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El ensayo nuclear definitivo

NUEVA YORK – El 1 de noviembre, un equipo de por lo menos 35 expertos lanzarán una operación para inspeccionar un emplazamiento de ensayos nucleares simulados cerca del mar Muerto, en Jordania: un paso adelante para completar el sistema de verificación mundial del Tratado de prohibición completa de los ensayos nucleares (TPCE).

Después, el 12 de noviembre, los premios Nobel de la Paz celebrarán una cumbre en Hiroshima para hacer hincapié en la prioridad del desarme nuclear y afirmar su compromiso de promoverlo.

También está en marcha una infinidad de otras iniciativas internacionales que reflejan una revolución más amplia en las opiniones sobre las armas nucleares: una revolución digna de beneplácito y que era necesaria desde hacía mucho.

Al fin y al cabo, pese a lo mucho que se habló del desarme nuclear, cuando la Guerra Fría acabó hace veinte años, siguen existiendo más de 20.000 de esas armas, muchas de ellas en estado de máxima alerta y cada una de ellas mucho mayor que las que devastaron Hiroshima y Nagasaki en 1945. Nueve son los países de los que se sabe o se cree que cuentan con ellas y todos ellos las están perfeccionando de diversas formas.

Digámoslo claramente: la existencia misma de esas armas agrava tres amenazas nucleares mundiales: la de los arsenales existentes (accidentes, errores de cálculo, utilización no autorizada o utilización deliberada), la de su proliferación a otros Estados y la de su adquisición por terroristas.

Pero ahora está surgiendo un consenso mundial, en el sentido de que esas armas son irrelevantes para abordar las amenazas que están surgiendo, de que es imposible utilizarlas sin violar la legislación humanitaria internacional y de que son un motivo de proliferación y amenazas terroristas y un despilfarro de dinero y talento científico.

Eso explica por qué vemos nuevas peticiones de que se inicien negociaciones de buena fe sobre el desarme nuclear, como hace mucho que exigió el Tratado sobre la no proliferación de las armas nucleares. El Secretario General de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon, ha argumentado convincentemente la necesidad de que se empiece a trabajar en la preparación de una convención sobre las armas nucleares o un marco de acuerdos por separado que den como resultado una prohibición mundial.

Incluso los dirigentes de los Estados que cuentan con armas nucleares apoyan ahora oficialmente el objetivo del desarme nuclear mundial. A ellos se suman ex estadistas, parlamentos nacionales y organizaciones regionales, alcaldes, expertos militares retirados, organizaciones de mujeres, activistas en pro de los derechos humanos, ecologistas e infinidad de otros grupos a escala mundial.

Sí, el desarme nuclear se ha popularizado. Ahora ya está en boca de todo el mundo: un tema idóneo para que incluso los realistas acérrimos lo consideren posible y no lo vean sólo como una causa promovida por grupos pacifistas.

Creemos que ese impulso es absolutamente decisivo para la paz y la seguridad internacionales y hay muchas formas de intensificarlo. No cabe duda de que, para lograr el desarme nuclear mundial, harán falta nuevas obligaciones para todos los Estados, nucleares o no. Dicho con toda claridad: se debe lograr que el desarme forme parte del Estado de derecho. Los compromisos en esa delicada esfera deben ser irreversibles y estar sujetos a una verificación estricta.

Se trata de tareas que no se pueden llevar a cabo unilateralmente: la cooperación multilateral es indispensable. Naturalmente, se pueden lograr algunos avances en materia de tratados por parte de pequeños grupos de Estados, en particular los que cuentan con los mayores arsenales nucleares: la Federación de Rusia y los Estados Unidos. Una pronta ratificación del Tratado START entre Estados Unidos y Rusia sería un paso en la dirección adecuada.

Sin embargo, otros avances del Estado de derecho en materia de desarme nuclear requerirán la cooperación a escala mundial. Uno de los acontecimientos más importantes al respecto y que debería haberse producido hace mucho es la entrada en vigor del TPCE, que ilegalizará todas las explosiones nucleares, independientemente de sus proporciones, situación o propósito declarado.

La idea de ilegalizar dichos ensayos fue lanzada por primera vez en 1954 por el Primer Ministro de la India Jawaharlal Nehru, que situó su propuesta en el marco de un avance más amplio hacia el desarme nuclear, exactamente como estamos haciendo actualmente. Ahora 182 Estados han subscrito el TPCE, que entrará en vigor después de que lo ratifiquen nueve más: China. Egipto, la India, el Irán, Israel, Corea del Norte, el Pakistán y los Estados Unidos, mientras que Indonesia ha anunciado que pronto lo hará.

Esa prohibición de los ensayos nucleares irá respaldada por un régimen de verificación que abarcará todo el planeta. Incluso hoy, gracias a una diversidad de medios complejos, podemos detectar ensayos muy pequeños en lugares remotos. Además, el tratado es equitativo: establece los mismos derechos y deberes para todas las partes. Establece una nueva norma para las obligaciones que impone el tratado sobre armas nucleares y su verificación.

El TPCE es necesario por el papel que desempeñan los ensayos nucleares en el desarrollo y el perfeccionamiento de las armas nucleares. Dichos ensayos son también símbolos políticos que están fuera de lugar en un mundo decidido a eliminar esas aborrecibles armas de destrucción en gran escala. Respecto de una cuestión tan importante, las promesas voluntarias de no hacer ensayos no son, sencillamente, suficientes.

Se necesitan también otros tratados, en particular uno que ilegalice la producción de materiales fisibles para su utilización en las armas nucleares. Creemos que los Estados no nucleares merecen también garantías jurídicamente vinculantes contra la amenaza o la utilización de armas nucleares. Además, tiene sentido intentar la consecución de otros tratados para ilegalizar las armas en el espacio, establecer normas acordadas para la defensa contra los cohetes y garantizar el mantenimiento seguro de los materiales y las tecnologías nucleares.

Esas medidas, en conjunto, nos harán avanzar mucho por la vía hacia un mundo sin armas nucleares, no como un acto de fe, sino como una inversión prudente en la paz y la seguridad de todos los pueblos. Probablemente sería el mayor legado que podríamos dejar a las generaciones futuras.

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