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Un momento de juicio y suplicio para el Líbano

ESTAMBUL – Cuando el Líbano se prepara para el posible procesamiento de los miembros de Hezbolá participantes en el asesinato del ex Primer Ministro Rafik Hariri, la economía del país se tambalea. El informe de la misión del Fondo Monetario Internacional de marzo de 2009, tras señalar los 30 años de tumulto político crónico de ese país, concluyó que “el Líbano seguirá siendo vulnerable a las sacudidas durante muchos años” por venir. Si bien acogía con beneplácito el plan de acción anticrisis formulado por el Gobierno en aquel momento, el Fondo no se hacía ilusiones sobre que fuera a estar a la altura de la tarea.

Sin embargo, en un momento posterior de ese mismo año el gobierno de Saad Hariri, hijo de Rafik Hariri, infundió una nueva esperanza, lo que movió al FMI a declarar que había “brindado una nueva oportunidad para vigorizar las reformas económicas”, pero el éxito de las reformas previstas depende en gran medida de la cooperación entre los principales grupos políticos del Líbano –suníes y chiíes–, cosa que hasta ahora no ha abundado precisamente.

De hecho, la influencia de potencias exteriores sigue siendo una parte fundamental de la ecuación. La reunión celebrada el pasado mes de julio en Beirut entre el Presidente de Siria, al-Asad, y el rey Abdulá de Arabia Saudí fue considerada una señal de aproximación entre dos antagonistas suníes, pero uno de sus fines era el de obtener el apoyo de Hezbolá, apoyado por Siria, a un programa de recuperación del estilo del FMI. Sigue sin estar claro si se consiguió o no dicho fin.

Entretanto, los principales indicadores del Líbano muestran mejoras constantes: el PNB aumentó de 21.000 millones de dólares, en 2004, a 32.000 millones de dólares, en 2009, la inflación sigue controlada, el comercio exterior está equilibrado y la tasa de desempleo es tolerable. Además, la libra libanesa está vinculada al dólar de los EE.UU. Según el FMI, “la crisis no afectó directamente a la economía libanesa, los bancos son sólidos y están recibiendo fondos”.

Pero, aunque el Banco Mundial clasifica al Líbano como país de “renta media alta”, con un PNB por habitante de 10.800 dólares, el 28 por ciento de la población vive por debajo del nivel de la pobreza. Como muchos de los más pobres del Líbano son chiíes, constituyen un terreno fértil para los reclutadores de Hezbolá.

Sigue habiendo otras sombras económicas, con posibles consecuencias políticas graves. El FMI pronostica que el gobierno de Hariri debería poder aprovechar los mercados de capitales paras sufragar sus necesidades financieras en 2010, pero el presupuesto actual depende de la ayuda exterior para cubrir un déficit de 3.000 millones de dólares (el 10 por ciento del PNB).  La cuestión no es tanto de dónde llegarán los fondos cuanto la cantidad misma. La tasa de crecimiento del Líbano, que ha ascendido al 3,7 por ciento, por término medio, en los diez últimos años, ha sido, según el Fondo, “inferior y más inestable que la media de la región de Oriente Medio y África del Norte”.

En esas condiciones, es difícil ver cómo podría el país compensar el perjuicio causado por las diversas guerras del período 1975-2006, que han causado unos 35.000 millones de dólares de pérdidas. La “asistencia de emergencia posterior al conflicto” (menos de 100 millones de dólares) prestada por el FMI después de los combates con Israel en 2006 fue muy inferior a la cantidad necesaria para la reconstrucción. El Gobierno del Líbano ha estado jactándose de la ayuda recibida de los Estados Unidos, pero esa asistencia –armamento y un programa quinquenal de formación militar– no aborda los problemas económicos fundamentales del país.

Además, aunque el Banco Mundial aceptó el programa de reconstrucción del país, llamado “Horizonte 2000”, el dinero para su ejecución, procedente del Banco Europeo de Inversiones y de fondos árabes, ha llegado con cuentagotas. Para obtener una asistencia suplementaria, el Líbano necesita urgentemente fortalecer sus vínculos con los EE.UU., además de los que ha ido estrechando en el marco de la Cooperación Mediterránea de la UE.

El Primer Ministro de Turquía, Recep Tayyip Erdoğan, como parte de su reciente ofensiva para llegar a ser el dirigente de facto del mundo suní y de su política encaminada a “no tener problemas con los vecinos”, ha suprimido la necesidad de obtener visados para los libaneses que viajen a Turquía, pero eso no ha impedido una reducción del comercio turco-libanés en el ultimo año. Peor aún: pese a unas negociaciones que se han prolongado durante siete años, no se ha concluido un acuerdo bilateral de libre comercio.

No por ello dejó Turquía de organizar, el 10 de julio de 2010, el Tercer Foro Turco-Árabe con Siria, Jordania y el Líbano. Después de mucha retórica “naserita” de estilo antiguo, decidieron crear el Consejo de la Asociación Económica y Comercial de Vecinos Inmediatos. Mientras que el objetivo de Turquía es una zona de libre comercio y la integración económica entre los cuatro países, el Líbano se ha mostrado mucho más cauteloso. El sitio web de su Ministerio de Economía y Comercio ni siquiera cita semejante plan (pero sí la Oficina Central de Boicoteo Anti-Israel de la Liga Árabe).

Los cuatro países celebrarán su próxima reunión en Damasco en el próximo diciembre para decidir otras medidas, pero los tres Estados árabes ya son miembros de la Gran Zona Árabe de Libre Comercio (GAFTA), que normalmente impide la participación en otra zona de libre comercio. Además, en 2009 los libaneses asignaron prioridad a la adhesión a la Organización Mundial del Comercio y el nuevo acuerdo de libre comercio propuesto puede que no contribuya a la consecución de ese objetivo. Por su parte, Turquía se encuentra en una situación similar con su candidatura a la UE.

Parece seguro que el gobierno de Hariri mantendrá su mayoría de 71 escaños en el Parlamento del Líbano, compuesto de 128 escaños, a lo que habrá contribuido el crecimiento económico del 8 por ciento proyectado para este año, pero siempre existe el riesgo de que las recomendaciones del FMI en pro de una mayor fiscalidad –un aumento del IVA y unos mayores aranceles correspondientes a la energía–, junto con las recurrentes exigencias de Hezbolá, provoquen un terremoto político, que podría ser monumental, según reaccione Hezbolá a un procesamiento por el asesinato de Hariri.

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