Monday, September 1, 2014
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Ajustes a los grandes bancos

LONDRES – Dos enfoques alternativos dominan las discusiones en curso sobre la reforma bancaria: la separación y la regulación. El debate se remonta a los inicios del “New Deal” del presidente estadounidense, Franklin D. Roosevelt, que enfrentaba a los antimonopolistas con los reguladores.

En la banca, los antimonopolistas salieron victoriosos con la Ley Glass-Steagall de 1993, que separaba a la banca comercial de la banca de inversión y garantizaba los depósitos bancarios. Con la eliminación gradual de la Ley Glass-Steagall y su revocación final en 1999, los banqueros triunfaron sobre los antimonopolistas y los reguladores, mientras que mantuvieron garantizados los depósitos de los bancos comerciales. Este sistema en gran parte no regulado fue el que se colapsó en 2008, con repercusiones globales.

Lo más importante de evitar otra crisis bancaria es solucionar el problema del riesgo moral –la probabilidad de que el que toma riesgos y está asegurado contra las pérdidas, tome más riesgos. En la mayoría de los países, si el banco en que el puse mi dinero quiebra, es el gobierno, no el banco, el que me compensa. Adicionalmente, el banco central actúa como “prestamista de último recurso” de los bancos comerciales considerados “muy grandes como para fracasar”. Como resultado, los bancos que benefician de garantía de depósitos y tienen acceso a los fondos del banco central son libres de especular con el dinero de sus depositantes; son “bancos que tienen casinos anexos” en las palabras de John Kay.

El riesgo desatado con la eliminación de la Ley Glass-Steagall que era una barrera al riesgo moral se hizo evidente cuando se permitió a Lehman Brothers declararse en quiebra en septiembre de 2008. Entonces, las prestaciones de rescate contra las pérdidas, se extendieron ad hoc a los bancos de inversión, proveedores de hipotecas, y las grandes aseguradoras como AIG, los gerentes protectores, los acreedores y los accionistas. (Goldman Sachs fue elegible para los préstamos subsidiados de la Reserva Federal al convertirse a sí mismo en un holding). La parte principal del sistema bancario tuvo la posibilidad de tomar riesgos sin tener que pagar los costos del fracaso. Dejando de lado el enojo del público, tal sistema es insostenible.

El rechazo prematuro de la nacionalización de la banca nos dejo con las mismas dos alternativas de 1933: separación o regulación. Siguiendo la sugerencia de Paul Volcker, el ex presidente de la Reserva Federal estadounidense, el presidente Barack Obama ha propuesto una versión moderna de la Glass-Steagall.

Con las propuestas Obama-Volcker, los bancos comerciales tendrían prohibido dedicarse a la negociación de bonos por cuenta propia y tener participación en fondos especulativos y empresa de capital privado. Además, se limitarían los instrumentos derivados que podrían poseer, y Obama ha indicado que ningún banco comercial debería tener más del 10% de los depósitos nacionales. La idea principal es reducir los riesgos que puede tomar cualquier institución financiera que tenga el respaldo del gobierno federal.

El enfoque alternativo de regulación que promueven el premio Nobel, Paul Krugman, y el presidente de la Autoridad de Servicios Financieros británica, Adair Turner, tiene como objetivo utilizar la regulación para limitar la toma de riesgos sin cambiar la estructura del sistema bancario. Un nuevo conjunto de regulaciones aumentaría los requisitos de capital de los bancos, limitaría la deuda que podrían adquirir y establecería un organismo de defensa financiera del consumidor para proteger a los prestatarios ingenuos de las prácticas de crédito predatorias.

Esta no es una cuestión excluyente. Al prestar testimonio ante el Comité de Banca del Senado a principios de febrero, Simon Johnson, del MIT, respaldó el enfoque de Volcker pero también se pronunció por fortalecer los coeficientes de capital de los bancos “espectacularmente” –de aproximadamente el 7% al 25%- y mejorar los procedimientos de quiebra mediante un “testamento en vida”, que congelaría ciertos activos pero no otros.

Es poco probable que muchos de los detalles del paquete propuesto por Obama sobrevivan (si es que el plan mismo lo logra). No obstante, hay argumentos de peso contra los principios de su enfoque. Los críticos señalan que “las prácticas crediticias simplemente malas” de la banca comercial representaron el 90% de las pérdidas de los bancos. El ejemplo clásico es el Royal Bank of Scotland británico, que no es un banco de inversión.

Las principales pérdidas de los bancos comerciales se registraron en los mercados inmobiliario y comercial. El remedio en este caso no es desmembrar los bancos, sino limitar sus créditos a este sector –por ejemplo, obligándolos a mantener una proporción determinada de hipotecas en sus libros, y aumentando el capital que deberían tener para respaldar los créditos inmobiliarios comerciales.

Además, muchos países que tienen sistemas bancarios integrados no tuvieron que rescatar a ninguna de sus instituciones financieras. Los bancos canadienses no eran demasiado grandes para fracasar –sencillamente eran demasiado aburridos para fracasar. En Canadá no hay nada que pueda rivalizar con el poder de Wall Street o la City de Londres. Esto permitió que el gobierno remara contra la corriente de la innovación y la desregulación financiera. Los países que sufrieron las pérdidas más grandes fueron los que tenían sectores financieros políticamente dominantes que competían por el liderazgo financiero del mundo, como los Estados Unidos y Gran Bretaña.

Esto es lo que muchos reguladores con buenas intenciones no entienden. En el fondo, el choque entre los dos enfoques es una cuestión de poder no de economía financiera técnica. Como Johnson señaló en su testimonio ante el Congreso, “las soluciones que dependen de una supervisión regulatoria más inteligente y mejor y de las medidas correctivas ignoran las limitaciones políticas de la regulación y el poder político de los grandes bancos.”

En esas soluciones propuestas se presume que los reguladores podrán identificar los riesgos excesivos, impedir que los bancos manipulen las regulaciones, resistirse a la presión política para dejar en paz a los bancos e imponer medidas correctivas polémicas “que será muy complicado defender en público”. En estas también se presupone que los gobiernos tendrán el valor de respaldarlos al tiempo que sus oponentes los acusen de socialistas y de cometer crímenes contra la libertad, la innovación, el dinamismo y demás. De hecho, este coro de dicterios ya comenzó, y lo encabeza el presidente de Goldman Sachs, Lloyd Blankfein.

Hay otro paralelismo interesante con el New Deal. Roosevelt logró que el Congreso aprobara la Ley Glass-Steagall antes de que pasaran cien días de su toma de posesión. Obama ha esperado más de un año para proponer su reforma bancaria y es poco probable que se apruebe. Esto se debe no únicamente a que la crisis bancaria de 1933 fuera mayor que la actual sino que actualmente hay grupos de presión financieros mucho más poderosos que se interponen entre la pluma y la política.   Para que los reformistas ganen deben estar dispuestos a luchar contra los intereses creados más poderosos del mundo.

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