NUEVA DELHI – Cuando los datos e informes de la inteligencia de los Estados Unidos en el Afganistán expuestos con toda su crudeza en Wikileaks llegaron a las computadoras de todo el mundo, los comentaristas del Pakistán reaccionaron con andanadas vitriólicas. Uno habló de “vampiros neocon... islamófobos sedientos de sangre... centros de estudio irredentistas... revanchistas (indios)... que planean otro desmembramiento para (poder) continuar con su festín de sangre en... el Afganistán”. Palabras fuertes, en particular si las comparamos con las del Secretario de Defensa de los EE.UU, Robert M. Gates, que simplemente se sintió “abochornado” y “horrorizado” por las filtraciones.
Las filtraciones provocaron un debate tan acalorado porque la lucha encabezada por los EE.UU. contra el “yijadismo” había chocado de repente contra un adversario inesperado: la verdad. De hecho, ahora parece claro para todo el mundo que tenga ojos que la invasión del Afganistán se basó en un gran error de cálculo: el de que se puede invadir con éxito el Afganistán.
A lo largo de la Historia, esas empresas siempre han fracasado. Tal vez se pueda ocupar el país durante un tiempo, pero sólo temporalmente; no se puede conquistarlo. La comprensión de esa verdad histórica, que el caso Wikileaks ha dejado bien clara, está ahora creando problemas a los invasores.
El gran error de cálculo que condujo a la invasión del Afganistán se basó en una reacción equivocada ante los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001. De los que atacaron a los EE.UU., un número abrumador eran ciudadanos de Arabia Saudí, ayudados por pakistaníes. Resulta curioso que como venganza, tras la invasión del Afganistán, los EE.UU. atacaran al Iraq y después, antes incluso de que esa misión hubiera concluido, intensificasen la guerra en el Afganistán con el llamado “incremento repentino” de la fuerza militar.
De modo que, casi un decenio después de que comenzara la guerra, volvemos a hacernos una pregunta básica: ¿a qué fin se dirige esa empresa? Si es el de contraatacar al terrorismo, ¿por qué no están los EE.UU. y la OTAN en el Yemen, Somalia o Pakistán, que son cada vez más refugios de terroristas? ¿O es ahora en realidad el fin de la guerra en el Afganistán el de contraatacar a los insurgentes que luchan contra el gobierno de Hamid Karzai?
A no ser que se respondan esas preguntas de forma inteligente, esa aventura será considerada por fuerza una locura. Ésa es la razón por la que la exposición de los datos por parte de Wikileaks ha resultado tan devastadora, pues las revelaciones golpean en los propios cimientos de la base “moral” de la guerra y los motivos ambiguos a los que ahora se recurre para justificarla.
Al atacar el “terrorismo” y simultáneamente lanzarse a la “contrainsurgencia”, las fuerzas de la OTAN en el Afganistán encabezadas por los EE.UU. se vuelven, lamentablemente, autoras de aquello contra lo que están combatiendo. Peor aún: una sensación de resurgimiento imperial ha pasado a formar parte también del panorama y no sólo entre los afganos. Esa sensación de ocupación imperial ha transformado la supuesta solución del problema del terror en el Afganistán en el problema mismo.
Y, por si el embrollo de los motivos en el Afganistán no bastara, el Pakistán contribuye a la confusión. Sin el Pakistán como socio estratégico que aporta terreno, recursos y apoyo militar, las operaciones en el Afganistán habrían resultado más frustradas, pero el apoyo pakistaní tiene claramente un precio elevado.
Los EE.UU. “compran” un aliado en el Pakistán que dicta las condiciones de su colaboración y simultáneamente guarda sus flancos manteniendo abiertos sus canales de comunicación con los talibanes. Sin embargo, se trata de una precaución totalmente comprensible por parte del Pakistán, cuyo Gobierno, como todos los demás gobiernos de la región, debe estar preparado para el día en que los EE.UU. y la OTAN se retiren del Afganistán.
Naturalmente, es positivo que los EE.UU. hayan dejado de pensar que se puede transformar el Afganistán en una democracia jeffersoniana en el Hindu Kush, pero a ello debería haber seguido una reserva más importante, porque el Afganistán es más una idea –una entidad políglota de diversos grupos étnicos– que un Estado que funcione. Sí, la lealtad de los afganos a Kabul no es constante, pero, históricamente, esa unidad ha sido sólo episódica, con frecuentes períodos de fragmentación también.
Sólo cuando el “emir” gobernante en Kabul demuestra comprensión, tolerancia y fuerza, prevalece la unidad afgana y cierta paz. El verdadero imperativo actual es el de encontrar esa dirección afgana. Por eso, reviste importancia decisiva la aceptación de que no se puede gobernar –sólo guiar– centralizadamente el Afganistán. En eso estriba el quid de los muchos fracasos de la alianza occidental: su demostrada falta de verdadera comprensión de la esencia del Afganistán.
En cuanto a otros factores que complican la situación, como, por ejemplo, el apoyo de algunos sectores del ejército del Pakistán a los talibanes y a Al Qaeda, conviene tener presente una realidad que se remonta a tres decenios atrás: los talibanes nacieron en 1980 de una confluencia de intereses nacionales entre los EE.UU. y el Pakistán. Además, cualquier intento de expulsar a los talibanes del Waziristán entraña el peligro de fragmentar el Pakistán.
Además, el Pakistán, en palabras de su principal jefe militar, el general Ashfaq Kayani, considera a los talibanes “un activo estratégico” en la lucha con la India. Los EE.UU. y la OTAN no parecen haber empezado siquiera a considerar lo que será necesario para separar los objetivos de la política exterior del Pakistán de las necesidades de la cohesión interna, ya que la agitación irredentista contra la India forma parte de la ligazón que mantiene unido el Pakistán.
Al poner la mira en los talibanes, los EE.UU. los han convertido en un “ejército” insurgente, una idea de resistencia que la población está empezando a considerar, una vez más, aceptable. Naturalmente, Al Qaeda está compuesta de extranjeros “no deseados”, pero, cuando las fuerzas de los EE.UU. y la OTAN los atacan, todos se unen... y el Pakistán respalda a escondidas esa unión.
Esa dinámica es algo que en el Asia meridional hemos conocido y con la que hemos convivido durante siglos. Ahora Wikileaks ha documentado en un lenguaje que los americanos y los europeos corrientes entienden lo que nosotros habíamos aprendido a fuerza de penalidades.
La tarea urgente que afronta el Presidente de los EE.UU., Barack Obama, es la de alejar la estrategia americana del actual callejón sin salida en el que está ahora empantanada y substituirla por otra que mantenga un equilibrio entre sus intereses nacionales y los de la India, del Pakistán y de una China que observa atentamente. Está en marcha una partida extraordinariamente compleja y decisiva. Cuanto más se prolongue, más destructivo será el resultado final.


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