Friday, November 28, 2014
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¿Qué pasará en las calles en 2012?

NUEVA YORK – ¿Qué traerá el año nuevo para la ola global de protesta iniciada en 2011? ¿Será que el estallido de furia que nació en Túnez alcanzó su apogeo en el distrito financiero de Manhattan? ¿O todavía veremos en 2012 una escalada de la política de disenso?

La respuesta es alarmante, pero bastante previsible: probablemente veremos una centralización mucho más coordinada de la represión y una urgencia por aprobar leyes que limiten los derechos humanos, tanto en países desarrollados como subdesarrollados. Aunque también es probable que haya una importante reacción de los movimientos de base.

Lo que nos muestra este drama de protesta y represión cada vez más globalizado es la subtrama de la que muchos entusiastas de la globalización neoliberal nunca nos hablaron: el poder del capital globalizado para hacer estragos con la autoridad de gobiernos elegidos democráticamente. Desde el punto de vista de los intereses corporativos globales, sociedades cerradas como China ofrecen un ambiente más propicio para los negocios que las problemáticas democracias, donde los costos son mayores por la presencia de sindicatos, altos niveles de protección de los derechos humanos y una prensa vigorosa.

La contrarreacción a la protesta muestra semejanzas en todo el mundo, lo cual es indicio de que los actores estatales y corporativos ya están aprendiendo “mejores prácticas” para reprimir el disenso y al mismo tiempo mantener en pie fachadas democráticas. En el Reino Unido, el primer ministro David Cameron ha impugnado reiteradamente la legislación sobre derechos humanos; la Policía Metropolitana pidió autorización para disparar contra manifestantes pacíficos con balas de plástico (proyectiles de varios centímetros de largo que en Irlanda del Norte ya causaron alrededor de una docena de víctimas fatales, incluidos niños); además, la policía distribuyó entre varias empresas londinenses “de confianza” un informe sobre la amenaza terrorista, con referencias al movimiento de ocupación y alusiones a “activistas sospechosos”.

El Reino Unido tiene una estricta legislación de seguridad interna, pero jamás tuvo nada parecido a la Ley Patriótica de los Estados Unidos. Después de las manifestaciones contra las medidas de austeridad de principios de 2011 y los subsiguientes disturbios de agosto en las grandes ciudades, la Policía Metropolitana reclamó poderes de vigilancia sobre usuarios de teléfonos inteligentes y cuentas privadas en redes sociales. Además, con la excusa de proteger las próximas Olimpíadas veraniegas contra el terrorismo, el ejército británico está estableciendo en Londres una enorme base de operaciones para sus equipos especiales SAS, en lo que constituye un alejamiento radical de la tradición británica de reservar la seguridad pública a fuerzas civiles.

En Israel, el Ha’aretz informa que la policía reprimió violentamente a manifestantes‑ocupantes (incluso dieron una paliza a una adolescente de 15 años) y amenazas de arrestos aleatorios. Igual que en Gran Bretaña, en Israel apareció como por arte de magia una embestida a favor de adoptar leyes para coartar la investigación periodística y criminalizar el disenso: según una nueva ley, efectuar donaciones a organizaciones de izquierda podría considerarse delito; se debilitaron las leyes sobre derechos humanos; y se aumentaron las multas por difamación, con lo que el periodismo de investigación también se encuentra amenazado. Ha’aretz denomina a esta embestida “el nuevo feudalismo”.

Finalmente, el Congreso de los Estados Unidos aprobó en diciembre una Ley de Autorización para la Defensa Nacional, que permite al presidente suspender las garantías procesales de ciudadanos estadounidenses, detenerlos por tiempo indefinido y entregarlos a torturadores. No sería raro que en otras democracias del mundo se aprueben leyes similares.

Además de esta aprobación en cadena de leyes que criminalizan actividades de disenso, organización e investigación que hasta ahora eran legales, en las democracias avanzadas se está difundiendo el empleo de tácticas violentas contra los manifestantes, detrás de lo cual se ve una embestida cada vez más intensa en dirección a militarizar la seguridad pública en países con una larga tradición civil en la materia.

De hecho, los agentes de policía civiles están recibiendo armas y equipos de protección cada vez más sofisticados. Se estima que en los Estados Unidos, desde los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, el gobierno federal lleva gastados 34 mil millones de dólares en proveer material bélico a las fuerzas de policía estatales y municipales. Investigaciones periodísticas revelaron la existencia de programas de intercambio para el entrenamiento de efectivos antimanifestantes, como el envío de policías de la ciudad de Austin (Texas) a cursos de control de multitudes y otras tácticas en Israel.

También avanza a paso firme la globalización del uso de mercenarios para aplastar el disenso. Esto es importante en épocas de protestas globales de base, ya que es más fácil enviar a mercenarios extranjeros a reprimir a las poblaciones locales con armas de fuego o balas de goma que enfrentar al ejército o la policía con sus propios conciudadanos. Erik Prince, director de la tristemente célebre empresa contratista Academi (ex Xe Services, ex Blackwater), se mudó a los Emiratos Árabes Unidos y numerosos mercenarios paquistaníes fueron reclutados con destino a Bahréin, donde la represión de los manifestantes es cada vez más violenta.

Pero lo que parece ser una contrarreacción coordinada contra los movimientos globales de protesta todavía no ha triunfado, ni siquiera en China: basta ver lo sucedido en el pueblo de Wukan. Si bien todavía no se sabe cómo terminará la protesta de los habitantes locales contra la confiscación de sus tierras por parte del gobierno municipal, el impasse actual revela el nuevo poder de las organizaciones de base: las redes sociales permiten organizar manifestaciones en menos tiempo y más coordinadamente y diseminar rápidamente noticias no tamizadas por los medios oficiales. Internet también disemina modelos de democracia real, al instante y por todo el mundo.

Como era de prever, la forma en que las personas usan estas tecnologías indica que no quieren que las encasillen en identidades étnicas, nacionales o religiosas en pugna. En su inmensa mayoría, lo que quieren es democracia real y autodeterminación económica.

Estos objetivos chocan directamente con los intereses del capital global y de los gobiernos, habituados a actuar fuera del control de sus ciudadanos. Es de suponer que este conflicto se agravará en 2012, cuando las demandas de los movimientos de protesta (de Ocupar Wall Street a Ocupar Moscú) se hagan todavía más uniformes.

Es mucho lo que está en juego. De lo que ocurra depende a qué se parecerá más el mundo del futuro: si a China (abierto a las empresas, pero cerrado al disenso) o a Dinamarca.

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