Friday, August 29, 2014
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Nuestra crisis posmoderna

BERLÍN – El fin de semana del 7 al 9 de mayo, la Unión Europea se asomó al abismo del fracaso histórico. Estaba en juego el destino del euro y, con él, el de la unificación europea como un todo.  Nunca antes desde la firma del Tratado de Roma en 1957 había estado Europa en un peligro político de tales proporciones. En la superficie, el orden del día era la estabilización financiera de Grecia y la moneda común europea, pero el título real del drama era "Salvar a los bancos, Parte II".

Si Grecia hubiera caído en el impago, se habrían visto amenazados no solamente Portugal, España y otras economías débiles de la eurozona, sino que Europa habría sufrido una corrida bancaria sobre sus valores. Eso, a su vez, habría detonado el colapso de los bancos y compañías de seguros supuestamente "demasiado grandes como para caer", no sólo en Europa sino en todo el mundo.

Cuando los estados miembros de la UE se reunieron en Bruselas para enfrentar la crisis griega, el mercado interbancario -que es clave para la liquidez de las instituciones financieras- se había comenzado a congelar, igual que después del colapso de Lehmann Brothers en septiembre de 2008. Una vez más, el sistema financiero mundial estuvo al borde del precipicio. Sólo tras unir fuerzas para ofrecer un paquete de 750 mil millones de euros pudieron los estados miembros de la eurozona y el FMI prevenir otra caída sistémica.

Sin embargo, ¿cuántos rescates financieros tolerarán los pueblos de las democracias occidentales antes de que la crisis del sistema financiero global se transforme en crisis de la democracia occidental? La respuesta es clara: no muchos más.

Para la mayor parte de los ciudadanos, la crisis no se ha manifestado todavía en Occidente de la manera atroz y desmesurada de 1929. Hasta ahora, parece una amenaza más bien vaga: la gente teme a la inflación, el estancamiento, el paro y la pérdida de activos y estatus. No piensan todavía que el mundo como los conocemos se acerca a su fin.

Es más, el estado de ánimo en Occidente fluctúa entre la aceptación de que esta crisis no se resolverá sin acomodos y cambios fundamentales, y la esperanza de que será posible hacerlo a la manera normal y cíclica de otras crisis (México, Asia, la burbuja de Internet, etc.) y que en un futuro no muy distante las cosas irán mejorando.

Esta respuesta incierta explica en parte la falta de voluntad de los gobiernos occidentales para sacar conclusiones tangibles del fracaso sistemático del sector financiero. También explica por qué los gobiernos dan la impresión de no saber cómo manejar el rumbo de sus sociedades por estas aguas tormentosas. Los gobernantes hablan de "riesgos sistémicos" y la necesidad de los rescates financieros, pero al mismo tiempo dejan que los responsables de dos fracasos consecutivos sigan manejando el mismo casino global que casi llevó al mundo  al colapso.

Hace sesenta años, una crisis global como la que hoy vivimos habría tenido el potencial de generar otra guerra mundial. Afortunadamente, esta ya no es una opción realista. La realidad de la bomba atómica previene una guerra a gran escala entre potencias mundiales; los gobiernos intervienen, tras un acuerdo global, con rescates financieros en gran escala; y las sociedades occidentales y potencias emergentes son mucho más ricas que las devastadas por la Primera Guerra Mundial. En 2007, los activos globales (lo que incluye acciones, deuda pública y privada, y depósitos bancarios) alcanzaban los 194 billones de dólares, o un 343% del PGB anual global.

Más aun, el fracaso del sistema financiero global ocurre en momentos en que el poder está pasando de Occidente a Oriente. Hoy, las esperanzas de la economía mundial residen en las potencias emergentes del este y el sur de Asia, encabezadas por China e India.

Por todas estas razones, la crisis global no será igual de devastadora que la Gran Depresión. En lugar de ello, nuestros apuros actuales tienen todas las características de una crisis "posmoderna". Sin embargo, debemos preguntarnos dónde y cómo se descargará la energía desatada por esta crisis, ya que no hay dudas de que lo hará de una forma u otra. Después de todo, la evidencia que existe hasta ahora sugiere que la crisis durará largo tiempo, con erupciones imprevistas como las recientes adversidades de Grecia y el euro, así como inflación, estancamiento y rebeliones populistas.

De hecho, hay buenas razones para creer que el movimiento del Tea Party en los Estados Unidos, vinculado como está con el desastre económico que siguió al colapso de Lehmann, es una de las maneras en que se canaliza la energía liberada por la crisis. Los acontecimientos de Grecia o Hungría permiten imaginar fácilmente estados europeos fallidos si la UE se llegara a desintegrar.

El hecho de que la actual crisis global sea posmoderna no la hace menos peligrosa. Las crisis posmodernas implican riesgos posmodernos que pueden tener como consecuencia la desintegración e implosión de vacíos de poder, no el peligro de las guerras clásicas. No obstante, si se considera el comportamiento de las autoridades de los países europeos, la pregunta urgente es clara: ¿tienen estos gobiernos alguna idea de lo que arriesgan mientras juegan a la ruleta con la historia?

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