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Los nativos temerosos de Europa

PARÍS – Un referendo en Suiza prohíbe la construcción de nuevos minaretes. La violencia racial estalla en la región de Calabria al sur de Italia. Un debate intenso y polémico tiene lugar en Francia sobre el tema de la identidad nacional. Estos acontecimientos tienen poco en común; sin embargo, todos apuntan a una creciente tendencia europea.

Hoy, más que nunca antes en las décadas recientes, el miedo se está tornando una fuerza dominante en la política europea. Y no es un miedo abstracto e indefinido: es, sobre todo, el miedo al "otro" no europeo, percibido cada vez por más europeos "blancos" como una amenaza a nuestras identidades y estilos de vida europeos, si no a nuestra seguridad física y a nuestros empleos.

En el centro mismo de estos debates reside la cuestión del Islam y la inmigración. El éxito del ensayo reciente de Christopher Caldwell "Reflexiones sobre la revolución en Europa" es un indicio de este creciente miedo a la "islamización" -un miedo acentuado por el impacto desestabilizador de los difíciles tiempos económicos.

El caso de Francia es interesante, porque el país tuvo un desempeño ligeramente mejor que la mayoría a la hora de confrontar la crisis, gracias al buen funcionamiento de su estado benefactor. Pero a la derecha le preocupa que las elecciones regionales programadas para dentro de dos meses puedan convertirse en un referendo sobre su gobierno. De manera que el lanzamiento de un debate sobre la identidad nacional por parte del presidente Nicolas Sarkozy es cualquier cosa menos accidental.

Ahora bien, su táctica fácilmente podría tener un efecto contraproducente. Al dejarse llevar por los instintos de la extrema derecha, Sarkozy corre el riesgo de reafianzar un partido decadente, cuyo electorado él atrajo durante la última elección presidencial en 2007, pero que puede recuperar sus votantes en 2010. ¿Por qué no votar por lo "verdadero" si se puede?

Sin embargo, más allá de la política electoral de corto plazo y potencialmente contraproducente, el debate sobre la identidad nacional es indicativo de un estado de ánimo que va mucho más allá de Francia. La globalización, y la frustración que la acompaña, llevan a muchos a una búsqueda nerviosa de la autoestima. Y cuanto menos convencida está la gente sobre su futuro, más tiende a concentrarse en su identidad de una manera negativa y defensiva. Si uno pierde confianza en su capacidad de superar los desafíos de la modernización, puede replegarse en uno mismo y concentrarse en quién es, en lugar de en qué quiere lograr con los demás.

En defensa del debate que lanzó, Sarkozy presenta su iniciativa como una barrera contra la amenaza del "multiculturalismo y el tribalismo". En su opinión, nada sería más peligroso que imponer un silencio artificial sobre un tema que hierve bajo la máscara de la corrección política.

A muchos franceses los inquietó la explosión de alegría posterior a la victoria de la selección argelina de fútbol frente a Egipto en la clasificatoria para la Copa Mundial 2010 en Sudáfrica. Las calles de muchas ciudades francesas vibraron con emociones del "Mediterráneo Sur", que estaban en franco contraste con la apatía que rodeaba al partido de la selección francesa esa noche.

El contraste entre la emoción pro-argelina vibrante y el sentimiento pro-francés más discreto resultó mucho más inquietante porque recordaba otra noche de fútbol, cuando Francia jugaba contra Argelia en París y el equipo francés fue abucheado por una porción importante de los espectadores, cuyos padres o incluso abuelos habían nacido en Argelia.

Más allá del patriotismo futbolero, la cuestión de la burka, el velo que cubre el rostro y el cuerpo de unas pocas mujeres musulmanas en Francia, también resurgió como un foco de atención agitada. ¿Debería prohibírsela, como ha sugerido Sarkozy, o estas cuestiones privadas que afectan a tan pocas personas deberían estar más allá del brazo largo de la ley?

Al lanzar un debate nacional sobre la cuestión de la identidad, Sarkozy corre el riesgo de crear fronteras innecesarias entre los ciudadanos franceses -en el momento equivocado y por las razones equivocadas-. ¿El Estado francés está haciendo el mayor esfuerzo para que todos sus ciudadanos se sientan incluidos en la práctica de sus tres valores universales tan apreciados, "libertad, igualdad, fraternidad"?

No se puede predicar lo que no se lleva a cabo plenamente en la práctica. Si una cantidad considerable de jóvenes franceses se sienten argelinos o musulmanes antes que nada, ¿no es esto acaso prueba de que algo no ha resultado del todo bien en las políticas de integración francesas? Antes de pedirles a "ellos" que aclaren la naturaleza de su vínculo con Francia, quizá nosotros los franceses tengamos que asegurarnos de que los tratamos de una manera fraternal, igualitaria y libre. La única respuesta a la complejidad de la identidad es la claridad absoluta de los valores. Cada ciudadano francés tiene que aceptar los valores de la República, democracia, régimen de derecho y respeto por el otro.

La identidad no es una cuestión de simple etnicidad o religión. Para quienes quieren sumarse al proyecto francés y europeo, es una cuestión de valores. Enfrentados al desafío de un Asia creciente, el miedo no es la mejor respuesta que pueden permitirse los europeos. De hecho, deberían recordar las palabras de Franklin Roosevelt en su discurso inaugural en el ápice de la Gran Depresión de 1933: "Que lo único a lo que tenemos que tenerle miedo es al miedo mismo".

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