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La Cuestión de Kaliningrado

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2002-06-12

Durante los últimos 12 años casi toda la región del Mar Báltico ha florecido. La democracia y el crecimiento económico han acentuado la libertad y la prosperidad de la mayoría de los ciudadanos de la región. Estonia, Polonia, Latvia y Lithuania se han remontado desde el estancamiento socialista hasta ser casi miembros de la Unión Europea (UE). San Petersburgo se ha abierto y ha empezado a empezado a prosperar. Todos los países y las regiones postcomunistas del Báltico establecieron gradualmente el marco económico necesario para desarrollar y modernizar sus sociedades y elevar los estándares de vida de su habitantes.

Todas, claro, excepto una. La reunión ministerial de la UE esta semana en San Petersburgo debería ser sólo el inicio de un esfuerzo concertado para dar solución a la cuestión de Kaliningrado. Hundido en la corrupción, la pobreza y la desesperanza, Kaliningrado es un lastimero reducto de retraso en el centro de una región relativamente exitosa. Sufre las tasas más altas de infección con VIH y SIDA de toda Europa, mientras que el abuso de drogas y alcohol está alarmantemente generalizado.

La Historia ha sido muy poco amable con Kaliningrado, por decir lo menos. La Unión Soviética tomó el enclave de manos de los alemanes a finales de la Segunda Guerra Mundial y adquirió su soberanía formal en 1946, volviendo a la ciudad en un puerto de aguas templadas de la flota del Báltico de la Marina Roja y cerrándola al mundo externo hasta 1989. La población indígena alemana, que llamaba a su hogar "Königsberg", fue expulsada y sus profundamente arraigadas cultura e instituciones fueron suplantadas por olas de migrantes traídos allí y ahora encallados en la quebrada idea soviética.

Pero la historia es sólo en parte culpable del actual predicamento de Kaliningrado. La falta de visión política y de iniciativa por parte de Rusia y la UE también ha impuesto mayores obstáculos a la promoción de la estabilidad y el progreso de largo plazo.

Sin duda, Rusia tiene la mayor culpa de los males de Kaliningrado. Desde 1989, los gobernantes rusos nunca han pensado seriamente en enfrentar el futuro del enclave. En ocasiones Rusia ha anunciado planes grandiosos, pero todos han acabado, invariablemente, en nada. "Enredar las cosas" ha sido la estrategia del Kremlin y el resultado es un depresivo status quo. Tal inercia se ha visto alimentada por la dubitativa gobernabilidad del Distrito de Kaliningrado en sí mismo, así como por rivalidades con las zonas vecinas de la Región Noroeste de Rusia.

Las autoridades rusas dan la impresión de que no les importa Kaliningrado o de que esperan que otros resuelvan sus problemas. Cualquiera que sea el caso, todos los países del Báltico, así como la Comisión Europea, deben sin duda unir sus fuerzas para asistir a Kaliningrado. Deberían hacerlo no sólo por un sentido de obligación moral, sino también por los intereses comunes de todos.

Hasta ahora, el interés de la UE en Kaliningrado se ha centrado en restringir los derechos de visado que permiten que los ciudadanos del distrito atraviesen Polonia y los estados del Báltico para visitar el resto de Rusia. Pero la ampliación de la UE dará un mayor ímpetu al comercio y al crecimiento económico en toda la región. Esto proveerá poderosos incentivos para hacer de Kaliningrado un vecino y un socio comercial más atractivo, no sólo una temida fuente de inmigrantes rusos ilegales hacia la UE.

Claro, las reglas Schengen, que abolieron las fronteras internas de la UE, afectarán a Kaliningrado una vez que Polonia y Lituania entren a la Unión. Hará falta introducir un régimen de visado para viajar entre Kaliningrado y el resto de Rusia. Pero establecer "corredores de tránsito", como algunos proponen, no bastará para resolver el problema. Al contrario, si se permitiera que el ya vergonzoso retraso que Kaliningrado presenta en la región se profundizara, la absoluta desesperación de sus habitantes sobrepasaría cualquier esquema factible para regular la inmigración ilegal. (Y dada la historia de la región Báltica, el mismo concepto de "corredor" debería hacer que los gobiernos se estremezcan.)

Lo que Kaliningrado necesita es un claro plan de desarrollo a largo plazo, financiado en conjunto por la UE y por Rusia, dirigido a crear el marco óptimo para su total participación en el comercio y el desarrollo general de la región. La UE debe forjar relaciones cercanas con los líderes de Rusia y con el Distrito de Kaliningrado para diseñar un futuro viable para el enclave, un futuro guiado por un detallado plan para su integración al interior de la región del Báltico en conjunto.

Revigorizar a Kaliningrado implicará comprometer recursos significativos, primero para luchar contra la rampante criminalidad y las enfermedades, y luego para establecer un ambiente de negocios que pueda atraer a la tan necesaria inversión. Pero tal estrategia no debería ser ni difícil de implementar ni tan cara que resulte prohibitiva. Después de todo, Kaliningrado es más o menos del tamaño de la isla danesa de Zealand. Su población (1 millón) es menos de la mitad de la de Copenhague y sus suburbios.

Formular una estrategia integral de desarrollo, no fijar requerimentos de visado, debería ser la primera prioridad en la agenda de la UE. Estoy seguro de que todos los países de la región del Báltico están preparados para dar el apoyo político y financiero que tal iniciativa merece. La totalidad de la filosofía que sustenta a la Dimensión Septentrional de la UE se basa en la cohesión y la integración. Cómo enfrente la UE el tema de Kaliningrado será inevitablemente el "test litmus" de su sinceridad.

Uffe Ellemann-Jensen, exministro de relaciones exteriores de Dinamarca, es Presidente de la Junta Directiva del Centro Danés de Estudios Internacionales y Derechos Humanos.

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