China Stands Up
La verdadera Larga Marcha
Shuyun Sun
Todas las naciones tienen un mito fundador. Para la China comunista, es la Larga Marcha: historia equivalente a la de Moisés dirigiendo el éxodo de los israelitas desde Egipto. Yo me crié con ella.
Se puede exponer el mito sucintamente. El joven Partido Comunista y sus tres Ejércitos Rojos fueron expulsados de sus bases en el Sur a comienzos del decenio de 1930 por el gobierno nacionalista de Chiang Kaishek. Perseguidos y hostigados por sus enemigos, cruzaron altas montañas, ríos turbulentos y praderas intransitables, dirigidos por Mao de victoria en victoria. Al cabo de dos años y 15.000 kilómetros de aguante, valor y esperanza contra increíbles penalidades, los Ejércitos Rojos llegaron a la China nordoccidental. Sólo quedaba una quinta parte de los 200.000 soldados deshechos, destrozados, pero desafiantes. Un decenio después, contraatacaron, derrotaron a Chiang Kaishek y lanzaron la Nueva China de Mao.
¿Hasta qué punto responde a la realidad el mito fundador de China?
En 2004, setenta años después de que comenzara, me puse a recorrer de nuevo el itinerario de la Larga Marcha. Sigue siendo un viaje sobrecogedor, por zonas que han cambiado poco hasta hoy, inaccesibles y sumidas en una pobreza extrema. De los 40.000 supervivientes, tal vez 500 sigan vivos; localicé y entrevisté a 40 de ellos: personas comunes y corrientes que quedaron rezagadas o lograron llegar hasta el final, pero que podían contar historias muy instructivas.
Huang Zhiji era un niño, poco más alto que su fusil, cuando se incorporó al Ejército Rojo. No tenía otra opción: habían detenido a su padre y no lo liberarían hasta que Huang accediera. Pensó en desertar, pero se quedó por miedo de ser apresado y fusilado. Muchos sí que escaparon. Seis semanas después de iniciada la Marcha, el Primer Ejército de Mao había quedado reducido de 86.000 a 30.000 soldados. Se sigue atribuyendo la causa a la batalla del río Xiang, la primera importante de ese ejército, pero en ella murieron, como máximo, 15.000; el resto desaparecieron.
Otra batalla, por el río Dadu, es el corazón de la leyenda de la Larga Marcha: 22 hombres bravos vencieron, supuestamente, a un regimiento de tropas nacionalistas que guardaban las cadenas del puente Luding con ametralladoras y abrieron el paso a los integrantes de la Marcha. Mao dijo a Edgar Snow, autor de Estrella roja sobre China, que el cruce del río Dadu fue el incidente más importante durante la Larga Marcha, y en la actualidad así es ensalzado.
Pero los documentos que he visto indican que el general al mando de la división que fue la primera en cruzar el río Dadu contó a los historiadores del Partido una historia muy diferente. "Ese asunto no fue tan complicado como después lo contaron", dijo. "Cuando se investigan los hechos históricos, hay que respetar la verdad. La forma de presentarla es otro asunto".
Así, pues, la leyenda sigue viva. En el río Dadu sólo hubo una escaramuza. El señor de la guerra local, que odiaba a Chiang Kaishek, dejó pasar a Mao. Como recompensa, después fue nombrado ministro en el gobierno comunista.
Los participantes en la Larga Marcha no sabían dónde acabarían. Hubo debates constantes sobre el destino final. Cuando convergieron en la China septentrional en octubre de 1936, lo consideraron el fin de la Marcha, pero la "tierra prometida" no lo era tanto. Apenas podía mantener a su población, por no hablar de los Ejércitos Rojos.
Los soldados no tenían ropa para protegerse de un frío intensísimo. Ordenaron a las mujeres dar la vuelta y regresar a sus puntos de origen, porque no había comida suficiente. Apenas un mes después de la unión de los tres Ejércitos Rojos, el Partido decidió continuar la Larga Marcha, pero el secuestro de Chiang Kaishek por el general que éste había nombrado para acabar con los comunistas los salvó. Como parte del precio por su liberación, Chiang reconoció la legitimidad de los comunistas. La Larga Marcha había acabado.
Sin embargo, no fue así para los 21.000 hombres y mujeres de la Legión Occidental. Pertenecían al Cuarto Ejército, mandado por Zhang Guotao, máximo rival de Mao. Su misión era la de obtener ayuda de Rusia en la frontera de la China occidental, pero Mao siguió enviándoles órdenes contradictorias; el resultado fue que no pudieron luchar ni retroceder.
Atrapados en tierras yermas en las que la supervivencia era difícil, las mayor parte de las fuerzas de los señores de la guerra musulmanes acabaron con ellos. Sólo 400 llegaron a la frontera; el resto fueron muertos o capturados.
Fue la mayor derrota del Ejército Rojo. Sin embargo, no figura en la historia oficial. Wang Quanyan, oficial superior, fue tomada como concubina por un comandante musulmán, razón suficiente para que el Partido la considerara una traidora y borrase todos sus años de entrega. Ella y el resto de los supervivientes del Cuarto Ejército tuvieron que luchar medio siglo para ser reconocidos como participantes en la Marcha.
Los participantes en la Larga Marcha perseveraron, lucharon, pasaron hambre, se desesperaron y resistieron. El hambre los obligó a tomar rehenes para cobrar recompensas. Hubo purgas incesantes hasta que no quedaron prácticamente oficiales superiores para dirigir batallas. Si los participantes en la Marcha tenían dudas, las vencieron con la ayuda de la propaganda comunista. Estuvieron a la altura de su terrible experiencia con un valor y un autosacrificio insuperados en la historia de China o de ningún otro país.
¿Que los motivaba? Pregunté a un general qué sabía del comunismo entonces. "No tenía idea entonces ni la tengo ahora", respondió. "Dudo que el propio Mao lo supiera". Para él, superviviente de una pobreza y una opresión extremas, el comunismo era un sueño hermoso y vigorizante, la esperanza de una sociedad justa y avanzada.
Tal vez nadie supiera o pudiese saber cuánto y cuán extremo sufrimiento había por delante y lo grande que sería la diferencia entre el sueño y la realidad.
Copyright: Project Syndicate, 2006.
www.project-syndicate.org
Traducido del inglés por Carlos Manzano.
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