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Democracias en conflicto

BERLÍN – La naturaleza multipolar del sistema internacional actual volverá a quedar de manifiesto en la próxima reunión del G-20 en Los Cabos, México. Ya no es como antes, cuando la solución de los problemas globales, el manejo de las crisis o la definición de las reglas globales (por no hablar de su implementación) quedaban en manos de unas pocas potencias, en su mayoría occidentales. Ahora, hay un grupo incipiente de potencias grandes e intermedias, como la India, Brasil, Indonesia, Corea del Sur, Turquía y Sudáfrica, que también quieren hacer oír su voz.

Algunas de estas potencias todavía son economías emergentes. Pero en materia política, la mayoría de ellas ya superó la barrera que por mucho tiempo limitó su acceso a la cocina de las decisiones internacionales. Si bien los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (el “P-5”) aún defienden su derecho a vetar resoluciones del organismo y cuentan con un poder militar que no tiene rival, ya no disponen de suficientes recursos, capacidades y legitimidad para hacer frente solos a los desafíos y las crisis de alcance global.

La bipolaridad es cosa del pasado, y es improbable que resurja en la forma de un nuevo “G-2” formado por China y Estados Unidos. Igualmente improbable, hasta donde es posible prever, es que algún club de países, por ejemplo el G-7 o el G-8, vuelva a asumir una posición cuasihegemónica. Tal vez ni siquiera el G-20, con su composición actual, sea representativo de las fuerzas que determinarán el curso del siglo XXI.

Hay una buena noticia para Estados Unidos, la Unión Europea, Japón y otros miembros del “viejo Occidente”: la mayoría de las potencias emergentes que están tomando posiciones para asumir un papel internacional más activo también son democracias. Dentro del G-20, solamente dos estados (China y Arabia Saudita) rechazan expresamente ser democracias liberales, y un tercer país, Rusia, se ha convertido en una autocracia detrás de una fachada democrática.

Pero hay otra noticia que no es tan buena, y es que estas nuevas potencias democráticas no siempre comparten la agenda política del viejo Occidente. Tienen discrepancias, por ejemplo, sobre las políticas para enfrentar el cambio climático, en las que ven una amenaza para el desarrollo. Asimismo, y a pesar de que a veces no coincidan entre sí, las nuevas potencias grandes e intermedias son en general más escépticas respecto del uso de sanciones internacionales e intervenciones militares.

Además, algunos de los países más importantes de este grupo tienen grandes diferencias con Estados Unidos (y a menudo, también con la Unión Europea) respecto de la forma correcta de encarar los conflictos regionales, especialmente en Oriente Próximo. Eso se vio en 2010, cuando Estados Unidos se encontró en medio de una seria disputa diplomática con Turquía y Brasil por el manejo del conflicto derivado del programa nuclear de Irán. Aunque no lo admitiera, es evidente que los estadounidenses no vieron con agrado que esos dos países intentaran jugar sus propias cartas diplomáticas en el conflicto.

Las diferencias también se hacen evidentes cuando las nuevas potencias grandes o intermedias forman sus propios grupos o clubs, como es el caso de los BRICS, con potencias no democráticas. India, Brasil y Sudáfrica están aplicando estos formatos de manera pragmática para la defensa de sus intereses o simplemente para demostrar cómo ha crecido su influencia internacional, aunque son pocas sus coincidencias con Rusia o China (ambos miembros del P‑5) en relación con valores políticos o cuestiones fundamentales referidas al orden internacional.

Pero igual que muchos otros estados del sur del globo, Rusia y China tienden a defender el principio de no interferencia y suelen mostrarse reticentes a apoyar cualquier intento estadounidense o europeo de proyectar la democracia o la defensa de los derechos humanos a otros países.

No fueron pocos en Estados Unidos y Europa los políticos que reaccionaron con asombro (incluso con malhumor) ante los intentos de estas potencias democráticas emergentes de seguir agendas propias en el escenario internacional. Tales reacciones son reflejo, en parte, de una mentalidad que quedó anclada en la Guerra Fría, cuando los países democráticos, aunque pudieran discrepar en los detalles, estaban de acuerdo en las cuestiones de política internacional fundamentales. Aquellos que se guiaban por una agenda diferente en relación con asuntos sustantivos o bien no eran parte del “campo democrático” o bien no eran jugadores importantes en la arena internacional.

Pero ahora, una característica central del actual mundo multipolar globalizado es que compartir valores democráticos no garantiza estar de acuerdo respecto de cuestiones de política internacional sustantivas: a mayor cantidad de democracias, mayor la probabilidad de que emerjan conflictos de intereses y diferencias entre países democráticos.

Si países como Turquía, Brasil o Sudáfrica se fijan prioridades que no coinciden con las de Europa o Estados Unidos, o si tienen ideas diferentes respecto de cómo encarar cuestiones tales como el conflicto árabe-israelí, Irán, los programas de ayuda al desarrollo, el fomento de la democracia o la protección del medioambiente, esto no debería ser motivo de enojo: Estados Unidos es un claro ejemplo de cómo las grandes potencias democráticas suelen actuar en pos de sus propios intereses sin importarles demasiado lo que otros hayan definido como el bien común global.

En otras palabras, el orden internacional se está volviendo más pluralista. Las democracias occidentales establecidas tienen ante sí la tarea de aceptar y tolerar estas “diferencias democráticas” en el plano internacional, y procurar manejar o resolver los problemas mediante la formación de coaliciones multilaterales.

En principio, la Unión Europea está mejor posicionada para asumir esta tarea que Estados Unidos (y sin duda, mejor que China). Los europeos están acostumbrados a tratar con las diferencias y forjar consensos entre países a partir de coincidencias básicas. Ello no obstante, Europa necesita aprender a ser más clara y transparente respecto de los intereses que hay detrás de sus propias políticas, en vez de presentar su posición respecto de cualquier asunto como si fuera la única forma racional de llevar a la práctica los valores y normas democráticos.

Traducción: Esteban Flamini