El año pasado fue malo para el libre comercio. Se suponía que la Ronda de Doha pondría a la agricultura en el centro de las negociaciones para mitigar las profundas frustraciones de los países en desarrollo. Pero, en vez de darle vida al libre comercio de alimentos, el proteccionismo agrícola de los países ricos parece haber acabado con la Ronda de Doha –y, con ella, potencialmente con todo el régimen multilateral de comercio.
La agricultura siempre ha sido el desafío más grande de la doctrina del libre comercio y su promesa de potenciar la situación de los pobres, ya que es una de las áreas más distorsionadas del comercio global. En 2004, los países de la OCDE gastaron en apoyo para sus agricultores más de cuatro veces de lo que tenían presupuestado para la asistencia oficial al desarrollo. En 2000, el Banco Mundial estimaba que el proteccionismo agrícola de la OCDE le costaba al mundo en desarrollo 20 mil millones de dólares en pérdidas de bienestar al año. Lo más irritante es que la agricultura es una parte pequeña y decreciente de las economías de este “club de los ricos”, y mientras más ricos y grandes son, menos significativa es la agricultura y más recursos se desperdician en el bienestar de las áreas rurales.
El desafío práctico proviene de las dos ventajas de la agricultura que aíslan al sector rural de las fuerzas del mercado global y convierten incluso a los políticos más moderados y liberales en sus defensores. En primer lugar, la agricultura está geográficamente concentrada y los agricultores votan en términos de las políticas agrícolas por encima de todo, lo que eleva el poder de sus votos –algo que sólo algunos consumidores urbanos, si acaso, hacen.
En segundo lugar, los proteccionistas han desarrollado argumentos populistas pero cuestionables desde el punto de vista de la lógica de que los productos agrícolas no pueden ser tratados como materias primas comerciables sujetas a la competencia. Se pinta a los agricultores locales como defensores irremplazables del tejido social y de los valores tradicionales. Además de esto, se muestra a la agricultura como análoga al ejército. Del mismo modo que ningún gobierno debería dejar la seguridad nacional en manos de extranjeros poco fiables, tampoco debería permitir que el abastecimiento nacional de alimentos dependa de los supuestos caprichos de la producción extranjera.
Aceptamos pagar un costo alto e ineficiente por la defensa nacional en contra de enemigos frecuentemente desconocidos. Los proteccionistas agrícolas, por medio del lenguaje de la seguridad y la autosuficiencia alimentarias, argumentan que lo mismo se aplica en el caso de los alimentos.
Japón ha sido por mucho tiempo el modelo del proteccionismo agrícola de los países ricos. Su sistema electoral favorece fuertemente a los votantes rurales. Los agricultores están bien organizados políticamente y el Ministerio de Agricultura, Silvicultura y Pesca (MASP) ha sido un feroz defensor del proteccionismo agrícola. Los argumentos de la seguridad alimentaria son bien recibidos en Japón debido al recuerdo de la escasez durante la Segunda Guerra Mundial y los años posteriores.
Irónicamente, Japón es ahora la esperanza para la liberalización agrícola. El número decreciente de votantes está en favor de alimentos importados más baratos. La crisis demográfica de Japón es especialmente aguda en las áreas rurales en donde la edad promedio de los agricultores está superando el límite del retiro. Recientemente, un pueblo emprendedor se vendió en su totalidad a una empresa de tratamiento de desperdicios cuando ya no pudo encontrar a ninguna persona joven que estuviera dispuesta a regresar a la felicidad bucólica.
A pesar de las décadas de inmenso apoyo gubernamental, el sector rural de Japón ya no puede siquiera aspirar a alimentar a su población en declive. La autosuficiencia alimentaria en los cereales ahora es de un 28% sobre la base de la oferta calórica y no da señales de crecimiento. La agricultura, la pesca y la silvicultura ahora representan menos del 2% de la economía total y menos del 4% de la fuerza de trabajo.
El rápido envejecimiento de la población rural de Japón y su disminución están cambiando fundamentalmente el enfoque del país hacia los alimentos. El MASP está abandonando con nostalgia la meta anhelada de la autarquía alimentaria. Su último plan estratégico prevé un índice de autosuficiencia del 45% para 2015 y se enfoca en cambio en “asegurar la estabilidad de las importaciones de alimentos” por medio de la diversificación y de acuerdos de libre comercio. Durante décadas, el poder del MASP significaba que los socios comerciales de Japón ni siquiera contemplaban discusiones de libre comercio. Ahora el gobierno japonés, que apoya a los reformistas del MASP, está utilizando los acuerdos y las negociaciones de libre comercio con exportadores competitivos como Tailandia y Australia para lograr la consolidación agrícola.
Lo que molesta aún más a los tradicionalistas del MASP es que su argumento de la seguridad alimentaria se está volviendo en su contra. Aprovechando la incapacidad de Japón para obtener alimentos por sus propios medios, los encargados de las negociaciones comerciales ahora sostienen que ese país necesita abrirse a las importaciones o enfrentarse a quedar aislado de los mercados alimentarios globales por los gigantes de rápido crecimiento como China. Para aumentar más estos temores, los acuerdos de libre comercio de China en el Sureste asiático le dan prioridad a la agricultura. Si bien la lógica de este argumento es débil, cala hondo en las preocupaciones de Japón por el crecimiento de China.
Los países ricos se enfrentan a un reto demográfico similar, mientras que el resto del mundo espera para ver cómo sus respuestas habrán de reconfigurar la economía global. Japón, debido a su declive demográfico avanzado, va a la cabeza, pero otros proteccionistas rurales tradicionales como Francia y Corea del Sur no están muy atrás. Ahora en Francia hay la mitad de los agricultores que había hace veinte años.
Esta es una buena noticia para los agricultores y consumidores en todo el mundo. Los países ricos que están envejeciendo podrían convertirse finalmente en los promotores, en vez de los adversarios, del libre comercio de alimentos.


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