TOULOUSE -. Si la Historia castiga a quienes no aprenden de ella, la historia financiera impone su castigo con un giro sádico: también castiga a quienes aprenden de ella demasiado entusiásticamente. Una y otra vez, las crisis financieras han reflejado las deficiencias de los sistemas reglamentadores basados en las enseñanzas aprendidas de crisis anteriores. La crisis actual no es una excepción ni lo será la próxima.
El sistema de reglamentación financiera de la posguerra se basó en tres supuestas enseñanzas de la del decenio de 1930. En primer lugar, pensamos que la razón principal por la que los bancos quiebran es la de que los depositantes son presa del pánico, no que la razón principal por la que los depositantes son presa del pánico es la de que los bancos están en peligro de quebrar.
Como la creencia de que escapar corriendo de los leones los provoca para que devoren a quien lo hace, existe algo de verdad en la de que los bancos quiebran porque los depositantes son presa del pánico, pero es poca y el depositante medio no asegurado, como el turista medio en una “reserva de animales”, no debería confiar en ella. De hecho, muchos pánicos se deben a una razón válida. Incluso en el decenio de 1930, la mayoría de los bancos quebraron a consecuencia de una mala gestión y de actividades ilegales, cosa que también es cierta hoy día.
En segundo lugar, pensamos que los depositantes propensos al pánico serían siempre pequeños depositantes –familias y empresas pequeñas– en lugar de grandes empresas o inversores profesionales. Ahora sabemos que no es cierto, pero nunca hubo razón válida alguna para creerlo.
Si grandes empresas (y otros bancos) tienen depósitos que esperan poder reclamar con un aviso a corto plazo y si saben que no se pueden retirar todos esos depósitos al mismo tiempo, la sospecha de que un banco pudiera quebrar les da la misma razón para apresurarse a salir que la de las familias. Si por lo general las quiebras de bancos reflejan problemas reales subyacentes, es de esperar que los inversores profesionales sensibles reaccionen rápidamente cuando se huela el pánico en el aire.
Los préstamos entre bancos, así como los depósitos hechos por grandes empresas, aumentaron espectacularmente en los años inmediatamente anteriores a la crisis, cosa particularmente cierta en el caso de los mercados de pactos de recompra, que prestan los servicios equivalentes a inversores profesionales –bancos y grandes empresas– que los depósitos bancarios normales prestan a las personas individuales y a las empresas pequeñas.
Hasta que se adoptaron las reformas financieras posteriores a la crisis, ese sistema bancario “en la sombra” funcionaba fuera del régimen reglamentador que se aplicaba a los bancos tradicionales que recibían depósitos. De hecho, la banca en la sombra no habría crecido tan rápidamente, si no se hubiera ideado dicho régimen teniendo presentes las enseñanzas aparentes del decenio de 1930, pero la quiebra del sistema en la sombra después del desplome de Lehman Brothers no dejó de ser una retirada en masa de depósitos porque participaran en ella inversores profesionales. En ese caso, a diferencia del decenio de 1930, los bancos dejaron de confiar unos en otros antes de que los demás comprendiésemos que era hora de dejar de confiar en los bancos.
La tercera falsa enseñanza es la de que, con sólo que pudiéramos mantener la confianza en el sistema financiero (y, por extensión, en el sistema económico, en sentido más amplio), se podría confiar en que el propio sistema sobreviviera y prosperase, lo que propiciaba una alarma real entre las autoridades siempre que aparecía una amenaza a la confianza (como cuando la burbuja de las punto-com estalló al final del decenio de 1990). La burbuja de las punto-com no fue una amenaza al sistema bancario en sí, sino una amenaza a la demanda agregada, pero pocas personas se atrevieron a formular las preguntas difíciles cuando se volvió a recuperar la confianza, como cuando se infló una burbuja inmobiliaria sobre los escombros de los valores tecnológicos desplomados.
La idea de que algo que inspira confianza pudiera crear peligro para el sistema bancario era demasiado extraña para ser creída. La enseñanza de que las medidas encaminadas a crear confianza impidieron un desastre económico en 2000 fue precisamente la que el sistema financiero no necesitaba aprender.
¿Por qué nos dejamos embaucar todos por la idea de que podíamos hacernos colectivamente más ricos vendiéndonos unos a otros valores y casas con precios excesivos? Fuimos colectivamente irracionales, pero eso no es una explicación. Necesitamos saber por qué algunas formas de irracionalidad colectiva hacen presa de nosotros con mayor fuerza que otras.
Una clave fascinante procede de la investigación de la neurociencia, que explica por qué es imposible hacerse cosquillas a uno mismo. Parece ser que las cosquillas son causadas por sensaciones inesperadas en ciertas zonas de la piel. Como el cerebro de la persona que intenta hacerse cosquillas prevé las sensaciones que causarán sus dedos, proceso que corresponde al cerebro, la sensación deja de cosquillear.
Sin embargo, podemos lograr hacernos cosquillas mediante un intermediario: una máquina, por ejemplo, que plasma los movimientos de nuestros dedos en sensaciones en la piel mediante un método lo suficientemente indirecto para que el cerebelo no pueda preverlas. Aunque la parte consciente de nuestro cerebro sabe que la sensación de cosquilleo procede de nosotros mismos y no es “en realidad” inesperada, el cerebelo no la capta y el cosquilleo funciona.
Hacernos cosquillas a nosotros mismo es tan fútil como intentar enriquecernos extendiendo un cheque para nosotros mismos... o vendiéndonos a nosotros mismos una casa al doble de su valor actual de mercado. Tampoco resulta mucho mejor que nos extendamos cheques mutuamente con un amigo o nos vendamos casas.
Durante unos años logramos sortear la parte de nuestro cerebro que nos decía que no podíamos hacernos cosquillas para hacernos más ricos. Tal vez los ciudadanos comunes y corrientes siempre supieran que, cuando vendían casas para obtener beneficios reales, estaban beneficiándose en última instancia a costa de otro. Sólo los economistas, que estudiaron las enseñanzas que se desprendieron de crisis anteriores, se tragaron la idea de que nadie perdería.
Las autoridades actuales, basándose en la experiencia del decenio de 1930, parecen creer que crear confianza es algo diferente de crear razones sólidas para sentir confianza. Las recientes “pruebas de solvencia” de los bancos europeos iban manifiestamente destinadas a crear confianza en lugar de ser una exploración genuina de las posibles deficiencias sistémicas, al no incluir, por ejemplo, la posibilidad de quiebra de la deuda soberana griega.
Naturalmente, eso es como hacer pruebas con los extintores de incendios de nuestra casa contra los ladrones. Los resultados positivos convencerán sólo a quienes han aprendido las enseñanzas del decenio de 1930... y después no se olvidaron de ellas.


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