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El hombre que hizo Malasia

Una vez más, la lengua áspera de Mahathir Muhammed, el líder de Malasia, ha generado controversias. Pero su largo mandato (que terminará el 1 de noviembre) ha consistido en mucho más que comentarios virulentos, sostiene Wang Gungwu, uno de los analistas en cuestiones estratégicas más destacados del Sureste de Asia.

El Dr. Mahathir Muhammed se retira después de más de 22 años de ser el líder de Malasia y de la Organización Nacional de la Unidad Malaya (ONUM). La Malasia moderna y reluciente de hoy sería inimagible sin Mahathir y la ONUM, de donde también salió Tunku Abdul Rahman, el primer Primer Ministro del país. Al igual que Mahathir, el cuarto primer ministro de Malasia, Tunku encabezó al gobierno y al partido durante más de 20 años. Las administraciones que duran una generación parecen haber resultado sumamente provechosas para el país desde la independencia.

En efecto, la continuidad que esos dos hombres le dieron es el secreto del éxito de Malasia como Estado multicultural con un rápido desarrollo. Ambos comenzaron sus carrreras como nacionalistas que buscaban promover los derechos de la mayoría malaya despúes de la salida de los británicos. Pero también reconocieron que las grandes y económicamente poderosas minorías china e india, entre otros grupos, eran esenciales para el desarrollo del país, y que había que convencerlas de que aceptaran como propio el nuevo Estado encabezado por los malayos.

Mahathir se convirtió en primer ministro en 1981, cuando la región estaba en la víspera de un cambio histórico, después del fin de la guerra de Vietnam y de la estabilización de Indonesia después de la sangrienta guerra civil de los años sesenta. El sistema económico mundial era próspero y el Este de Asia, incluyendo a la China de Mao, estaba más comprometida de lo que muchos esperaban a apoyar ese sistema.

Ello animó a Mahathir a romper de tajo con la herencia colonial británica. Su llamado a "voltear hacia el Este" señaló el principio de una ambiciosa política de industrialización que culminó, durante el décimo año de su mandato, en el plan Visión 2020 para alcanzar los niveles de desarrollo occidentales. Hacia 1997, Mahathir estaba en la cumbre de su poder, y el país creía que no pasaría mucho tiempo antes de que todas las comunidades consideraran que compartían una nacionalidad malaya común.

Pero la crisis financiera que golpeó a Asia ese año interrumpió la trayectoria de crecimiento rápido de la región. En contra de los consejos de la comunidad internacional, Mahathir impuso controles de capital y una tasa de cambio fija para el ringgit, a fin de ganar tiempo para la recuperación.

También buscó desviar la sensación de crisis de la economía a la política (donde mantenía un control férreo) mediante la destitución de su heredero designado, Anwar Ibrahim, quien era Primer Ministro adjunto y Ministro de Finanzas. El arresto y el juicio de Anwar aturdieron al país, pero pocos malayos (aliados u oponentes) se sorprendieron de que Mahathir restableciera a tal grado su autoridad después de la crisis que pudo escoger a Abdullah Badawi como su sucesor.

El lanzamiento de la guerra en contra del terrorismo le dio a Mahathir otra oportunidad para recuperarse políticamente. Ante un mundo atemorizado por el Islam, Mahathir rescató una faceta olvidada de su liderazgo al recordarle al mundo en reiteradas ocasiones que el dirigía el único país del mundo donde una mayoría musulmana y minorías grandes de no musulmanes conviven en paz. Hay varias razones que explican ese éxito, y Mahathir merece gran parte del crédito.

A pesar de que ostentaba su nacionalismo malayo, Mahathir a la larga convenció a la mayoría de los no malayos de que él no era un líder comunitario sino alguien a quien le importaban todas las comunidades malasias. Con el tiempo, hizo que la gente se olvidara de que él había estado en contra de Tunku Abdul Rahman por no ser lo suficientemente "malayo" y por hacer demasiadas concesiones a sus compañeros de coalición chinos e indios durante los primeros años del gobierno independiente.

Mahathir, el primer plebeyo en ser Primer Ministro de Malasia, se convirtió también en uno de los principales modernizadores de Asia en otro sentido esencial. Rápidamente adoptó una polémica batalla constitucional en contra de los gobernantes hereditarios malayos, los nueve sultanes, y consiguió reducir su poder y sus privilegios.

Después de haber vencido la inercia de los recelos comunitarios y de las tradiciones dinásticas, Mahathir pudo conducir al país hacia la ruta de la industrialización rápida. Al principio, sus ambiciosos planes para hacer de Malasia un modelo económico para los países en desarrollo le generaron tanto burlas como admiración. Muchos opinaban que estaba yendo demasiado lejos, demasiado rápido; que esperaba mucho de los malayos al pedirles que dieran el salto cuántico cultural de la aldea a la sala de consejo en una generación.

Pero él estaba decidido a romper con el molde malayo tradicional y logró construir una nueva, si bien pequeña, clase media urbana. Parece que a Mahathir lo estimuló el éxito de su vecino Estado insular de Singapur, que por un breve tiempo formó parte de Malasia, en su rápido avance hacia un estatus de primer mundo. Al haber estudiado medicina en Singapur, él conocía el compromiso de ese país con la modernidad. No quería que Malasia se retrasara demasiado.

Este enfoque competitivo hacia Singapur coincide con las preocupaciones que expresó en su influyente libro El dilema malayo . Su pensamiento se ha vuelto más osado y se ha aventurado a explorar el mundo del ciberespacio y de los multimedios. Pero la meta sigue siendo construir una Malasia donde los malayos dirijan siempre a las minorías no malayas en el diseño del futuro del país. Esa tal vez sea la mayor continuidad de todas en el legado de los gobernantes generacionales de Malasia.

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