Davies and Shiller
La desigualdad y sus desazones
Robert J. Shiller
Los líderes en todo el mundo parecen estar convencidos de que si se permite que la desigualdad y la falta de una mayor participación en el crecimiento económico continúen, éstas conducirán a la discordia social e incluso a la violencia. ¿Pero es la desigualdad el problema real?
Como dijo el Primer Ministro indio Manmohan Singh en la Conferencia Internacional de los Dalits y las Minorías, que se celebró en Nueva Delhi en diciembre, “Incluso si la pobreza absoluta se puede reducir por medio del crecimiento, las desigualdades se pueden agudizar. Esto puede ser extremadamente desestabilizador en términos políticos y sociales”. Por ello la India debe “tomar medidas que reduzcan las desigualdades sociales y económicas, sin que se dañe el proceso de crecimiento y sin reducir los incentivos a los esfuerzos y la creatividad individuales”.
Del mismo modo, el Presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, sostuvo en el Foro Económico de Davos que se llevó a cabo en enero que “Será a través del crecimiento económico, la generación de empleos y la distribución del ingreso como viviremos en un mundo pacífico”. Después, exhorto a reducir las barreras a las exportaciones agrícolas para ayudar a los pobres de los países en vías de desarrollo.
Tales argumentos son de sentido común. Si la gente cree que va disfrutar del crecimiento económico general, debería ser más probable que estuviera a favor de la paz social. Si no lo cree, el descontento será más factible.
Sin embargo, ha sido difícil para los científicos sociales probar ese argumento. De hecho, algunos análisis estadísticos sobre la correlación entre desigualdad y conflicto social concluyen que puede incluso haber una relación inversa: las sociedades que son más desiguales tienden a tener menos conflictos porque los ricos están en mejores condiciones de controlar a los pobres.
Hay algunas evidencias de que el descontento social resulta de la desigualdad. Los economistas Alberto Alesina y Roberto Perotti han mostrado, después de haber controlado varios factores de otra índole, que los países con una desigualdad alta tienden a tener mayor inestabilidad social, en términos, digamos, del número de asesinatos por motivos políticos o el número de personas asesinadas en conjunción con la violencia doméstica masiva.
No obstante, uno se pregunta por qué la evidencia que muestra que la desigualdad causa descontento social no es más contundente.
Parte del problema puede ser que no siempre la desigualdad per se sea la causa de la discordia social sino también la forma en que se percibe el origen de esa desigualdad. El descontento puede reflejar más una sensación de traición –que los demás no están cumpliendo sus promesas implícitas o que no están actuando honorablemente.
En efecto, es esencial para una economía efectiva que exista una sensación de confianza hacia los demás. Los abogados hacen muchos contratos y los tribunales pasan mucho tiempo haciendo que se cumplan, pero estas instituciones no pueden abarcarlo todo. La mayoría de las relaciones económicas dependen de la buena voluntad, una disposición básica a hacer lo correcto incluso si nadie está vigilando.
La confianza no es universal. Pero el mundo de los negocios se basa en nuestro conocimiento intuitivo de cuándo podemos confiar razonablemente en las personas y cuándo no podemos hacerlo en absoluto. Diseñamos contratos en un ambiente de confianza imperfecta y formamos instituciones complejas que toman en cuenta las altas y bajas del honor humano. Cuando funcionan bien, tenemos la sensación general de que, incluso si la gente no siempre es de fiar, prevalece la equidad básica.
Un artículo publicado en el número de enero de 2007 de la revista Econometrica por Ernst Fehr de la Universidad de Zurich y Alexander Klein y Klaus Schmidt de la Universidad de Munich muestra cómo las personas crean relaciones económicas basadas en su conocimiento de las circunstancias en las que las personas son confiables.
En los experimentos que realizaron, pidieron a unas personas que actuaban como empleadores que escogieran entre varios tipos de contratos laborales y que después observaran los resultados cuando otros individuos que hacían las veces de empleados respondieran. Los empleadores al principio confiaban en que los empleados trabajarían intensamente sin incentivos específicos, y aprendieron pronto que sin incentivos los empleados holgazanearían.
Pero los empleadores también aprendieron rápidamente que el mejor tipo de contrato laboral es el que le ofrece al empleado no sólo un contrato fijo, sino también la posibilidad de obtener una bonificación, un tipo de premio por un buen desempeño fuera de las disposiciones del contrato. Los empleados aprendieron en los experimentos que se podía confiar en gran parte en que los empleadores darían esas bonificaciones como recompensa por el trabajo duro, aunque nadie pudiera obligarlos formalmente si de manera egoísta se negaban a otorgarlos.
De esta manera, de los experimentos surgió una especie de intercambio de regalos entre el empleado y el empleador y no un contrato laboral rígido o formulista. Podemos deducir que ese tipo de arreglos informales sobreviven en las relaciones laborales del mundo real porque refuerzan nuestros sentimientos sinceros de buena voluntad hacia los demás.
En contraste, cuando la desigualdad es percibida como el resultado de una descomposición de las relaciones de confianza, puede conducir a la amargura, y en última instancia, al descontento social. Esto ocurre frecuentemente en períodos de cambio económico acelerado. Por ejemplo, en un mundo que se está globalizando rápidamente, la gente podría tener que dejar a sus empleadores de muchos años con quienes han construido una sensación de confianza, o pueden ser sus supervisores quienes tengan que ser remplazados. En tales casos, la desigualdad puede percibirse más intensamente porque las personas pueden relacionarla con la pérdida de buena voluntad.
Lo que Singh, Lula y otros líderes mundiales parecen querer en realidad es reforzar la confianza y la cooperación incluso en una economía que cambia con rapidez. Si pueden idear políticas, leyes e incentivos para lograrlo, uno de los productos secundarios sería probablemente una reducción de la desigualdad, que esperaríamos que fortaleciera una mayor sensación de confianza.
Copyright: Project Syndicate, 2007.
www.project-syndicate.org
Traducción de Kena Nequiz
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