Cuando Tony Blair, tras haber retrasado su marcha casi hasta la irracionalidad, ceda por fin su cargo de Primer Ministro este mes, será para alivio general no sólo del público británico en conjunto, sino también de una mayoría abrumadora de su propio partido. Después de tres legislaturas en el cargo, no podía ser de otro modo. Pese al tópico, el poder sí que corrompe y la última época de Blair, como la de Margaret Thatcher antes que él, ha constituido un espectáculo sórdido.
La paradoja es que, para ser un hombre que ha ejercido tanto poder durante tanto tiempo, no está claro qué legado dejará –si es que deja alguno- en su país. El blairismo fue un estado de ánimo, un estilo, pero no representó esencialmente una ruptura radical con el legado thatcherita, que el "nuevo laborismo" volvió a embalar tan hábilmente y –seamos justos– siempre administró más humanamente que la Dama de Hierro.
La política exterior es otra historia. Sea cual fuere la opinión que tengamos de él, en los asuntos internacionales Blair ha sido un dirigente importante. De hecho, podemos decir sin miedo a equivocarnos que ha sido el principal encargado de formular y propagar con éxito la doctrina de la "intervención humanitaria". Esa idea atrajo a gran parte de la minoría selecta del mundo desarrollado a lo largo del decenio de 1990 y brindó el fundamento moral para las principales intervenciones militares occidentales del período posterior a la guerra fría, de Bosnia al Iraq.
En vista de lo catastrófica que ha resultado la invasión del Iraq, resulta difícil recordar incluso la época en que las intervenciones por razones morales –ya fueran para frustrar a un dictador, como en el caso de las guerras balcánicas, o para poner fin a la crueldad anárquica, como en el caso de la intervención británica en Sierra Leona- parecían un gran avance en los asuntos internacionales. Los poderosos ya no se cruzarían de brazos, mientras carniceros como Slobodan Milosevic o Foday Sankoh cometían matanzas entre su propio pueblo.
Actualmente, "intervención humanitaria" ha pasado a ser una expresión obscena para muchos de los que en tiempos creyeron en ellas. Sólo los neoconservadores americanos, agradecidos, lógicamente, de que se erigiera en adalid de la guerra del Iraq y por su capacidad para defenderla coherente y elocuentemente (a diferencia del Presidente Bush, que no es apto para hacerlo en esos dos sentidos) lamentan que se marche Blair, pero lo que puede quedar desdibujado es el gran número de quienes creyeron en ellas.
Blair sigue creyendo en ellas. En una entrevista reciente, respondió a la pregunta sobre la esencia de su política exterior con dos palabras: "intervencionismo liberal". El mundo puede haber cambiado, escarmentado al haber comprendido que quienes intervienen, aun cuando lo hagan en nombre de los derechos humanos, pueden ser tan bárbaros como dictadores de pacotilla, pero Blair no va a cambiar, al parecer. Lo que brillantemente se dijo de Thatcher –"no está por el cambio la señora"- se puede decir también de él.
Para ser justos con Blair, hemos de decir que no se trata de simple terquedad, como parece serlo en el caso de Bush y sus actuales y anteriores lacayos, Donald Rumsfeld, Paul Wolfowitz y, naturalmente, el Vicepresidente Dick Cheney. Para Blair, hay una unidad moral entre las intervenciones en Kosovo y en el Iraq, pues presenta las dos como ejemplos de la idea –propia de la era post-Westfalia– de que los Estados poderosos están destinados a defender a las comunidades que sufren en todo el mundo, incluso por medios militares.
A la acusación de que esa idea es, en realidad, una puesta al día para el mundo posterior a la guerra fría del anticuado imperialismo liberal, Blair ha respondido coherentemente que lo que pidió para Kosovo, Sierra Leona y el Iraq eran guerras de "valores, no de intereses". En sus momentos más malhumorados, ha preguntado por qué tantos de los que no vieron inconveniente en que la OTAN socavara la posición de Milosevic se opusieron rotundamente al derrocamiento de Sadam Husein.
En realidad, la respuesta es muy sencilla. La visión por parte de Blair de las guerras de valores y no de intereses ha llegado a parecerse cada vez más a un pabellón moral de conveniencia... similar, en cierto modo, a la utilización de los derechos humanos por los gobiernos del mundo rico para justificar su continuo dominio en instituciones como el Banco Mundial y el FMI. El hecho de que ahora la OTAN considere que su zona de operaciones se extiende legítimamente hasta el Hindukush ha dado que pensar incluso a muchos que en otro tiempo creyeron tan fervientemente como Blair en las intervenciones humanitarias.
Naturalmente, Blair no se considera un nuevo imperialista. Al contrario, como con frecuencia ha dicho con toda claridad, considera inmorales a sus críticos por no apoyar las intervenciones liberales, pero tampoco los colonialistas del siglo XIX se consideraban inmorales. De hecho, tal vez el más grande conquistador imperial británico en África, Cecil Rhodes, definió en cierta ocasión el imperialismo como "filantropía más un 5 por ciento". Para que aprendan Dick Cheney y Halliburton.
Indudablemente, aprenderemos más sobre las justificaciones de Blair para lo que hizo y más formulaciones de su credo intervencionista, cuando pase al circuito de las conferencias y, en su momento, publique sus memorias. Ahora bien, lo patético de su situación consiste en que ya nadie le escucha.
Blair es el último intervencionista. Ni su sucesor, Gordon Brown, ni el de George W. Bush, quienquiera que resulte ser, podrá montar otra intervención similar a la de Kosovo, por no hablar de la del Iraq.
Quienes instan a que se haga una intervención militar en Darfur probablemente dirían que es lamentable, pero, mientras protestan irritados por la inacción de Occidente, deberían recordar por qué resulta imposible esa acción. Al situar el intervencionismo liberal en el centro de su política exterior, Tony Blair la ha vuelto radioactiva: una imposibilidad para una generación por lo menos.


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