Friday, April 18, 2014
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El crisol nigeriano

LAGOS – El Presidente de Nigeria, Goodluck Jonathan, que fue elegido hace sólo ocho meses, ya está inmerso en un mar de problemas. El 1 de enero, las celebraciones del Año Nuevo quedaron abruptamente interrumpidas cuando los nigerianos se enteraron, al despertar, de que se había suprimido la subvención estatal de la gasolina. Los pobres del país se apresuraron a salir a las calles, ya irritados porque su corrupto e incompetente Gobierno ha sido incapaz de reparar las refinerías de propiedad estatal, lo que ha obligado al mayor productor de petróleo de África a importar productos del petróleo.

Para los nigerianos de a pie, la subvención del combustible era la única ventaja que obtenían de los petrodólares que se vierten en el tesoro nacional. De repente,. los políticos, los funcionarios y sus compinches estaban malversando incluso el importe de esa prestación.

Lo que comenzó como protestas esporádicas no tardó en alcanzar las proporciones de una exhibición de poder del pueblo en Abuja (la capital de la nación), Lagos (la capital comercial) y Kano (la ciudad septentrional más populosa), encabezado por las organizaciones de la sociedad civil Joint Action Front y Save Nigeria Group. Otras ciudades pequeñas y grandes se unieron también a las protestas y Abdulwaheed Omar, Presidente del Congreso del Trabajo de Nigeria, pidió a los trabajadores de todo el país que hicieran huelga hasta que el Gobierno rescindiera su decisión de suprimir la subvención. Millones de ellos así lo hicieron, con lo que paralizaron la economía.

El gobierno de Jonathan había calculado que eliminar la subvención en plenas fiestas de Año Nuevo, momento en que la mayoría de los nigerianos viajan a los pueblos de los que son oriundos, impediría una resistencia coordinada, por lo que la rapidez, la ferocidad y la amplitud de las manifestaciones cogió a las autoridades completamente por sorpresa. Cuando los dirigentes de la protesta citaron también, entre sus quejas, las generosas asignaciones con cargo al presupuesto de 2012 para el Presidente y los altos funcionarios, los sospechosos tratos de la Corporación Nacional del Petróleo de Nigeria y la corrupción gubernamental, Jonathan comprendió que debía dar marcha atrás.

En primer lugar, anunció una reducción del 25 por ciento del salario de todos los políticos nombrados, cosa que no pareció suficiente a los dirigentes de la protesta. A continuación, el Gobierno prometió eliminar el despilfarro de los servicios sociales. Por último, con una retirada humillante, Jonathan se retractó de su decisión sobre la subvención de la gasolina.

Precisamente cuando Jonathan estaba esforzándose por calmar la rabia en las calles, Boko Haram, la violenta secta islámica que ha estado aterrando la zona septentrional del país desde 2009, intensificó sus ataques. La secta había cometido, el día de Navidad, un atentado con bomba contra una iglesia en Madalla, municipio de las afueras de Abuja, en el que murieron 45 fieles y después sus portavoces pidieron que todos los cristianos oriundos de la zona meridional y residentes en el norte lo abandonaran.

El Gobierno respondió con la declaración del estado de emergencia en varios estados septentrionales de Nigeria. En aparente represalia, el 21 de enero, Boko Haram lanzó un ataque diurno contra instalaciones estatales en Kano, incluidas varias comisarias de policía, en el que murieron unas 160 personas. Entonces, un miembro importante de Boko Haram, sospechoso de haber sido el cerebro del atentado de Madalla, escapó de la custodia policial, lo que indica una colaboración entre agentes de la seguridad y miembros de la secta.

De hecho, un Jonathan cada vez más asediado declaró recientemente que su propio gabinete, además de los organismos de seguridad, está plagado de “simpatizantes de Boko Haram”. Presa de la desesperación, su asesor en materia de seguridad nacional, Owoeye Andrew Azazi, ha pedido a los Estados Unidos que declaren a la secta organización terrorista y presten asistencia antiterrorista al Gobierno de Nigeria. Además, funcionarios gubernamentales han celebrado reuniones con funcionarios de la embajada de Israel, que han expresado su disposición a ayudar al país en su declarada “guerra contra el terror”.

Pero los críticos del Gobierno, incluidos varios intelectuales públicos respetados, han indicado las similitudes existentes entre Boko Haram y el Movimiento para la Emancipación del Delta del Níger, grupo militante armado de la región rica en petróleo del país, que ha estado matando a soldados y secuestrando a trabajadores extranjeros de la industria petrolera desde 2006. Los dos grupos están dirigidos por jóvenes empobrecidos, irritados ante la indiferencia oficial para con el bajo nivel de vida, en vista de que una mayoría de nigerianos vive con menos de dos dólares al día desde que el Partido Popular Democrático tomó el poder tras el fin del gobierno militar en 1999.

Además, cada vez hay más pruebas de que varios de los simpatizantes de Boko Haram contra los que Jonathan mostró su irritación son miembros de la facción septentrional del Partido Popular Democrático. Los norteños están furiosos de que Jonathan, un sureño, los venciera en las elecciones presidenciales del año pasado y ven en la secta un instrumento útil con el que intimidarlo para que abandone el cargo en 2015.

Ni Jonathan ni sus adversarios norteños gozan de demasiado apoyo popular. Jonathan está ahora considerado de forma generalizada débil e indeciso, mientras que se piensa que la facción conservadora del Partido Popular Democrático del norte forma parte de la “camarilla” que ha protagonizado el desgobierno del país y ha saqueado su hacienda desde la independencia en 1960.

Con un gobierno corrupto y que va a la deriva, el país más populoso de África ha reanudado su danza al borde del precipicio. Sus ciudadanos pobres e impotentes, que piden, airados, transparencia y rendición de cuentas, no quieren que el país se desintegre en sus muchas facciones étnicas enfrentadas, pero los ricos y poderosos, que ya sumieron una vez el país en una sangrienta guerra civil, parecen dispuestos a hacerlo de nuevo.

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