LONDRES – Yemen de repente se sumó a Afganistán y a Pakistán como un riesgo para la seguridad global. De hecho, cada vez se lo ve más como un incipiente estado fallido y una potencial guarida para Al Qaeda.
El intento de hacer volar un avión con destino a Detroit el día de Navidad por parte de un nigeriano entrenado por Al Qaeda en Yemen pareció abrir los ojos de Occidente a los problemas del país. Tras ese atentado fallido, el presidente norteamericano, Barack Obama, y el primer ministro británico, Gordon Brown, promovieron en conjunto una conferencia en Londres para proponer soluciones para las crisis que antes se pasaron por alto en Yemen.
Pero si la conferencia se centra estrictamente en la presencia de Al Qaeda en Yemen, ocasionará más daños que beneficios. Más bien, la conferencia debe apuntar a resolver cuestiones más amplias de estabilidad política y social dentro de Yemen.
Al Qaeda no es el principal peligro para la seguridad y la estabilidad de Yemen, pero la geografía y los problemas políticos son bien propensos para sus actividades. Una característica particularmente atractiva es la prevalencia del severo dogma religioso wahabi, que se exportó a Yemen desde Arabia Saudita pero que hoy ofrece un terreno fértil para reclutar jóvenes yemeníes resentidos para perpetrar atentados en Arabia Saudita.
Los problemas centrales de Yemen son dos: la guerra civil en curso que el gobierno está librando contra la tribu houthi en el norte del país, y la represión de un movimiento secesionista en el sur. Es la incapacidad del gobierno yemení para encontrar una solución política a estos problemas lo que ha llevado a Yemen al borde de la fragmentación.
Hasta el momento, Obama y Brown parecen no entender plenamente que los problemas de Yemen van mucho más allá de la presencia de Al Qaeda en el país. En consecuencia, parecen estar actuando en beneficio del presidente yemení, Ali Abdullah Saleh. Saleh quiere usar la conferencia de Londres como un medio para obtener respaldo de Occidente, particularmente ayuda militar, para librar sus guerras contra los houthis y los secesionistas del sur.
Saleh normalmente ha utilizado el peligro de Al Qaeda para obtener respaldo financiero y de seguridad adicional tanto de Occidente como de Arabia Saudita. En su opinión, el intento de atentado el día de Navidad fue un regalo del cielo. El dilema de Saleh es que la ayuda occidental hoy puede venir acompañada de una mayor interferencia en los asuntos internos de Yemen en un momento en que quiere que el mundo haga la vista ciega a cómo condujo las guerras civiles del país.
Occidente y Saleh no tienen el mismo enemigo. Al Qaeda es el enemigo de Occidente, mientras que los verdaderos enemigos de Saleh son los houthis y los separatistas del sur. Pero si Occidente ha de cercenar las actividades de Al Qaeda en Yemen, necesitará lograr que Saleh llegue a un acuerdo tanto con los houthis como con los secesionistas del sur, y esto sin duda implicará compartir poder con ellos. Saleh sin duda se opondrá a una solución de esta naturaleza.
En diciembre pasado, Saleh llamó al diálogo nacional, pero según sus propios términos: los houthis y los líderes de sur serán excluidos de las discusiones a menos que respalden la constitución yemení que ha mantenido a Saleh en el poder durante décadas. Pero el enfoque de línea dura de Saleh está fracasando. Ya prácticamente más de la mitad del territorio de Yemen está fuera de control.
A Estados Unidos no debería sorprenderle ninguno de estos desenlaces porque la participación norteamericana en Yemen no es una novedad. Al Qaeda en Yemen ha estado en la mira desde que el USS Cole fue bombardeado mientras estaba en el puerto de Adén en 2000. En diciembre pasado, ataques con misiles por parte de aviones teledirigidos norteamericanos en Abein y Shabwa mataron a una cantidad de miembros de Al Qaeda, así como a civiles.
Combatir a Al Qaeda en Yemen a través de estos medios tal vez reduzca temporariamente el terrorismo, pero no acabará con él. El interrogante real es si Occidente se ocupará de las fallidas estrategias políticas y militares de Yemen, que son la causa madre de la presencia cada vez más propagada de Al Qaeda en el país. Sólo si la intervención occidental apunta a rescatar al estado yemení de sí mismo habrá posibilidades de contener a Al Qaeda.
Pero el estado yemení no es el único culpable. Los vecinos de Yemen también han tenido responsabilidad. Arabia Saudita exportó tanto su wahabismo como a Al Qaeda a Yemen al financiar miles de madrazas donde se enseñaba fanatismo. Es más, desde la Guerra del Golfo de 1991, Arabia Saudita y Kuwait han estado expulsando trabajadores yemeníes. Sólo el mes pasado, 54.000 trabajadores yemeníes fueron expulsados de Arabia Saudita.
Si bien Yemen es geográficamente parte de la Península Arábiga, quedó excluido del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), principalmente porque su tamaño –es el estado más poblado de la península- le habría dado una gran influencia. De hecho, la población yemení excede la población conjunta de los seis miembros del CCG.
Saleh recibió un fuerte apoyo del CCG en diciembre pasado por sus guerras internas, y Arabia Saudita ha estado en confrontación militar directa con los houthis –su ejército cruzó la frontera de Yemen-. Pero el hecho de que los miembros del CCG no abran sus economías –que siempre necesitan trabajadores extranjeros- a los jóvenes de Yemen es una política miope.
Estados Unidos y Gran Bretaña, ambos patrocinadores del CCG, deben alentar a sus miembros a incluir a Yemen si quieren solucionar sus problemas. Se sabe que los yemeníes son trabajadores calificados. De manera que, en lugar de exportar radicalismo religioso a Yemen, importar su mano de obra podría neutralizar los problemas de Yemen.
La próxima conferencia de Londres podría resultar o bien una trampa para Occidente o bien el inicio de un verdadero esfuerzo para lograr el tipo de reforma doméstica que pueda impedir que Yemen se convierta en otro Afganistán. Si Occidente compra el discurso de Saleh de una guerra contra Al Qaeda, caerá en la trampa de respaldarlo a él y a sus políticas fallidas. Pero si mira más allá del terrorismo y analiza las causas originales del problema, y presiona a Saleh para que empiece a compartir el poder, Yemen no tiene por qué convertirse en otro refugio seguro para los terroristas.


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