Europa se encuentra en una encrucijada paradójica. Mientras que la armonización legal y la formulación de una constitución demuestran una integración más profunda, las instituciones europeas no han logrado generar lo que toda comunidad política necesita a fin de sobrevivir y prosperar: un sentimiento de pertenenecia.
Mientras eso siga así, la integración no podrá tener éxito. Puesto en términos simples, si la Unión Europea quiere superar el provincianismo nacional y adoptar una meta compartida y que le dé cohesión, tendrá que abandonar la retórica de los contadores y expresarse en un lenguaje que incluya lo bueno y lo malo, lo hermoso y lo feo, lo correcto y lo incorrecto.
Esto no sucederá automáticamente o de la noche a la mañana. Los valores y los lazos comunitarios evolucionan a partir de una larga acumulación de experiencias, con entendidos mitológicos e históricos que les dan la apariencia de haber evolucionado orgánicamente. No hay nada comparable en la integración de la UE, que parece mucho más una elección voluntaria a cargo de un pequeño grupo de notables. Así, es difícil imaginar que este camino pueda conducir a la identidad colectiva e individual que la unificación europea requiere.
En lugar de ello, Europa debería recordar dos periodos de construcción comunitaria. El cristianismo medieval dio forma en el siglo XIII a una comunidad unida en torno a una fe común, con Roma como poder central unificador. Los sucesores de San Pedro, como pontífices romanos, supervisaban una red de universidades administradas por la Iglesia que educaban a las élites culturales con un mismo método y en un mismo idioma (el latín). Una red de iglesias (construídas en el mismo estilo a lo largo de Europa) compartían calendario y liturgia. El cristianismo medieval era europeo por naturaleza, aunque evitaba esa palabra y aceptaba todas las formas nacionales de expresión cultural.
La "República de las Letras", que duró desde Erasmo hasta la Ilustración, representa la segunda comunidad europea. A medida que los idiomas vernáculos (sobre todo el francés) desplazaron al latín, el discurso religioso cedió su lugar a la observación y el análisis, con una fe ilimitada en la razón y el progreso científico. Una red de comunicaciones que permitió una rápida diseminación de las ideas funcionó como espíritu común. Los viajes reforzaron los vínculos intelectuales y culturales, de tal forma que declaraciones como la de Montesquieu (en el sentido de que "Europa no es más que una nación hecha de muchas") circulaban de manera natural.
El surgimiento de ambas comunidades (aunque perseguían fines opuestos) es el punto de referencia clave para una identidad europea. El filósofo alemán Karl Jaspers dijo alguna vez que la libertad europea estaba basada en las antítesis de "el mundo secular y la trascendencia, la ciencia y la fe, la tecnología material y la religión". Por ello, la UE no tendría por qué tener miedo de reafirmar tanto la comunidad medieval cristiana de la fe como la comunidad de la razón de la edad moderna. Sólo eso le haría justicia a la esencia contradictoria del espíritu europeo.
Pero frente a ese criterio, el preámbulo del borrador de la Constitución europea redactado por la Convención es totalmente inadecuado. En un inicio, la Convención se rehusó a incluir cualquier mención del cristianismo o de la herencia judeo-cristiana de Europa y citaba sólo la tradición de la Ilustración, junto con los griegos y los romanos. Aunque provisionalmente se aceptó una solución de compromiso, su mensaje es débil y obscuro.
Una lástima. Ciertamente Europa ha pagado un precio alto y doloroso por sus conflictos religiosos, y esas disputas no deben reavivarse. Pero la Constitución no sólo debe infundir más claridad, transparencia y eficiencia al funcionamiento de las instituciones europeas; también debe acercar a la UE con sus ciudadanos. Esto exige un poco de "metafísica europea". Los líderes de la UE deben hablar sobre la idea de Europa y el espíritu europeo de una forma que aliente a los ciudadanos a pensar sobre la manera en la que se unieron, por qué siguen juntos y que es lo que quieren hacer juntos
La respuesta parece encontrarse en el lugar central que le ha conferido la civilización europea a la persona humana desde la mezcla de las costunbres bárbaras con el cristianismo. Esta visión antropocéntrica la lleva la tradición cristiana en el mensaje de que el hombre está hecho a imagen y semejanza de Dios y que el Hijo de Dios se sacrificó por el hombre. Pero también la encontramos en la tradición de la Ilustración, que declara que el hombre es la medida de todas las cosas, o que está dotado de grandeza y dignidad.
Los fundamentos duales del pensamiento europeo permiten trascender el conflicto entre la religión y el secularismo que acompañó al reciente debate sobre las bases ideológicas de la constitución. Si recogen el modelo de una civilización que pone al hombre y su dignidad en una posición central, también pueden ser el punto de arranque para una discusión genuina sobre el futuro de Europa.
El peligro es que los "valores comunitarios" se pueden convertir en una barrera que genere actitudes y políticas de exclusión. Por el contrario, el concepto de la dignidad humana debe promover una apertura radical hacia los demás. Europa tiene el deber de ser plural, consciente de su deuda cultural con los griegos y los romanos, los árabes y los judíos, y aprender de sus propias experiencias con el poder de la tolerancia y la pobreza y la vergüenza de las ideologías cerradas y totalitarias.
De hecho, los derechos humanos deben definir la imagen misma de Europa; deben ser su emblema o incluso su "religión". Los derechos humanos deben de ser la marca de la política interna y exterior de Europa (de otra forma, la creación del puesto de ministro de asuntos exteriores de la UE será letra muerta). Europa debe basar el multilateralismo de su política exterior en los derechos humanos, mientras trabaja para reformar el derecho internacional y el sistema de Naciones Unidas, a fin de garantizar que los derechos humanos triunfen sobre cálculos políticos miopes.
Pero lo más importante es que la integración europea no sólo debe definir instituciones y políticas, sino también galvanizar ideas. El papel del debate intelectual en el futuro de Europa es reforzar la solidaridad europea, producir ideas e imágenes que sean lo suficientemente poderosas para indicar de manera realista el camino que hay que tomar, y movilizar la imaginación para construir una comunidad sólida, valerosa y lúcida.


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