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Lecciones de una isla dividida

CAMBRIDGE: A setecientas millas de la costa de Florida se encuentra uno de los lugares más pobres del mundo. La Española fue la primera parada de Cristóbal Colón en el Nuevo Mundo. Apenas a hora y media de vuelo al sur de Miami, podría esperarse que la isla fuera un paraíso tropical y lugar favorito para las empresas “offshore” de los Estados Unidos. Sin embargo, la realidad es más cruel.

En la Española cohabitan dos naciones. Haití, en el lado occidental, es el país más pobre en América. Al este, a la República Dominicana le va mejor, con un ingreso promedio equivalente a seis veces el de Haití. Sin embargo, también experimentó horrores políticos y económicos hasta la década pasada. Con el regreso al poder del Presidente Jean-Bertrand Aristide en febrero, el largo ciclo de pobreza y violencia de Haití podría terminar, pero sólo si ese país y los Estados Unidos entienden las lecciones de la terrible historia de La Española.

La pobreza de La Española tiene raíces coloniales. Los europeos colonizaron las islas del Caribe como plantaciones de azúcar, con un acarreo despiadado de millones de esclavos africanos que trabajaban y morían jóvenes en esas plantaciones. La Española sufrió lo peor de la deforestación, la erosión de los suelos y el colapso de la productividad agrícola, sobre todo del lado haitiano.

Cuando terminó la esclavitud, esa isla que alguna vez fue hermosa, apenas podía sostener a las poblaciones de ex-esclavos porque los suelos estaban agotados por la sobreexplotación y la erosión. El racismo en los Estados Unidos empeoró las cosas. Estados Unidos se negó a reconocer a Haití como país independiente hasta mediados del siglo XIX, casi seis décadas después de que las rebeliones de esclavos haitianos lograron acabar con el dominio colonial francés.

Países como Haití y la República Dominicana se encontraron a la deriva, habitados por poblaciones sin educación que apenas sobrevivían con base en la agricultura de subsistencia. Sus necesidades de largo plazo requerían de inversiones enormes en salud y educación, así como un cambio hacia nuevas actividades económicas. En el siglo XX, las actividades lucrativas en el Caribe incluían el turismo, los bancos “offshore”, la manufactura intensiva en mano de obra, sobre todo de vestido y textiles, y la electrónica. Sin embargo, las dictaduras haitianas y dominicanas que gobernaron durante la mayor parte del siglo pasado fueron incapaces de atraer a esas empresas.

La República Dominicana, a pessar de la violencia, la dictadura e invasiones periódicas por parte de los Estados Unidos, recientemente emprendió un camino de dos vías hacia el desarrollo: expansión de los servicios de educación y salud y un viraje hacia actividades lucrativas de manufactura y servicios. Como resultado, la República Dominicana se convirtió en una de las economías de crecimiento más rápido en la década de 1990, con inversiones enormes en turismo y manufacturas intensivas en mano de obra.

Sin embargo, en Haití la miseria creció. Los Estados Unidos dieron su apoyo a una serie de dictadores salvajes que no tenían ningún interés en el desarrollo económico. Cuando la dictadura de Duvalier cayó, los Estados Unidos comenzaron a promover la democratización a mediados de la década de 1980, pero la violencia estalló y los Estados Unidos impusieron diversas sanciones económicas. Esto ahuyentó a las pequeñas inversiones extranjeras que habían llegado a Haití.

Jean Bertrand Aristide, uno de los líderes de los pobres de Haití, gano las elecciones presidenciales en 1990, pero un golpe militar lo derrocó en 1991. Tres años después, Aristide regresó al poder mediante el apoyo de Estados Unidos, pero ese país sólo le permitió permanecer menos de dos años, con el argumento de que su elección en 1991 contemplaba un periodo que debía terminar en 1996. Después de una pausa de cinco años, Aristide ha ganado su reelección como Presidente.

La situación en Haití está llena de peligros. Los pocos haitianos ricos no confían en Aristide. A su vez, Aristide desconfía de ellos porque apoyaron a los golpistas que lo derrocaron y por su tradicional intransigencia frente a las reformas. Los líderes políticos de Estados Unidos también están divididos. A pesar de la indudable popularidad de Aristide, muchos de los conservadores estadounidenses lo ven con suspicacia.

Los siglos de violencia y pobreza podrían por fin ceder su lugar al progreso social y económico si los actores clave hacen a un lado sus luchas amargas. El Presidente Aristide sabe que su lucha no es contra la pequeña comunidad de ricos haitianos, sino contra la pobreza masiva. Esta lucha requiere de inversiones grandes para crear empleos, así como de ayuda financiera de los Estados Unidos y de la ONU para combatir las enfermedades, el analfabetismo y los males ambientales. Aristide debe apoyar esta estrategia doble de inversión empresarial y humana en salud y educación, y así lo hará.

La élite haitiana no debe de considerar a Aristide como su enemigo. La popularidad de Aristide no es una amenaza para su riqueza, sino una oportunidad para realizar reformas que produzcan desarrollo económico de largo plazo. Los Estados Unidos deben entender que Haití no puede superar su intensa pobreza por sus propios medios. Necesita con urgencia apoyo financiero para llevar a los niños a las escuelas y para reducir enfermedades como la tuberculosis y el SIDA que inhabilitan o matan a mucha gente en la actualidad. Siendo el primer líder popular de Haití en muchas décadas, o tal vez en su historia, el Presidente Aristide constituye la mejor oportunidad para abordar esos males en forma pacífica, eficaz y democrática.

Haití es un caso extremo de cómo el ciclo de pobreza, enfermedades y violencia se reproduce durante generaciones. El camino hacia el desarrollo económico no es difícil de hallar, pero para poder transitarlo, los países pobres generalmente necesitan de la buena voluntad y el apoyo de sus vecinos poderosos, y con frecuencia también necesitan suerte. La suerte que hoy tiene Haití es su líder electo libremente por voto popular. Cuando los países que han tenido historias terribles logran tener una suerte mínima, los ricos y poderosos deben de aprovechar la oportunidad para ayudarles en su desarrollo.

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