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La difícil búsqueda de normas financieras mundiales

BRUSELAS – Si, como se dice, la crisis financiera es mundial, la solución debe ser mundial: un sistema financiero internacional que funcione mejor. Y, como las instituciones de Bretton Woods –el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional– constituyen el centro del sistema financiero internacional, se debe incluirlas en la solución.

Un sistema financiero internacional perfeccionado debe aplicar dos líneas principales de acción. La primera consiste en ampliar el alcance de la cooperación internacional. En este momento, el Consejo de Estabilidad Financiera, entre cuyos miembros figuran los países del G-20, lanza principalmente iniciativas a ese respecto.

Otra línea de acción es la de fortalecer los poderes blandos de las instituciones internacionales con miras a formular políticas económicas más coherentes, en particular mediante la consecución de economías sistémicamente importantes. Para ello, sería necesaria la participación directa de las instituciones de Bretton Woods, en particular el FMI. Después de la crisis asiática del decenio de 1990, se acordó un fortalecimiento del FMI y la cumbre del G-7 celebrada en Colonia en 1999 encomendó al Fondo que desempeñara un papel de intensa vigilancia para lograr una mayor transparencia y fomentar un ajuste temprano por parte de los países que tengan una situación insostenible en materia de balanza de pagos.

Pero durante el último decenio no se han cumplido las esperanzas infundidas por ese mandato. Algunas economías en ascenso no dejaron que sus divisas flotaran, sino que siguieron manteniéndolas con tipos de cambio infravalorados para fomentar sus exportaciones y acumular reservas, como una forma de seguro para un caso de crisis.

Además, el FMI no ha logrado convencer a los países para que apliquen políticas macroeconómicas coherentes con situaciones sostenibles en materia de cuenta corriente. Tampoco las economías avanzadas, en particular los Estados Unidos, han tenido en cuenta plenamente la recomendación del FMI. La acumulación de grandes superávits, en particular en las economías asiáticas en ascenso y en los países exportadores de petróleo, permitieron a los EE.UU. financiar su déficit por cuenta corriente. También bajaron en los EE.UU. los tipos de interés a largo plazo y crearon en este país unas condiciones monetarias más expansionistas.

Las economías en ascenso, siguiendo el ejemplo de los países avanzados,  atribuyeron también menos importancia a la vigilancia del Fondo, en particular porque su acumulación de activos externos las volvió menos dependientes de la financiación y las recomendaciones del FMI. Por ejemplo, el Fondo no ha podido concluir un programa de vigilancia con China durante tres años. Todo ello ocurrió sobre un fondo de afirmaciones de los países con mercados en ascenso de que su representación relativamente baja en las instituciones de Bretton Woods privaba de legitimidad al FMI.

En los últimos meses, el Fondo ha desempeñado un papel importante con miras a la resolución de la crisis, en particular al evaluar la gravedad de la situación y facilitar financiación exterior a los países, pero, para que podamos crear un sistema monetario internacional en el que las crisis sean la excepción, el Fondo debe desempeñar un mayor papel preventivo.

En varios países no parece aceptarse la tesis de que la causa de la crisis fueron los grandes desequilibrios exteriores. Dichos desequilibrios reflejaban en última instancia la acumulación por parte de países como los EE.UU. de una excesiva liquidez internacional, debida a un exceso de ahorros de países como China. Esa situación propició un insostenible auge del consumo, además de una injustificada asunción de riesgo por los consumidores y las instituciones financieras, lo que contribuyó a las grandes distorsiones y las burbujas en los mercados financieros mundiales, condiciones a las que se debió la crisis actual.

Ahora el riesgo estriba en que las fuerzas partidarias de un ajuste más temprano y eficaz de los desequilibrios han quedado debilitadas. De hecho, hoy son pocos quienes piden que el FMI desempeñe un papel más importante en la prevención de la acumulación de desequilibrios exteriores excesivos y en el fomento de políticas internas más disciplinadas.

Un ejemplo de ello es la forma como se modificó la Decisión del FMI sobre la vigilancia bilateral de las políticas de sus miembros, encaminada a descubrir los desajustes fundamentales en materia de tipos de cambio para permitir un mayor albedrío en la vigilancia, en particular en lo relativo a los tipos de cambio. Podría parecer una opción táctica, pero dudo que gracias a ella consiga el FMI una mayor autoridad.

Los países en desarrollo y en ascenso piden una mayor participación en las decisiones del FMI, pero también parecen dar a entender que les gustaría que tuviera una actitud menos intervencionista y menos potestad para imponer la condicionalidad y que al tiempo facilitara una financiación mayor y más barata. Sería apropiado en época de crisis sistémica, pero no es sostenible en época normal. De hecho, se debería pensar un poco en una estrategia de salida de una situación de financiación barata e incondicional por parte del FMI.

En cambio, la mayoría de los accionistas del FMI parecen ser partidarios de que la financiación de la organización resulte más fácil. Atribuir mayor importancia a sus derechos especiales de giro o complementar el dólar con otra divisa de reserva mundial permitiría satisfacer mejor las necesidades en materia de financiación tanto de los países que tienen déficits como de los que tienen superávits. Para los países con déficits, los préstamos de las instituciones internacionales fuera de los mercados resultarían más fáciles, pues atribuirían al emisor de dicha divisa cierta función de prestatario internacional en última instancia. Para los países con superávits que quieran acumular reservas, reduciría el riesgo del tipo de cambio.

Pero, si la financiación resultara más fácil, no estaría claro cómo percibirían tanto los acreedores como los deudores el riesgo de desequilibrios excesivos. El peligro real es el de que el ajuste se produjera aún más tarde y se dejasen acumular los desequilibrios durante un período mayor. En esas circunstancias, las crisis serían aún mayores y el ajuste más duro, como ocurrió con la última divisa mundial, el patrón oro.

Un sistema financiero internacional viable requiere un mecanismo para mantener a raya los desequilibrios. Un elemento esencial de dicho mecanismo es la atribución al FMI de un papel más destacado en dos ámbitos: la vigilancia rigurosa y eficaz para prevenir las crisis y unos préstamos responsables a los países necesitados, pero con límites idóneos de condicionalidad.

No necesitamos volver a inventar la rueda; basta con que cumplamos los compromisos subscritos hace diez años. Mientras se abordan las dificultades que plantea la crisis actual, no debemos olvidar el objetivo de prevenir desplomes futuros.

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