PARÍS – La paradoja central de la política francesa quedó confirmada una vez más el 27 de marzo. En una votación nacional para elegir autoridades locales (el llamado Consejal General), el Frente Nacional de extrema derecha ganó el 11% de los votos emitidos, pero se aseguró sólo el 0,1% de las bancas.
Esta discrepancia entre la fuerza popular del Frente Nacional y su representación real ha sido una característica permanente de la política francesa desde que Jean-Marie Le Pen fundó el partido hace 40 años. Pero Le Pen fue reemplazado en enero por su no menos carismática hija, Marine. Y, con ese cambio, el destino del Frente también podría estar cambiando.
La escasa cantidad de funcionarios electos del Frente refleja la estrategia perseguida por sus dos principales adversarios, el Partido Socialista y la Unión por un Movimiento Popular (UMP, antes el partido gaullista) de Nicolas Sarkozy, que esencialmente se repartieron todos los puestos electos a nivel nacional y local desde los años 1980. Para preservar su dominio compartido, más o menos acordaron la estrategia de un “Frente Republicano” destinada a excluir al Frente Nacional en la segunda ronda de todas las elecciones.
En consecuencia, en un desempate directo entre un candidato del Frente y un candidato socialista o de la UMP, los socialistas y la UMP normalmente se votan mutuamente. La demostración más sorprendente de esta alianza “republicana” fue en la elección presidencial de 2002, cuando, con el apoyo socialista, Jacques Chirac, el candidato gaullista, recibió el 85% del voto popular en la segunda vuelta contra Jean-Marie Le Pen.
Hasta ahora, esta estrategia de exclusión de un “Frente Republicano” logró mantener a la extrema derecha fuera de cualquier cargo político importante durante cuatro décadas, pero nunca redujo el tamaño de su base electoral. Por el contrario, el Frente Nacional gana credibilidad al no tener que poner nunca a prueba su programa en el gobierno.
Sin embargo, para la segunda vuelta del domingo pasado, Sarkozy rompió esta convención: en carreras donde un candidato socialista competía con el Frente Nacional, su postura fue “No, ni uno ni otro”. Como resultado, los votantes de la UMP pudieron elegir entre abstenerse, respaldar al socialista o votar por el Frente Nacional.
Comparada con la negación rígida de parte de Chirac a considerar cualquier tipo de reacercamiento con el Frente, la política de Sarkozy es, por ende, un pequeño paso hacia el reconocimiento de la legitimidad del Frente. La izquierda, por supuesto, denunció esta maniobra como una amenaza de fascismo. Pero, guste o no, el Frente es un partido legal. Puede ser xenófobo, pero sus líderes nunca denigran la República; puede contar entre sus filas con miembros fascistas, pero el partido juega acogiéndose a las reglas democráticas.
Y, guste o no, el Frente Republicano puede desmoronarse por completo con Marine Le Pen al frente del partido que fundó su padre. Su padre fue, por sobre todo, un ideólogo, un Napoleón “populista” que nunca moderaría su visión de una Francia blanca y católica que necesita una reanimación moral. Por lo tanto, rechazaba la Revolución Francesa y el estado benefactor moderno tanto como se oponía a la inmigración musulmana.
Los gaullistas y los socialistas están orgullosos de nunca haber hecho un arreglo con Jean-Marie Le Pen, pero de todas maneras él nunca habría negociado con ellos. La ambición de Le Pen siempre fue la de “salvar” a Francia, no convertirse en un ministro de Turismo.
Su hija, en cambio, claramente suavizó el tono. Desde que Marine Le Pen tomó el mando, demostró ser capaz de combinar la postura anti-inmigración característica del Frente Nacional, el núcleo duro de su ideología, con un elogio del estado y la República. Y aportó un tono anticapitalista fresco a la retórica del Frente –algo que siempre resulta popular en Francia.
Marine Le Pen busca recorrer el mismo sendero hacia el poder que la Liga Norte de Italia, el partido Interés Flamenco, el partido Holanda Habitable y el Partido Popular de Dinamarca, que en su totalidad se convirtieron en partidos populistas “blandos”. Como resultado de este cambio, en el futuro cercano los conservadores de Sarkozy tal vez no tengan otra opción que aliarse con el Frente. El intento de Sarkozy de arrogar para sí la retórica de la extrema derecha sobre seguridad e inmigración no funcionó porque, cuando se trata del chauvinismo nacional, los franceses prefieren a sus proveedores auténticos.
Y los franceses –así como los votantes en otras partes de Europa- votan más por los partidos de extrema derecha cuando la extrema izquierda está más débil. De hecho, el Frente Nacional es más fuerte precisamente donde el Partido Comunista alguna vez fue la fuerza más importante. Entre una cuarta parte y una tercera parte de los europeos continentales se sienten permanentemente privados del derecho de representación, y están dispuestos a votar por cualquier partido de “protesta”, ya sea la extrema derecha o la extrema izquierda.
La razón es esencialmente la misma en toda Europa: un crecimiento económico lento implica pocas perspectivas de una vida mejor, mientras que el estado benefactor no logró crear empleos. La extrema izquierda le echa la culpa al capitalismo; la extrema derecha les apunta con el dedo a los inmigrantes. La extrema izquierda recomendaría la revolución; la extrema derecha, la depuración étnica.
La revolución anticapitalista ya se intentó en media Europa el siglo pasado, con resultados nefastos. La expulsión de los inmigrantes no. Frente a una economía lenta, un estado benefactor deficiente y una inmigración fuera de control –desafíos para los cuales ningún partido tradicional de la derecha o de la izquierda tiene propuestas coherentes-, el atractivo del populismo blando de la extrema derecha seguirá acosando a Francia y Europa.


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