ESTOCOLMO: Hace doscientos años, en su ensayo “La paz perpetua”, Emmanuel Kant imaginó una “unión de repúblicas liberales.” Sin embargo, en 1795 las repúblicas liberales eran ideas abstractas. No obstante, Kant previó nuestra realidad actual caracterizada por democracias liberales florecientes. Más aún, la idea de Kant sobre la paz perpetua parece menos descabellada porque ninguna democracia le ha declarado la guerra a otra. En efecto, esa “ausencia de la guerra entre las democracias” es probablemente lo más cerca que estaremos de una ley diplomática inmutable.
Los académicos han demostrado que eso es verdad. El profesor R.J. Rummel de la Universidad de Hawaii investigó 353 parejas de combatientes entre 1816 y 1991. En 155 casos, las democracias lucharon contra enemigos no democráticos, mientras que 198 fueron encuentros entre dictaduras. No encontró ningún ejemplo de democracias luchando contra democracias. Algunos pedantes afirman que hay excepciones. Sin embargo, si estudiamos los detalles, queda claro que el conflicto en cuestión o fue algún tipo de guerra civil, o involucró a un participante que no era una democracia real (Alemania en 1914), o bien se trató de algún enfrentamiento cuyas bajas fueron tan escasas que ni siquiera se le puede llamar guerra.
En esto no hay errores estadísticos o coincidencias afortunadas. En una democracia sería casi imposible obtener el apoyo popular suficiente para una confrontación militar con otra democracia. Los pueblos democráticos se conocen y se tienen confianza. Para los gobiernos democráticos lo natural es la negociación.
Los costos que la humanidad ha pagado esperando que la visión de Kant se aproximara a la realidad es tremendo y se han cobrado no sólo en los campos de batalla. Entre 1900 y 1987, alrededor de 170 millones de personas murieron por razones políticas que no tenían que ver con guerras. Los Estados totalitarios asesinaron a 138 millones de esos 170. Los países autoritarios mataron a 28 millones más. Las democracias dieron muerte a aproximadamente 2 millones de personas, principalmente a través del bombardeo intencional contra blancos civiles. Por más controvertidos que sean los ejemplos de los excesos de las democracias, no cambian el cuadro general.
La mayor parte de esas matanzas fueron provocadas por la fusión marxista-leninista entre la ideología absolutista y el poder absoluto. Parafraseando la sentencia de Lord Acton: el poder mata, y el poder absoluto mata absolutamente.
Mucha gente llegó a conclusiones distintas. Cuando el marxismo era fuerte y el liberalismo débil, escritores, políticos, partidos y periódicos decían con frecuencia: la democracia es de poca importancia para el Tercer Mundo. La libertad en esos países es un “formalismo”. Es mucho más urgente no tener hambre. Así, se nos advertía: el liberalismo no es una solución para los países en desarrollo.
“No hay que medir a otros con nuestros patrones”, escribió un destacado dramaturgo y novelista sueco mientras el régimen de Pol Pot exterminaba a la cuarta parte de la población de Camboya. Lo que quiso decir es que el asesinato masivo de camboyanos no es deplorable de la manera en que lo es el asesinato masivo de europeos. Esto es racismo a la inversa: se pretende respetar a otros pueblos cuando de hecho se les desprecia.
En efecto, aquéllos que en Occidente alababan a Mao, a Castro o a Honecker, rara vez deseaban importar sus atrocidades. Si intentamos introducir la menor limitación a la libre expresión en cualquier país occidental nos encontraremos con olas de protesta por parte de aquéllos que rara vez la defienden en las naciones del Tercer Mundo. La opresión sólo es aceptable cuando se aplica a otros.
Por supuesto, la hipocresía no es privativa del Occidente. Cuando los líderes de, digamos, Singapur, Malasia y China continental hablan sobre “valores asiáticos” para dar un toque de romanticismo a sus regímenes, atacan también a los valores de la democracia. Pero el ex-presidente de Taiwan, Lee Teng-hui, opina que estos argumentos son débiles coartadas para las políticas antidemocráticas. Según el señor Lee, cuando se trata de derechos humanos, no hay valores asiáticos especiales. La libertad es un valor universal.
A pesar de la caida del comunismo, los ataques en contra del liberalismo continuan. Amartya Sen, premio Nóbel de economía, demostró empíricamente que en un país con un gobierno democrático nunca ha ocurrido una hambruna –hambre generalizada que provoca muertes masivas. Durante la hambruna en Bengala en 1943, entre 2 y 3 millones de personas murieron de hambre. Eso sucedió bajo el dominio británico. Desde que India obtuvo su independencia en 1947 y cuenta con un sistema democrático multipartidista, el país nunca ha sufrido un desastre similar. Ha habido desnutrición, cosechas perdidas y escasez de alimentos, pero no ha habido hambrunas.
Compárese eso con el “Gran Salto hacia Adelante” de Mao de 1958-1961, cuando 30 millones de chinos murieron de hambre. Eso es diez veces el número de indios que murieron durante la gran hambruna en la India británica menos de veinte años antes.
Sen también estudió varios países africanos que tuvieron cosechas perdidas y escasez de alimentos. Los gobiernos que están bajo presiones democráticas suelen actuar con decisión y honestidad en esas ocasiones; la gente que vive bajo regímenes dictatoriales con frecuencia sufre hambrunas inducidas y manipuladas por el gobierno.
En aquéllos lugares con oposición política y prensa libre, los gobiernos no pueden olvidarse de miles de personas que se están muriendo de hambre. Cuando se acalla a la oposición y los medios masivos sólo transmiten la propaganda de los dictadores, se puede mantener en secreto o ignorar la muerte por hambruna de millones de personas.
Elie Wiesel, sobreviviente de Auschwitz y Buchenwald, y premio Nóbel de la paz, dijo: “Recordemos a los héroes de Varsovia, a los mártires de Treblinka, a los niños de Auschwitz. Ellos lucharon solos, sufrieron solos, vivieron solos, pero no murieron solos, porque algo en el interior de todos nosotros murió con ellos”. ¿Qué fue lo que murió con ellos? Esta es mi respuesta: la idea de que la crueldad humana tiene límites. Ahora sabemos que no los tiene. Con el conocimiento empírico de los beneficios en términos de paz y bienestar para el ser humano que la democracia genera, debemos reafirmar nuestro compromiso con, y la necesidad de, la difusión de la visión de Kant.


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