TOKIO – Un libro chino, titulado La guerra de las divisas y que ha figurado en la lista de los más vendidos, describe los planes de los judíos para dominar el mundo manipulando el sistema financiero internacional. Según cuentan, se está leyendo ese libro en las más altas esferas del Gobierno. De ser así, no presagia nada bueno para el sistema financiero internacional, que depende de que unos chinos bien informados contribuyan a la recuperación de la crisis actual.
Esa clase de teorías conspiratorias no son poco frecuentes en Asia. Los lectores japoneses han dado a lo largo de los años muestras de avidez por libros como, por ejemplo, Observando a los judíos se ve el mundo con claridad , Los diez próximos años. Cómo conocer por dentro los protocolos judíos y Me gustaría pedir perdón a los japoneses. Confesión de un anciano judío (escrito por un autor japonés, naturalmente, con el nombre falso de Mordecai Mose). Todos esos libros son variaciones de Los protocolos de los sabios de Sión , la falsificación rusa publicada por primera vez en 1903, que los japoneses conocieron después de derrotar al ejército del zar en 1905.
Los chinos tomaron muchas modernas ideas occidentales de los japoneses. Tal vez fuera así como se transmitieron también las teorías de conspiraciones judías, pero el Asia sudoriental tampoco es inmune a esa clase de disparates. El ex Primer Ministro de Malasia, Mahathir ben Mohamed, ha dicho que “los judíos gobiernan el mundo por poderes. Hacen que otros luchen y mueran por ellos”.Y un artículo recíente en una importante revista filipina de negocios explicaba que los judíos siempre habían controlado los países en los que vivían, incluidos los Estados Unidos actuales.
En el caso de Mahathir probablemente intervenga un tipo retorcido de solidaridad musulmana, pero, a diferencia del antisemitismo europeo o ruso, la variedad asiática carece de raíces religiosas. Ningún chino ni japonés ha culpado a los judíos de haber matado a sus hombres santos ni ha creído que la sangre de sus hijos haya acabado en matzos de Pasover. De hecho, pocos chinos, japoneses, malayos o filipinos han visto en su vida a un judío, a no ser que hayan pasado algún tiempo en el extranjero.
Entonces, ¿cómo se explica el notable atractivo que tienen las teorías sobre conspiraciones judías en Asia? La respuesta ha de ser en parte política. Las teorías sobre conspiraciones prosperan en sociedades relativamente cerradas, en las que el acceso libre a las noticias y la libertad de investigación están limitadas. El Japón ha dejado de ser una sociedad cerrada de esa clase, pero incluso personas con una corta historia de democracia tienen inclinación a pensar que son víctimas de fuerzas ocultas. Precisamente porque los judíos son relativamente desconocidos y, por tanto, misteriosos y en ciertos sentidos se los relaciona con Occidente, pasan a ser un rasgo evidente de la paranoia antioccidental.
Esa clase de paranoia está generalizada en Asia, donde casi todos los países estuvieron a merced de potencias occidentales durante centenares de años. El Japón no fue oficialmente colonizado, pero también sintió el dominio occidental, al menos desde el decenio de 1850, cuando buques americanos cargados de armas pesadas obligaron a ese país a abrir sus fronteras con la imposición de condiciones occidentales.
La habitual amalgama de los Estados Unidos con los judíos se remonta a finales del siglo XIX, cuando algunos reaccionarios europeos aborrecían a ese país por ser una sociedad desarraigada y basada exclusivamente en la codicia financiera, lo que cuadraba perfectamente con el estereotipo del avariento judío, “cosmopolita desarraigado”. A eso se debe la idea de que los judíos dominan en los Estados Unidos.
Una de las grandes ironías de la historia colonial es la adopción por parte de los pueblos colonizados de algunos de los propios prejuicios que justificaban el domino colonial. El antisemitismo llegó junto con todo un conjunto de teorías racistas europeas que han persistido en Asia mucho después de que quedaran anticuadas en Occidente.
En ciertos sentidos, las minorías chinas en el Asia sudoriental han compartido parte de la hostilidad padecida por los judíos en Occidente. Excluidas como estuvieron de muchas profesiones, también ellas sobrevivieron manteniéndose unidas y mediante el comercio. También ellas se han visto perseguidas por no ser “hijos de la tierra” y también de ellas se ha pensado que tienen poderes sobrehumanos a la hora de hacer dinero. Por eso, cuando hay problemas, se acusa a los chinos, no sólo por ser capitalistas avariciosos, sino también por ser –una vez más como los judíos– comunistas, pues tanto el capitalismo como el comunismo están relacionados con el desarraigo y el cosmopolitismo.
Además de ser temidos, los chinos son admirados por ser más inteligentes que el resto. La misma mezcla de miedo e intimidación resulta evidente con frecuencia en las opiniones sobre los Estados Unidos y, de hecho, sobre los judíos. El antisemitismo japonés es un caso particularmente interesante.
El Japón sólo pudo derrotar a Rusia en 1905, después de que un banquero de Nueva York, Jacob Schiff, ayudó al Japón con bonos flotantes, por lo que Los protocolos de los sabios de Sión confirmaron lo que los japoneses ya sospechaban: los judíos tiraban, efectivamente, de los hilos de las finanzas mundiales, pero, en lugar de desear atacarlos, los japoneses, por ser un pueblo práctico, llegaron a la conclusión de que sería mejor para ellos cultivar la amistad de esos inteligentes y poderosos judíos.
A consecuencia de ello, durante la segunda guerra mundial, incluso cuando los alemanes pedían a sus aliados japoneses que detuvieran a los judíos y se los entregaran, se celebraban cenas en la Manchuria ocupada por los japoneses para celebrar la amistad judaico-japonesa. Aunque nunca estuvieran cómodos, los refugiados judíos en Shanghai al menos permanecieron con vida bajo la protección japonesa. Eso fue bueno para los judíos de Shanghai, pero las propias ideas que los ayudaron a sobrevivir siguen confundiendo el pensamiento de personas que ya deberían saber discernir al respecto.


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