El mundo se ha sentido horrorizado por las gráficas imágenes de la más reciente campaña de represión de la junta militar de Myanmar, pero las balas y palos desencadenados contra los monjes budistas han dado resultado. Los monjes se han retirado y una normalidad espeluznante ha vuelto a Yangon (Rangún), ciudad principal y antigua capital de Myanmar.
Esa represión sigue al amparo de la obscuridad. Cuando el sol se pone en Myanmar, se alza el miedo. Todo el mundo escucha a medias despierto en espera de la temida llamada a la puerta. Cualquier noche, los agentes del ejército pueden venir a buscarte, llevársete y asegurarse de que nunca más se sepa de ti.
En noches recientes, los sicarios de la junta han irrumpido en monasterios, han puesto en fila a los adormilados monjes, han estrellado sus afeitadas cabezas contra las paredes y las han salpicado con sangre. Se han llevado a otros, a decenas, tal vez a centenares, por la fuerza para interrogarlos, torturarlos o ejecutarlos. El asalto nocturno a un empleado de las Naciones Unidas y su familia fue una noticia internacional, pero centenares de birmanos no tan bien relacionados han sufrido malos tratos semejantes.
Durante 45 años, el pueblo de Myanmar ha estado sujeto al reino del terror de la junta. Mi padre nació en Rangún mucho antes del golpe de 1962 que llevó al régimen actual al poder. Después, cuando el caos invadió la ciudad, posteriormente rebautizada Yangon, muchos de mis parientes, prósperos comerciantes indios establecidos durante generaciones en Myanmar, abandonaron sus hogares y negocios para salvar la vida.
Un pariente que ahora vive en Bangkok, pero que regresó por un tiempo a Yangon en respuesta a las incitaciones de los gobernantes, necesitados de fondos, de Myanmar, recordó así aquellos días: "Vivíamos en un infierno. Al despertar por la mañana, nunca sabíamos qué ocurriría. Se denunciaba a personas a diestro y siniestro. Podían llegar, llevársete y quitártelo todo". Los que no pudieron o no quisieron abandonar Myanmar han vivido con ese miedo desde entonces.
Los Estados Unidos y Europa han hecho declaraciones firmes de condena de la represión y han pedido a los vecinos de Myanmar, en particular la India y China, que ejerzan su influencia sobre el régimen. La respuesta de los dos países ha sido el silencio (como también la de Tailandia, que también tiene fuertes vínculos económicos con Myanmar).
China se muestra reacia a inmiscuirse en los "asuntos internos" de un vecino del que obtiene el preciado gas natural y un posible acceso al mar. La India, que "normalizó" las relaciones bilaterales hace unos años, se muestra reacia a distanciarse del ejército de Myanmar, con el que ha colaborado estrechamente para contraatacar a los rebeldes de la India nordoriental, que han estado valiéndose de la frontera común como ventaja táctica. Para ello, la India ha prestado ayuda, incluidos tanques y capacitación, al ejército de Myanmar.
Pero la razón principal de las buenas relaciones de la India con los matones gobernantes de Myanmar es las reservas energéticas, inmensas y aún inexplotadas en gran medida, del país, que la India necesita acuciantemente para propulsar su auge económico. La India ha invertido 150 millones de dólares en un acuerdo para la exploración de gas en la costa de Arakan de Myanmar y la Oil and Natural Gas Corporation y la Gas Authority of India Ltd., de propiedad estatal, han tomado una participación del 30 por ciento en dos yacimientos marinos de gas, en competencia directa con PetroChina, que también ha recibido una participación.
La India y China están haciendo, sencillamente, lo que los Estados Unidos y los países europeos han hecho durante tanto tiempo: soslayar su retórica sobre la democracia y los derechos humanos con políticas que están al servicio de sus intereses estratégicos y de seguridad energética. Las relaciones de los Estados Unidos con el Pakistán y Arabia Saudí constituyen dos ejemplos de ello y la americana Chevron y la francesa Total, dos de los gigantes petroleros del mundo, siguen haciendo provechosos negocios en Myanmar, gracias a los resquicios de las sanciones.
Pero el ascenso de la India y China significa que la consabida postura de las democracias occidentales para con los Estados en ascenso de "haz lo que digo, no lo que hago" va a resultar menos sostenible. Si la UE y los EE.UU. quieren que la India democrática actúe conforme a sus valores morales declarados y no a sus intereses nacionales vitales, cuando entran en conflicto, deberían prepararse para hacer lo mismo.
Al notar la presión, incluidas amenazas de algunos senadores de los EE.UU. de vincular el acuerdo nuclear de los Estados Unidos y la India con sus acciones en Myanmar, la India ha anunciado que va a pedir la liberación de la dirigente de la oposición democrática birmana y premio Nobel de la Paz Aung San Suu Kyi de su detención domiciliaria, pero el crédito de todos los regímenes democráticos, y no sólo el de la India, está en juego en lo que está sucediendo en Myanmar.


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