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La prueba de la política monetaria de América Latina

SANTIAGO – En asuntos sexuales, los ciudadanos de la América Latina católica  con frecuencia predican una cosa y practican otra muy diferente. En asuntos de política monetaria, también los bancos centrales latinoamericanos incumplen con frecuencia lo que proclaman.

En teoría, las autoridades monetarias del Brasil, Chile, Colombia, México, el Perú y el Uruguay adhieren a la ortodoxia moderna de metas de inflación, según la cual la estabilidad de los precios es el objetivo principal (y tal vez el único) de la política monetaria, la tasa de interés a corto plazo debe ser el único instrumento para alcanzar la meta de inflación y el tipo de cambio debe flotar libremente.

Pero la práctica de los seis bancos centrales guarda sólo un ligero parecido con dicha ortodoxia. Para empezar –y no es de extrañar en el caso de economías exportadoras–, el tipo de cambio real es también una meta (implícita) para la política monetaria. A consecuencia de ello, las intervenciones en los mercados de divisas han sido generalizadas, incluso en países como Chile y México que prometieron  solemnemente dejar flotar sus divisas. Otras naciones –y, muy en particular, Brasil– han recurrido también  impuestos a los flujos internacionales de capital y a otros tipos de controles para influir en el valor de la divisa.

Esas no son las incas desviaciones respecto de la ortodoxia de las metas de inflación. Colombia, Perú, Brasil y otros países de la región han utilizado también diversos instrumentos monetarios no convencionales –en particular, cambios en los encajes bancarios para instrumentos de diversos plazos y monedas– para controlar la liquidez y el crédito.

La política monetaria no convencional se ha vuelto mas popular que nunca durante la crisis. Al fin y al cabo, si el Presidente de la Reserva Federal de los Estados Unidos, Ben Bernanke, supuestamente ortodoxo, tiró la ortodoxia por la ventana y con razón, ¿por qué no habían de hacer lo mismo los banqueros centrales latinoamericanos? Pero allí no terminó la cosa. Desde entonces, las políticas no convencionales han pasado a formar parte de su arsenal de instrumentos en épocas más normales. Brasil, por ejemplo, ha reducido los requisitos en materia de reservas y capital de los bancos para estimular la economía después de la desaceleración de 2011.

Lo que surge hoy no es un paradigma alternativo, sino una versión ampliada y más flexible de la política de fijar metas de inflación. Y, si hemos de juzgar por los resultados de esas seis economías latinoamericanas desde la crisis del 2008-2009, los resultados de este nuevo enfoque han sido alentadores. En el pasado, siempre que la economía de los Estados Unidos estornudaba, las economías de América Latina contraían una neumonía. Esta vez, los EE.UU. han caído (y siguen) muy enfermos y, sin embargo, América Latina apenas estornuda. Tras recesiones suaves y relativamente breves en 2009, las economías de la región se recuperaron con fuerza en 2010.

Gran parte del mérito corresponde al nuevo marco de políticas monetarias, que permitió a los bancos centrales crear liquidez interna rápidamente después de que súbitamente se agotara el financiamiento  internacional.  Un marco fiscal muy mejorado también contribuyó al buen desempeño  –en países como Chile y el Brasil, la política fiscal pudo darse el lujo de actuar de modo anticíclico– y también ayudó la rápida recuperación de los precios de los productos básicos en 2010.

En otras dimensiones, los resultados son mas ambiguos. No es evidente que las  intervenciones en el mercado de divisas hayan tenido un gran impacto en  los tipos de cambio latinoamericanos. Pero, gracias a esas políticas, todos los países del grupo comienzan el 2012 con mayores reservas internacionales y deudas externas con vencimientos más largos de lo que de otro modo habrían tenido.

Ésa es una buena noticia en el momento oportuno, porque 2012 será un año de prueba para los bancos centrales de toda América Latina. El inminente desplome en Europa, la caída en la tolerancia al riesgo y la desaceleración del comercio mundial están teniendo ya consecuencias en las economías de la región. Las exportaciones se han debilitado, el crédito interno se está desacelerando y los precios de los activos muestran una preocupante inestabilidad.

La reacción de las autoridades monetarias ha sido la de indicar que no sólo reducirán las tasas de interés, sino que además recurrirán a una panoplia de medidas no convencionales para sostener el crecimiento. Eso sugiere que los banqueros centrales están empezando a predicar lo que practican. Quién sabe, tal vez los ciudadanos sigan su ejemplo.

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