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Restringir a la Alianza del Norte

¿Es el enemigo de tu enemigo necesariamente tu amigo? No si ese supuesto amigo es la Alianza del Norte, la coalición antitalibán que controla menos del 10% del territorio de Afganistán. A pesar del apoyo masivo de Rusia y de Irán, este movimiento de resistencia ya parecía estar a punto del colapso incluso antes de que los hombres de Osama Bin Laden mataran a su carismático comandante de campo, el general Massoud, días antes de los ataques terroristas en Estados Unidos (EU). Los eventos del 11 de septiembre trajeron a la Alianza de vuelta a la escena. Ahora se está preparando para lanzar su propio ataque contra Kabul, con o sin el consentimiento de EU. Sus líderes están formando una fuerza policial de 2,000 hombres para patrullar la capital afgana si la Alianza logra capturarla.

Ahora que EU y sus aliados empezaron a bombardear las posiciones atrincheradas del Talibán al norte de Kabul, la cuestión de si EU y sus aliados deben dar la bienvenida o no a una toma de la vieja capital afgana por parte de fuerzas indígenas afganas hostiles al Talibán se vuelve todavía más importante. Tomando en cuenta lo realizado por las fuerzas de la Alianza del Norte cuando gobernaron en Kabul y, más importante, el mensaje simbólico que tal victoria enviaría al grupo más grande y pivote de la población afgana, los pashtuns, EU y sus aliados deberían mantenerse a distancia.

La Alianza del Norte mantuvo una amplia franja del territorio al extremo norte de Afganistán durante varios años después de que el Talibán obtuviera el control del resto del país en 1996. Su líder uzbek, Rashid Dostum, desató en la ciudad donde tienen sus cuarteles generales, Mazar-I-Sharif, una ola pusilánime de brutalidad y abusos de los derechos humanos que se comparan con las peores actividades del Talibán. La masacre a sangre fría de más de cien chiítas afganos que llevó a cabo el Talibán le pisó los talones a una masacre similar de partidarios del Talibán realizada por la Alianza del Norte. El general Dostum siguió el desenvolvimiento de estos eventos desde la comodidad de su nueva villa, "amueblada" copiosamente con una piscina interna.

Como el Talibán, la Alianza del Norte ha estado activamente involucrada en la producción y distribución de opio. A diferencia del Talibán, sin embargo, la Alianza del Norte no ha intentado detener el tráfico. Las delegaciones de las agencias de control de drogas de las Naciones Unidas y de EU, confirmaron ambas que el Talibán redujo el cultivo de amapola a menos de la mitad entre 1999 y 2000, y sin utilizar un sólo céntimo de la ayuda internacional para brindar pagos compensatorios a los campesinos. Lejos de hacer lo mismo, la Alianza del Norte se ha aprovechado de los resultantes escasez y precios al alza para incrementar su tráfico.

Como el Talibán, la Alianza del Norte ha ayudado y dado cobijo a terroristas. Uno de los tres grupos terroristas nombrados por el presidente Bush en su discurso al Congreso después de los ataques en Nueva York fue el "Movimiento Islámico de Uzbekistán" (IMU, por sus siglas en inglés), ahora llamado "Partido Islámico de Turquistán". Durante dos años consecutivos varios miles de grupos guerrilleros armados del IMU cruzaron la frontera norte de Afganistán y pasando por Tajiquistán se internaron en Kyrguistán, Kazakstán y Uzbequistán para fomentar la insurrección.

Aunque era apoyado activamente por Bin Laden, el IMU también contó con la cooperación de la Alianza del Norte, a través de cuyo territorio se movía de un lado a otro impunemente. Los tadzhiks miembros de la Alianza del Norte aplaudieron las actividades del IMU en Uzbekistán y también se beneficiaron de la relación cercana del IMU con el tráfico de drogas. Incidentalmente, el IMU usó con éxito $100,000 para sobornar a las tropas rusas, las cuales normalmente defienden las fronteras de Tajiquistán en contra del IMU.
Quizá lo único positivo que puede decirse de esta siniestra alianza de comandantes militares del norte de Afganistán, es que se oponen al Talibán. Pero incluso si fueran por completo inocentes, el mayor problema seguiría siendo que han sido fondeados y armados por los rusos, con ayuda de Irán.

Para la mayoría de los afganos, y especialmente para los pashtuns, ya sea que apoye o se oponga al Talibán, esta asociación es como el beso de la muerte. Después de todo, fue la invasión de los rusos la que causó la matanza de entre 1 y 1.5 millones de afganos entre 1979 y 1989.

La captura de Kabul por parte de la Alianza del Norte encendería de nuevo todas las pasiones nacionales que acabaron con el Ejército Rojo. Y esa reacción no estaría limitada a Afganistán. Los dieciseis millones de pashtuns que viven en Paquistán también se levantarían en armas, cultivando la inestabilidad en una potencia nuclear de una manera que el mundo nunca ha visto. El vecino hostil de Paquistán, la India, que también tiene armas nucleares, no podría mantenerse inactivo al enfrentar tal amenaza.

En pocas palabras, un asalto exitoso de Kabul por parte de la Alianza del Norte podría llevar a todos los pashtuns de vuelta a las manos del Talibán, poniendo en contra de EU a decenas de millones de personas de cuya buena voluntad depende el éxito de la campaña estadounidense. De hecho, incluso la mera percepción de que EU tiene un contacto demasiado cercano con la Alianza del Norte podría tener ese efecto. Sólo si las fuerzas estadounidenses evitan tocar la balanza y se mantienen por arriba del alboroto afgano interno podrán EU y sus aliados esperar tener un papel decisivo en la resolución política final en ese país.

¿Significa esto que EU debería evitar el contacto con la Alianza del Norte? Para nada. La Alianza del Norte tiene un papel importante, junto con otros grupos de Afganistán. Más a favor de eso, es vital que cada uno de los grupos étnicos de los cuales la Alianza del Norte obtiene su fuerza sea suficientemente representado en cualquier gobierno afgano del futuro. Por fortuna, tanto el Secretario de Estado, Colin Powell, como el Secretario de la Defensa, Donald Rumsfeld, están concientes de estas realidades. El reto ahora es asegurarse de que sean principios generales los que sigan guiando las operaciones a nivel militar y diplomático, cosa que no será fácil.

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