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La división de Asia

¿Por qué Asia no se puede unir ni siquiera en aras de su propia seguridad? Durante décadas, los expertos occidentales se han quejado de que la Asociación de Naciones del Sureste Asiático (ASEAN por sus iglas en inglés) no ha logrado aprender el valor de la seguridad colectiva que se desprende de la experiencia de la posguerra en Europa. Los líderes de la ASEAN han ignorado las lecciones que ofrecen, primero, el Mercado Común y después la Unión Europea. Se supone que los beneficios de esos modelos son tan obvios que parece incomprensible que los líderes de la ASEAN no los vean.

La aparente confusión del Este de Asia para responder a las maniobras nucleares de Corea del Norte pone de relieve una vez más estas quejas. Una Corea del Norte con armas nucleares seguramente representa una amenaza para todos los asiáticos. Entonces, se dice, todos deberían ayudar a los EU a poner a Kim Jong Il en su lugar. El hecho de que los vecinos cercanos de Corea del Norte aparentemente no sean capaces de entender eso parece confirmar que la falta de unidad asiática no sólo es estúpida sino también crónica e intencional.

No obstante, la historia y la geografía importan al evaluar la naturaleza de una amenaza. También importan las diferentes tradiciones de pensamiento táctico y estratégico (para no hablar de la manera única en la que los europeos forjaron sus arreglos de cooperación actuales a partir de Estados nación agresivos que compartían una civilización común).

Sin embargo, no hay nada en la historia de Asia que se compare ni remotamente con el medio siglo de división y de auténtica ocupación por parte de dos superpotencias rivales que sufrió Europa. Así, no es de sorprender que los líderes asiáticos no busquen en Europa las soluciones a sus problemas regionales.

Claro que los seres humanos y los Estados nación frecuentemente se comportan de manera similar. Cuando están ante una amenaza, los países tienden a agruparse en contra de un enemigo común. Cuando el mundo estaba dividido en dos bandos durante la Guerra Fría, parecía fácil decidir quién era amigo y quién enemigo. Las alianzas se establecían sobre líneas pro-estadounidenses o pro-soviéticas.

Pero incluso entonces, las cosas en Asia no eran tan claras. Una línea irregular que unía vagamente a Tokio y Yakarta vía Seúl, Taipei, Hong Kong, Bangkok, Kuala Lumpur y Singapur fue suficiente para mantener la cooperación internacional. Pero esa cooperación no se parecía en nada a una alianza duradera.

¿Por qué? La explicación tiene muchos niveles. En un nivel, la historia asiática ha estado dominada por élites rivales de China, "Turkestán", India, Persia, "Arabia", Japón y Java (para nombrar sólo unos cuantos ejemplos) que afirmaban ser líderes de entidades culturales locales independientes. Esto difiere considerablemente de la civilización grecorromana cristiana que Europa comparte. A lo largo de la historia asiática, los viejos cimientos del poder en el continente estuvieron mucho más divididos (y durante periodos mucho más prolongados) que en Europa.

No obstante, la historia moderna sí les enseñó a los asiáticos que la falta de unidad llevó a los triunfos europeos sobre ellos. En el siglo XX, surgieron líderes que proponían la unidad en contra de las potencias coloniales e imperiales. No obstante, los europeos, que controlaban la mitad del planeta, parecían ser capaces de echar por tierra cualquier logro temporal.

El enfoque europeo tenía dos vertientes. Primero, buscaba mantener dividida a Asia en lo que se refería a Occidente. Eso fue relativamente fácil durante la Guerra Fría, puesto que las élites poscoloniales asiáticas se vieron obligadas a tomar partido en un conflicto de ideologías. La actual guerra global contra el terrorismo permite modificar ese enfoque para crear nuevas divisiones. Segundo, Asia fue puesta bajo los lineamientos de una economía global interdependiente en la que Occidente tiene los ases tecnológicos y financieros.

Esa estrategia ha resultado sorprendentemente exitosa. Durante la década pasada, Asia pasó de la división entre dos superpotencias a algo que se podría describir como el dominio de una supereconomía. De cualquier manera, no ha surgido ninguna unidad regional en política o seguridad. El único asomo de una débil identidad de intereses es el surgimiento de una especie de regionalismo económico que los líderes asiáticos buscan a través de acuerdos de libre comercio.

La falta de unidad asiática sólo podrá superarse si el continente en su conjunto se efrenta a un enemigo común. Occidente hará todo lo posible para evitar que los asiáticos vean en los occidentales a ese enemigo. De hecho, la mayoría de los llamados a la unidad asiática tienen que ver con unir a Asia con Occidente (lo que generalmente se equipara con el interés de todo el mundo) en contra de alguna zona de Asia, ya sea Irak, Irán, Corea del Norte o Myanmar. Dado que la mayoría de los líderes asiáticos piensan que de entrada sus divisiones hicieron omnipotentes a los occidentales, esos llamados se reciben con una cautela comprensible.

¿Qué, pues, del futuro? Le llevará tiempo a los líderes de Asia desprenderse de las cargas del pasado, especialmente en casos que tengan que ver con las relaciones con Occidente. Mientras tanto, si la economía global se sigue integrando, ¿mejorarán o empeorarán las perspectivas de la unidad asiática?

Mucho dependerá de que el Occidente conserve su predominio en otras partes del mundo. Si lo mantiene a través de tecnologías de redes cada vez más poderosas, las posibilidades de que Asia construya una unidad propia son escasas.

En este contexto se puede ver por qué los líderes asiáticos parecen hipócritas o poco confiables a ojos de Europa y los EU. Asia no se puede dar el lujo de unirse contra Occidente. Pero tampoco puede dividirse aislando a una de sus partes. En ello radica la dependencia permanente de Occidente.

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