Hace cien años, el escritor austriaco Robert Musil dijo que "No hay nada más inconspicuo que un monumento". Contemplando las ruinas de otro imperio, el ruso, yo añadiría: No hay nada más conspicuo que un monumento ausente.
Los monumentos constituyen el cuerpo de una nación en exhibición. Al ver los monumentos sentimos cómo un Estado-nación reafirma su continuidad. Cuando las revoluciones interrumpen esa continuidad la violencia se torna contra los monumentos. Como el ejemplo de Saddam Hussein muestra otra vez, es más fácil derribar un monumento que juzgar a un dictador. Sin embargo, los periodos posrevolucionarios permiten más variedad. A veces se erigen nuevos monumentos. A veces los viejos monumentos regresan a los lugares que solían ocupar. A veces los monumentos están ausentes, como profesores en año sabático.
Mientras que las universidades alemanas ya no dan cabida a quienes niegan el holocausto, las universidades rusas emplean a varios profesores de historia que conspicuamente excluyen al Gulag en sus cátedras. Aunque los horrores de la Alemania nazi y la Rusia comunista crearon millones de víctimas, los recuerdos de esos acontecimientos son muy diferentes. El más notorio y a la vez el menos reconocido de todos los monumentos postsoviéticos al Gulag es el billete de 500 rublos, emitido a finales de los noventa y que en la actualidad circula ampliamente.
Este billete, en apariencia un homenaje a la orgullosa historia nacional, lleva un mensaje oculto. Muestra el monasterio Solovki, un complejo histórico en una isla del Mar Blanco, que también fue el primero y uno de los más importantes campos del Gulag. Los historiadores locales en Solovki creen que las cúpulas atípicas que aparecen en el billete sitúan la imagen a finales de los años veinte, el momento de mayor desarrollo del campo.
El diseño plantea varias preguntas delicadas. ¿Se trata de uno de esos monumentos erigidos no por artistas sino por críticos que generan significado no a través de la creación sino de la interpretación? ¿Acaso los funcionarios del Ministerio de Fianzas estaban siendo deliberadamente subversivos? ¿O la elección de la ilustración del billete es un síntoma de trauma psicológico, una manifestación inconsciente pero realista de duelo?
El duelo, para utilizar la fórmula de Freud, es continuo. Pero males simétricos no implican conmemoraciones simétricas. Hay abundantes monumentos conmemorativos en los lugares donde estuvieron los campos de concentración alemanes y constantemente se agregan más. En Rusia, sólo dos lugares donde hubo Gulag, Solovki y Perm, tienen pequeños museos que muestran las condiciones que imperaban en los campos, las técnicas de tortura y asesinato, documentos y retratos. En algunos casos, los monumentos se construyen no en los lugares donde ocurrieron las matanzas, como en Alemania, sino en los alrededores.
Este patrón no representa la erradicación del viejo régimen, sino su coexistencia con el nuevo. Y aún esos recuerdos aproximados distan de ser la norma en Rusia. No hay una sola placa que conmemore a las víctimas de la KGB cerca del lugar donde sufrieron. Tal monumento también está ostensiblemente ausente en las cercanías del Kremlin. El museo de la isla Solovki apenas ocupa unas cuantas habitaciones dentro del monasterio que actualmente funciona como tal. Aunque alrededor de un millón de personas fueron encarceladas ahí, sólo hay una desgarradora placa en un cobertizo que dice: "Barracas de los niños del Campo Solovki".
Algunos museos locales exhiben objetos fascinantes. Por ejemplo, en el museo de Kargopol hay un cántaro de barro que donaron los descendientes de un guardia que confiscó un envío para un prisionero: un cántaro de miel. Sin embargo, con esos objetos es imposible encontrar respuestas a las preguntas más obvias: ¿Cuántos prisioneros pasaron por ese campo? ¿Cuántos murieron ahí y cuándo? ¿Quiénes fueron los administradores, los guardias y los verdugos?
Cerca de Belomorkanal, una de las mayores construcciones del Gulag, se descubrió una gran fosa común en Sandarmokh. El lugar es un bosque de pinos cerca de una vieja carretera y se distingue por las pequeñas depresiones regulares del terreno que son típicas de esas fosas. La Sociedad Conmemorativa comparó meticulosamente sus descubrimientos arqueológicos con los "protocolos de tiro" que se conservan en los archivos de la KGB. En los protocolos jamás hay nombres, pero se asienta el número de muertos en una fecha específica, clasificados por género, por ejemplo, 20 hombres y siete mujeres. Al cotejar el número de osamentas y su género, se identificó a cada "protocolo de tiro" con una fosa en particular.
Aproximadamente 9,000 personas fueron asesinadas en Sandarmorkh entre 1937 y 1938. Hoy en día, un poste de madera señala cada fosa común. Diseñados como un símbolo local de duelo, estos postes, de techos muy angulados, recuerdan al observador una cruz campesina o una figura humana con las manos en posición de orar. Sandarmokh es el sitio conmemorativo ruso más importante y mejor desarrollado. Desgraciadamente, no lo conocen ni vecinos tan cercanos como los escandinavos.
Dos monumentos conmemorativos más conocidos, en Moscú y San Petersburgo, consisten en piedras de granito provenientes de Solovki. En San Petersburgo, la piedra tiene además inscripciones tales como "A las víctimas del comunismo". (Esta placa ha sufrido muchos ataques, el último fue una leyenda escrita con pintura de aceite roja: "Mataron a muy pocos").
Aquí el recuerdo se convierte en drama. Pero los recuerdos rusos también son objeto de la burla posmodernista al estilo occidental. Una moda reciente en San Petersburgo es dar a los restaurantes nombres como "El canto de apareamiento de Lenin", "URSS" y "Kitsch Ruso", el cual tiene frescos que muestran a campesinos socialistas conviviendo con indios americanos mientras Leonid Brezhnev, con un parecido a Frank Sinatra, pronuncia un discurso ante una tribu de la edad de piedra.
El comunismo pertenece a nuestra herencia común europea mucho más que el nazismo. Recordar a sus víctimas es una responsabilidad no sólo nacional sino europea. A medida que las generaciones transcurren, los monumentos evolucionan de ser un medio para el duelo hasta convertirse en instrumentos para la educación. El trabajo del recuerdo es difícil, caro y frágil. Los monumentos cambian de lugar. Las capitales cambian de nombre. Los billetes vencen. Se puede hacer burla de todo y todo puede cambiar su significado.
Incluso las momias se mueven. En 1961, se vio salir a la momia de Stalin del Mausoleo de la Plaza Roja. El cadáver de Lenin sigue ahí, pero se espera que también salga. Eso debería ser un acontecimiento europeo.


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