prolongar su desgobierno.
En lugar de ello, deberían mirar de cerca el rostro de nuestro presidente, Viktor Yushchenko, deformado por el veneno durante la campaña electoral del año pasado y recordar las palabras del gran francés André Malraux, para quien “los rostros más hermosos son aquellos que han sido heridos”.


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