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Pagados para fracasar

CAMBRIDGE – En un informe que se acaba de presentar al tribunal de los Estados Unidos que está supervisando la quiebra de Lehman Brothers, un examinador nombrado por el tribunal describió cómo adoptaban los ejecutivos de Lehman decisiones deliberadas para aplicar una estrategia atrevida de inversión, correr riesgos mayores y aumentar en gran medida el apalancamiento. ¿Fueron dichas decisiones consecuencia de ensoberbecimiento y errores de juicio o producto de incentivos inadecuados?

Después de que Bear Stearns y Lehman Brothers se desplomaran y con ello comenzase una crisis a escala mundial, los informes de los medios de comunicación dieron en gran medida por sentado que el patrimonio de los ejecutivos de esas empresas se esfumó, junto con la de las empresas que tripularon hasta el desastre. Ese “relato oficial” indujo a los comentaristas a minimizar el papel de disposiciones inadecuadas sobre remuneraciones y la importancia de reformar las estructuras de salarios de los ejecutivos.

En nuestro estudio, “The Wages of Failure: Executive Compensation at Bear Sterns and Lehman Brothers 2000-2008” (“Los salarios del fracaso. Remuneraciones de los ejecutivos de Bear Stearns y Lehman Brothers en el período 2000-2008”), examinamos ese relato oficial y concluimos que es incorrecto.   Reconstruimos los movimientos de efectivo obtenidos por los cinco ejecutivos máximos de las empresas basándonos en datos procedentes de los archivos de la Comisión del Mercado de Valores. Descubrimos que, pese al desplome de las empresas en 2008 los saldos finales de dichos ejecutivos correspondientes al período 2000-2008 fueron positivos y cuantiosos.

Lo más importante es que los ejecutivos máximos de las empresas se deshicieron periódicamente de acciones y opciones, con lo que pudieron cobrar gran parte de sus títulos antes de que el precio de los valores de sus empresas se desplomaran. De hecho, los cinco ejecutivos máximos se deshicieron de más acciones durante los años anteriores al desplome de sus empresas que las que poseían cuando se produjo el desastre en 2008. En conjunto, durante el período 2000-2008 los equipos de ejecutivos máximos de Bear Stearns y Lehman cobraron unos 1.100 millones de dólares y 850 millones de dólares (de 2009), respectivamente.

Esas rentabilidades que correspondieron a los ejecutivos máximos aumentaron con las remuneraciones correspondientes a primas. Durante el período 2000-2007, la suma total de las remuneraciones correspondientes a primas de los ejecutivos máximos ascendieron a 300 millones de dólares (de 2009) en Bear Stearns y 150 millones de dólares en Lehman. Naturalmente, las ganancias que constituyeron la base para dichas primas se evaporaron en 2008, pero en las disposiciones relativas a los salarios de las empresas no figuraba disposición alguna relativa a “devoluciones” que hubiera permitido a las empresas recobrar las primas que ya se habían pagado.

Combinando las cifras correspondientes a las ventas de títulos y a las primas, descubrimos que, durante el período 2000-2008, los cinco ejecutivos máximos de Bear Stearns y Lehman se embolsaron unos 1.400 millones y 1.000 millones de dólares, respectivamente, es decir, unos 250 millones de dólares cada uno de ellos.   Esos beneficios fueron mucho mayores que el valor de los títulos que los ejecutivos poseían al comienzo de dicho período. Así, pues, mientras que los accionistas de antiguo de las empresas quedaron en gran medida desplumados, las remuneraciones basadas en los resultados brindaron resultados positivos a los ejecutivos.

La divergencia entre los resultados obtenidos por los ejecutivos máximos y los accionistas de sus empresas inspira una grave preocupación por que las atrevidas decisiones de riesgo adoptadas en Bear Stearns y Lehman –y otras entidades financieras con disposiciones similares sobre sueldos– pudieran haber sido consecuencia de incentivos inadecuados. El motivo de la preocupación no es el de que los ejecutivos máximos esperaran que las arriesgadas decisiones que adoptaron propiciasen con seguridad la quiebra de sus empresas, sino el de que las disposiciones sobre sueldos de los ejecutivos –en particular, su capacidad para reclamar grandes cantidades de remuneraciones basadas en resultados a corto plazo– los indujeran a aceptar niveles excesivos de riesgo.

Es importante que las entidades financieras –y las empresas en general– reformen las estructuras de remuneraciones para velar por que haya un mayor equilibrio entre los beneficios de los ejecutivos y los resultados a largo plazo. Los ejecutivos no deben poder embolsarse y conservar grandes cantidades de remuneraciones correspondientes a primas, aun cuando se inviertan más adelante los resultados en los que se basen dichas primas. Asimismo, los incentivos en forma de acciones deben ser objeto de limitaciones importantes encaminadas a prevenir que los ejecutivos concedan demasiada importancia al precio a corto plazo de las acciones de sus empresas.

Si esa clase de estructuras de remuneraciones hubieran existido en Bear Stearns y Lehman, sus ejecutivos máximos no habrían podido obtener tan grandes remuneraciones basadas en los resultados por la gestión de las empresas en los años que precedieron al colapso, con lo que se habrían reducido en gran medida los incentivos de los ejecutivos para correr riesgos.

De hecho, no se deben considerar las peticiones de una reforma amplia y sólida de las estructuras de sueldos meras reacciones ante la irritación populista. Semejante reforma podría contribuir en gran medida a mejorar los incentivos y prevenir el tipo de riesgos excesivos que las empresas fomentaron en los años que precedieron a la crisis financiera, con lo que aumentaría el valor de las empresas y el patrimonio de los accionistas. Las reformas que acaben con esos incentivos destructivos deben constituir unos importantes legado y enseñanza resultantes de los casos de Bear Stearns, Lehman Brothers y la crisis que contribuyeron a alimentar.

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