RAMALLAH – La decisión del Primer Ministro israelí, Benjamín Netanyahu, de aprobar la construcción de nuevos asentamientos judíos en vísperas de una posible suspensión de esas actividades es la última ronda de un ciclo que se ha repetido tantas veces en los últimos 40 años que parecería algo rutinario si no fuera tan peligroso.
El ciclo funciona más o menos así: aumenta la presión estadounidense o internacional sobre Israel para que suspenda la construcción de asentamientos en los territorios ocupados. Entonces, los colonos israelíes y quienes los apoyan dedican incluso más energías a expandirse en tierras palestinas, a construir más asentamientos exclusivamente judíos y a destruir más hogares árabes antes de que la supuesta “suspensión” entre en vigor.
Cuando esto sucede, no es de sorprender que el proceso de paz deje de tener seriedad. A la larga, la presión disminuye y la suspensión no se materializa. Lo que queda son más asentamientos judíos. En efecto, la gran paradoja de este ciclo es que se construyen más asentamientos en épocas de negociación que en momentos de conflicto.
Los orígenes de este patrón pueden encontrarse en 1967. Los israelíes entienden que en política la única realidad es la que se da en el terreno. Mientras los soldados israelíes controlen los territorios ocupados, la idea de una suspensión de los asentamientos no se arraigará. De hecho, la exigencia de suspender los asentamientos no es más que un llamado a las armas para que un amplio grupo de israelíes y sus seguidores construyan en tierras palestinas robadas.
Cuando el Presidente egipcio Anwar Sadat estaba preparando su histórica visita a Jerusalén, un grupo de colonos crearon el asentamiento Elon Moreh cerca de Nablus, la ciudad más poblada de Cisjordania. Cuando el ex Secretario de Estado de los Estados Unidos, James Baker, inició su la diplomacia itinerante por la paz, sus esfuerzos, infructuosos a la larga, dieron como resultado la construcción de más asentamientos, e incluso uno se empezó a edificar algunas horas antes del momento previsto para que llegara a sostener las pláticas.
Baker pospuso su visita y más tarde descargó su frustración ante el Comité de Asignaciones del Senado de Estados Unidos. Le molestaba que cada vez que iba al Medio Oriente “lo recibieran” con “otro asentamiento". Los esfuerzos de Baker condujeron con el tiempo a la conferencia de paz de Madrid en 1991, pero eso tampoco logró resolver el conflicto. Y si bien unos años después los palestinos y los israelíes llegaron a un acuerdo secreto que se anunció públicamente en una ceremonia en la Casa Blanca, la construcción de asentamientos judíos no se interrumpió. De hecho, desde los Acuerdos de Oslo de 1993, el número de colonos judíos en los territorios ocupados se ha duplicado.
La creación de nuevos asentamientos frecuentemente ha estado acompañada de una cobertura hostil en los medios –incluso en Israel—y de la condena internacional, pero la locomotora de los asentamientos no se ha detenido. Siguió avanzando a paso acelerado incluso durante los días en que el gobierno Israelí rotaba entre el Likud de Yitzhak Shamir y los laboristas de Shimon Peres entre 1984 y 1990.
El gobierno de Shamir perdía en las urnas y el entrante gobierno laborista declaraba una suspensión de la construcción de asentamientos, incluso de aquéllos donde las obras ya habían comenzado. Pero a pesar de los decretos, se hallaban formas de seguir construyendo, de absorber más residentes y de aumentar el número de colonos.
Para los Estados Unidos, los asentamientos han resultado ser una traba que obstaculiza por igual la diplomacia republicana y la demócrata. La administración Clinton trató de frenar los esfuerzos del entonces Primer Ministro Netanyahu para construir un nuevo asentamiento cerca de Belén. Tras una corta interrupción, las obras continuaron. La administración Bush-Cheney, la más pro-israelí que se recuerde, tampoco tuvo mejores resultados. Hoy, Har Homa, que se construyó en Jabal Abu Ghnaim con el objetivo de aislar a Belén de Jerusalén, alberga a 19,000 colonos.
El ciclo se ha hecho tan extraño y confuso que los palestinos no saben si desear que la tensión con Israel continúe (lo que generalmente significa que no se construyen nuevos asentamientos) o que prosigan las negociaciones (que generalmente sirven para ocultar la construcción de asentamientos). El 5 de enero de 2007, fecha en que el Primer Ministro Ehud Olmert se reunió con la Secretaria de Estado de los Estados Unidos, Condoleezza Rice, para hablar sobre una nueva ronda de conversaciones, el Ministerio de Construcción y Vivienda de Israel convocó a un concurso para la construcción de más unidades en Ma’ale Adumim, un asentamiento exclusivamente judío en la Cisjordania ocupada.
Por supuesto, cada vez que los israelíes desafían al mundo con la cuestión de los asentamientos, como ahora está volviendo a ocurrir, los funcionarios de los Estados Unidos y otros países “condenan” y “lamentan” la decisión. Pero a final de cuentas, a pesar de esas escasas declaraciones y tal vez incluso de una resolución de oposición de la ONU, el patrón establecido durante los últimos 40 años es claro: la decisión se mantiene.
Jeff Aronson, investigador de la Fundación para la Paz en Medio Oriente, con sede en Washington, llega a la conclusión de que los líderes israelíes seguirán siendo capaces de engañara a sus contrapartes estadounidenses en esta cuestión. Algunos líderes israelíes de derecha como Menachem Begin, Shamir y Netanyahu pregonan sus logros en la materia. Otros, incluyendo a Yitzhak Rabin, Ehud Barak y Ehud Olmert “hablaban hacia la izquierda y construían hacia la derecha”.
Los palestinos se enfrentan a una paradoja: si insisten en que se suspenda la construcción de asentamientos, Israel se anticipa y comienza a construirlos. A menos que Israel pague un precio alto por sus actividades ilegales en los territorios ocupados, es difícil imaginar que pueda tomar forma un proceso de paz exitoso.


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