VARSOVIA – “Polonia, diez años; Hungría, diez meses; Alemania Oriental, diez semanas; Checoslovaquia, diez días”. Muchas personas repetían eso en Praga en noviembre de 1989, lo que reflejaba el orgullo y la alegría de la Revolución de Terciopelo, pero también el esfuerzo sostenido que fue necesario para acabar con el comunismo, cuya caída comenzó en Varsovia en febrero de ese año.
En efecto, la descomposición del comunismo empezó diez años antes en Polonia, durante la primera peregrinación del Papa Juan Pablo II a su patria, una visita que sacudió al gobierno comunista hasta sus cimientos. En menos de un año, los trabajadores polacos estaban realizando huelgas por el derecho de establecer sindicatos independientes y durante dos semanas ocuparon fábricas del Estado para alcanzar su objetivo. Karl Marx habría estado orgulloso de ellos, pero el retrato que colgaba de las rejas del astillero Lenin en Gdansk durante la huelga era el del Papa.
El sindicato Solidaridad, que se creó en 1980, rompió el monopolio del Partido Comunista sobre el poder. El movimiento unió a diez millones de personas: trabajadores y maestros, campesinos y estudiantes, curas y librepensadores entre ellas –toda la sociedad civil. Esta incipiente democracia fue duramente interrumpida cuando en diciembre de 1981 se impuso la ley marcial, se declaró ilegal a Solidaridad y se arrestó a los disidentes. Pero este ataque totalitario no podía durar. La democracia no murió; simplemente pasó a la clandestinidad.
Durante los siguientes siete años, Solidaridad luchó para que se le volviera a legalizar y creó la mayor red de resistencia clandestina en Europa desde la guerra de Hitler. Pero era una resistencia no violenta. Su principal arma era el lenguaje de la libertad. A mediados de los años ochenta, había en Polonia alrededor de 1,000 publicaciones periódicas independientes no censuradas. Representaban todo el espectro de ideas y estilos editoriales –desde los volantes y boletines de las fábricas hasta revistas intelectuales. Cientos de libros prohibidos por los censores comunistas (como El tambor de hojalata de Gunther Grass) salieron a la luz.
El líder de Solidaridad, Lech Walesa, no se dio por vencido en la cárcel y conservó la estima en que se le tenía a nivel nacional. Con la economía en picada, los gobernantes de Polonia empezaron a tratar de estabilizar el sistema político y restablecer las relaciones con Occidente. En 1986, el gobierno liberó a los presos políticos –una condición previa para las pláticas con la oposición. Pero les llevó a los comunistas otros dos años darse cuenta de que no podían introducir una reforma económica sin el consentimiento de Solidaridad.
Así pues, las pláticas comenzaron. El que hayan sido posibles se debió a que el objetivo de la oposición no era el derrocamiento violento del gobierno del partido. En cambio, sus metas democráticas debían alcanzarse mediante una negociación con las autoridades. Walesa y sus asesores más cercanos – Bronislaw Geremek y Tadeusz Mazowiecki – impulsaron esta política moderada y exigían una liberación al tiempo que reconocían la realidad política del dominio soviético.
En 1988, dos olas de huelgas obligaron al gobierno del General Jaruzelski a negociar con Solidaridad, el cual, tras algunos meses de evasivas, fue legalizado. Podían comenzar las pláticas de la “Mesa Redonda” para cambiar el sistema político. El regateo se extendió desde febrero hasta abril de 1989. Los temas principales eran la legalización de la oposición, elecciones parcialmente libres y creación del cargo de presidente para sustituir el de jefe del Partido Comunista.
Se garantizó la mayoría de los comunistas en el parlamento. Si bien las elecciones para el recientemente creado Senado serían totalmente libres, la oposición sólo podría competir por una tercera parte de los escaños en el Sejm (la cámara baja).
Pero el punto principal era que se había eliminado el monopolio del partido sobre el poder. Solidaridad obtuvo la oportunidad de crear medios independientes y una organización política de base. Por último, los comunistas estuvieron de acuerdo en que las elecciones que se celebrarían cuatro años después serían completamente libres. Se había abierto el camino hacia la democracia.
Pero el fin de la dictadura llegó antes de lo que se esperaba. En junio de 1989, la oposición ganó abrumadoramente las elecciones parlamentarias. Era imposible formar un gobierno sin su participación. Jaruzelski fue electo presidente, pero tuvo que aceptar la nueva división del poder. Lech Walesa llevó a cabo la maniobra política decisiva – crear una coalición con los aliados de los comunistas. Un representante de Solidaridad, Tadeusz Mazowiecki, se convirtió en primer ministro.
En septiembre de 1989, Polonia tuvo el primer gobierno encabezado por partidos democráticos en el bloque soviético. Fue una revolución pero con una diferencia: el sistema político cambió sin que hubiera muertes. Esto se debió sobre todo a la política prudente de Solidaridad. Pero las actividades cívicas –los movimientos de resistencia, las huelgas y otras manifestaciones de apoyo social—fueron las que apuntalaron a Solidaridad. Mikhail Gorbachev fue importante; su política de no intervención hacia Europa del Este significó que los tanques rusos no anularían los cambios, como lo hicieron en la Primavera de Praga.
Los comunistas polacos no tenían la intención de construir la democracia; su plan era absorber a los grupos moderados de oposición dentro de un sistema político parcialmente modificado. Entregarle el poder a Solidaridad era lo último que cruzaba por su mente. Con todo, las negociaciones de la Mesa Redonda resultaron positivas incluso para ellos, puesto que los comunistas “reformistas” empezaron a hacer carrera en los negocios y la política (uno de ellos, Aleksander Kwasniewski, fue el segundo presidente electo democráticamente).
La Mesa Redonda también dio a los comunistas una sensación de seguridad que disminuyó su temor al cambio democrático. No les esperaba el cadalso. Esta fue una señal importante para los vecinos de Polonia en el bloque soviético, que siguieron el ejemplo. En unos meses, las pláticas entre los jefes comunistas y sus opositores democráticos (a menudo en una mesa redonda) allanaron el camino a las elecciones libres y a nuevos gobiernos democráticos en Budapest, Praga, Berlín oriental y Sofía.
Para finales de 1989, la Europa posterior a Yalta era libre. Desde entonces, el símbolo de la gran revolución de 1989 ha sido la caída del muro de Berlín. Pero las pláticas de la Mesa Redonda celebradas hace 20 años fueron las que empezaron a desmantelar la Cortina de Hierro.


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