En las últimas elecciones de Malasia, los partidos de oposición obtuvieron sus mejores resultados desde que el país se independizó de Inglaterra en 1957, con lo que la mayoría parlamentaria de la coalición gobernante quedó por debajo de los dos tercios. El rumbo que tome en adelante la recientemente vigorizada democracia depende de un hombre, Anwar Ibrahim, el viceprimer ministro al que despidió y posteriormente encarceló el primer ministro Mahathir Mohamad.
Anwar puede hacer que la oposición sea por fin un contrapeso creíble a la coalición gobernante del Frente Nacional, pero sabe que así nunca será primer ministro. Después de todo, nadie espera que la oposición gane suficientes escaños para formar un gobierno en el futuro previsible. Puede permitir que el partido al que pertenecía, la Organización Nacional de Malayos Unidos (UMNO por sus siglas en inglés), el miembro más importante del Frente Nacional, lo convenza de volver a sus filas.
Muchos creen que la UMNO ha sostenido pláticas con Anwar anteriormente. Ahora, más que nunca, lo necesitan para restablecer su credibilidad. Y para ser primer ministro, Anwar necesita a la UMNO.
Presumiblemente, estar en la UMNO y en el gobierno le permitiría a Anwar implantar mejor las reformas que ha promovido con tanta pasión. Pero, antes de todo eso, Anwar necesita volver a ser electo al parlamento.
Debido a su encarcelamiento, Anwar no se pudo presentar a las últimas elecciones. En cambio, actuó como líder de facto de una alianza no oficial de las tres principales fuerzas de oposición –el Partido de Acción Democrática (PAD), el Partido de la Justicia y el partido islamista PAS. No obstante, las restricciones que pesan sobre Anwar vencen el próximo mes, y se espera que un diputado de su Partido de la Justicia –probablemente su esposa—se retire para permitirle participar en una elección extraordinaria.
Si Anwar uniera su liderazgo y carisma al nuevo peso de la oposición en la legislatura federal –82 diputados en comparación con los 20 que tuvo en la legislatura anterior—podrían esperarse alternativas de política serias a las del gobierno. Hasta ahora, la oposición ha actuado principalmente como irritante, y los electores veían los debates como una forma de entretenimiento, no como intercambios que enriquecieran la política.
Por la misma razón, las plataformas políticas nunca han sido importantes para la oposición en los comicios. Por ejemplo, es probable que muchos de quienes votaron el sábado por el PAD no conocieran ni les importara la postura de ese partido. Tradicionalmente, la gente votaba por el PAD o por el Partido de la Justicia para mostrar su molestia con el Frente Nacional. En efecto, si las ideas fueran importantes, a un partido de izquierda como el PAD le habría resultado difícil cooperar con el PAS, y sin embargo lo hicieron.
Todo esto cambia ahora que el Frente Nacional ya no tiene mayoría de dos tercios –lo que le había permitido enmendar la constitución 40 veces en 50 años. Ahora el parlamento tendrá que prestar atención a cualquier política seria que la oposición proponga. Pero una oposición seria necesitará un liderazgo serio.
También será necesario un liderazgo fuerte para proteger los intereses de los cinco estados en los que la oposición obtuvo el control por primera vez. Puesto que el gobierno federal desembolsa las asignaciones presupuestarias para los 13 estados de Malasia, podría estar tentado a presionar a los estados en manos de la oposición. Por lo tanto, necesitarán una defensa firme a nivel federal para garantizar que reciban lo que les corresponde.
Lo que hace que las pérdidas del Frente Nacional sean particularmente dramáticas es la derrota en las legislaturas estatales de Penang, Selangor, Perak y Kedah –estados grandes con bases industriales importantes. (Sin embargo, siempre se previó que el estado de Kelantan siguiera en manos del PAS.)
Los electores urbanos de clase media como los de Penang –un estado predominantemente chino con un fuerte sentimiento de oposición—siempre habían votado para mantener a la legislatura estatal bajo el Frente Nacional con el fin de asegurar que no se interrumpiera el financiamiento, pero enviaban candidatos de oposición al parlamento para “molestar” ahí al Frente Nacional. Este cálculo se abandonó, lo que refleja una profunda insatisfacción con la administración del primer ministro Abdullah Badawi y una impaciencia por el cambio.
Ahora Malasia está en una encrucijada. Durante cinco décadas su democracia no se ha basado en el contraste cotidiano de ideas –ya sea entre los partidos políticos o mediante la participación de las bases—que después se confirmen en las urnas. Todavía existe una nueva oportunidad para mejorar la gobernanza, pero sólo Anwar tienen la experiencia para proporcionar una dirección, ya que ningún otro miembro de la oposición ha trabajado en el gobierno a niveles tan altos como los que él ha alcanzado.
Dicho eso, también es probable que la UMNO, en su momento de crisis, trate de reclutar a Anwar. Presumiblemente, el mejor legado que Anwar podría dejarle a la larga a Malasia no sería lo que pueda lograr para la UMNO y el Frente Nacional, sino el papel que podría desempeñar para arraigar la lucha de ideas en la política del país –un proyecto que él mismo se ha mostrado dispuesto a promover.


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