NUEVA YORK amp#45;amp#45; Cuando China destaca cada vez más en la economía mundial, vale la pena recordar que en junio hará veinte años que la República Popular de China estuvo a punto de venirse abajo. El movimiento de protesta que se congregó en la plaza de Tienanmen en la primavera de 1989 planteó una amenaza existencial al Estado del Partido Comunista, proclamado por Mao Zedong en ese mismo lugar cuarenta años antes.
La amenaza tenía dos procedencias: de dentro de las altas esferas de la dirección del Partido, en la que las diferencias ideológicas sobre la reforma escindieron al Politburó gobernante, y de las masas urbanas, que, con los estudiantes de Beijing en vanguardia, se rebelaron abierta y pacíficamente contra la autoridad estatal.
Asombrosamente, el Partido salió de la crisis unificado en torno a la concepción de Deng Xiaoping de una “economía socialista de mercado” y recuperó la legitimidad ante la población urbana mediante su plasmación. El Partido restableció la unidad con un programa de crecimiento impulsado por el mercado e integrado en la economía mundial, que se debía lograr sin la intercesión de la “Diosa de la Democracia” de los estudiantes, pero brindando beneficios materiales tangibles a los residentes de las zonas urbanas.
En efecto, el desarrollo, la inversión y el crecimiento del PIB urbanos se aceleraron a lo largo de todo el decenio de 1990, pero también el desfase entre los ganadores urbanos y los perdedores rurales. La energía de la protesta que electrizó brevemente la plaza de Tiananmen se disipó en las ciudades y se propagó por las zonas rurales. Al comienzo de las eufóricas manifestaciones de 1989, más de 80.000 estudiantes recorrieron las calles de Beijing pidiendo un gobierno más responsable. En 2005, se produjeron más de 80.000 disturbios en masa en todo el país... pero la mayoría de ellas fuera de las ciudades costeras en auge y, desde luego, no en las universidades nacionales selectas.
A lo largo de los veinte últimos años, trabajadores despedidos, agricultores desposeídos, fieles de la secta Falun Gong y tibetanos airados han organizado protestas. Sin embargo, no ha habido protestas urbanas, encabezadas por estudiantes, como las de la plaza de Tiananmen en 1989.
El auge económico de la presidencia de Jiang Zemin y de su sucesor, Hu Jintao, que encauzó la rebelión juvenil hacia el espíritu de empresa y el éxito profesional, sólo fue posible porque Deng impidió que la dirección del Partido se fragmentara durante las protestas estudiantiles de finales del decenio de 1980 y la reacción conservadora de comienzos del decenio de 1990. Cuando comenzaron las protestas, el designado sucesor de Deng, el Primer Ministro Zhao Ziyang, sintió la tentación de utilizar el movimiento de masas como palanca para intensificar la reforma en pro del mercado y posiblemente la reforma política. Si China hubiera tenido su Mijail Gorbachov, habría sido Zhao.
Deng apoyó el impulso de Zhao para liberalizar la economía, pese a que estuvo dando resultados desiguales en 1988 y 1989, con un rápido aumento de la inflación y una ansiedad económica generalizada, pero, escarmentado por decenios de maoísmo y, en particular, por el caos desencadenado por la Revolución Cultural, no estaba dispuesto a soportar la inestabilidad política y, como la actitud tolerante de Zhao con los manifestantes estaba dividiendo al Politburó en facciones, lo lanzó a los leones más conservadores del Partido.
Los partidarios de la línea dura salieron triunfantes a raíz de la represión. A su juicio, el tumulto de 1989 demostró que “la reforma y la apertura” conducían al caos y al colapso. Deng se retiró temporalmente y dejó que los partidarios de la planificación central que rodeaban al veterano del Partido Chen Yun aminoraran el ritmo de adopción de la economía de mercado y capeasen el aislamiento internacional a raíz de lo sucedido en Tienanmen.
Pero después, con su famosa “gira por el Sur” a comienzos de 1992, Deng orquestó el eclipse de la facción conservadora y antimercado. En la ciudad en auge de Shenzhen y delante de las cámaras de televisión, reprendió a su Partido agitando el dedo en el aire: “Si China no practica el socialismo, no continúa con ‘la reforma y la apertura’ y el desarrollo económico y no mejora el nivel de vida del pueblo, sea cual fuere la dirección en la que avancemos, nos conducirá a un callejón sin salida”.
Después de haber purgado a regañadientes a los reformadores en 1989, en 1992 Deng aprovechó la oportunidad para marginar a los partidarios de la planificación central y recurrió al héroe neoliberal de China, Zhu Rongji, para que reavivara los motores de la economía, pues había calibrado con lucidez el estado de ánimo de la nación: el pueblo estaba listo para aceptar la consigna de que “hacerse rico es magnífico”. La nueva dirección del Partido en los decenios de 1990 y 2000 no abandonó la orientación de Deng: constante ampliación de las reformas en pro del mercado, participación activa en el comercio internacional, urbanización y desarrollo urbano en gran escala y dedicación total a la línea del Partido.
En Occidente se recuerda el 4 de junio, el día en que los soldados del Ejército de Liberación Popular desalojaron a los estudiantes y sus partidarios de la plaza de Tienanmen, como un trágico ejemplo de violencia estatal ejercida contra ciudadanos desarmados y se conmemoran los reprimidos anhelos de libertad y democracia del pueblo chino, pero con los fríos ojos de la Historia se puede llegar a ver el movimiento de 1989 y sus secuelas como el “momento maquiavélico” del Partido Comunista chino, cuando Deng, al afrontar la mortalidad de su república, comprendió lo que hacía falta para sobrevivir: la unidad del Partido basada en el crecimiento urbano.
Con la reunificación de la dirección del Partido y el restablecimiento de la solidaridad entre el Partido y la población urbana, la crisis consolidó el gobierno del Partido Comunista chino y aceleró el avance de China por su senda actual de rápido crecimiento económico. En su estudio clásico Sobre la revolución , Hannah Arendt observó tétricamente que “la hermandad, poca o mucha, de que pueden haber sido capaces los seres humanos ha partido del fratricidio y las organizaciones políticas, sean cuales fueren, que los hombres pueden haber logrado tienen su origen en el crimen”. La plaza ensangrentada en la mañana del 4 de junio tal vez fuera en ese sentido el lugar de nacimiento de la China posrevolucionaria.


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