PARÍS – Ya estamos a mitad de camino para el cumplimiento en 2015 de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), el ambicioso proyecto, respaldado por toda la comunidad del desarrollo, en pro del desarrollo en los países más pobres del mundo. A raíz de la crisis financiera mundial, que está a punto de afectar al mundo en desarrollo, es el momento de formular las preguntas apropiadas sobre el compromiso de la comunidad internacional con vistas a alcanzar dichos objetivos.
Lamentablemente, sabemos que la mayoría de los países no cumplirán los objetivos en 2015 y las crisis alimentaria y financiera amenazan con contrarrestar los avances recientes. Si se alcanza el objetivo de reducción de la pobreza mundial, se deberá al elevado crecimiento en países en ascenso, como, por ejemplo, China o la India, y no a una disminución de la pobreza absoluta en los países más necesitados.
Resulta preocupante, porque es un síntoma de dos males más importantes. En primer lugar, la comunidad internacional parece padecer una esquizofrenia: mientras que todos los países afirman solemnemente su compromiso con los ODM, pocos han proporcionado los medios para alcanzarlos. La realidad es que la ayuda aumentó sólo ligeramente en el período 2000-2006: en vista de la condonación en gran escala de deuda, el importante aumento en la asistencia oficial para el desarrollo no se plasmó en nuevos fondos disponibles en el terreno.
Los ODM iban encaminados a contribuir a que la solidaridad internacional pasara de una lógica de insumos (¿cuánta ayuda concedemos?) a otra de resultados (¿qué repercusiones concretas deseamos conseguir?), pero, en vista de que los niveles de ayuda que se puede prestar, han permanecido prácticamente constantes y dado el fuerte crecimiento de la población, en particular en África, la comunidad internacional no se ha dotado de medios suficientes para alcanzar sus ambiciosos objetivos.
En segundo lugar, esos deficientes resultados revelan la estrechez de miras que puede tener la comunidad internacional. El deber mundial de asistencia a las naciones en desarrollo no se limita ni mucho menos a los ODM… en tiempo y también en escala. El ritmo de desarrollo sostenible es necesariamente lento. En sectores como los de la salud y la educación la aceleración necesaria para alcanzar los objetivos en muchos países habría de ser más rápida que en ningún otro caso conocido hasta ahora. Si bien son necesarias más medidas para acelerar el avance, no alcanzar los ODM en 2015 no significaría que no sean válidos ni que la ayuda no sea eficiente. Alcanzar dichos objetivos es un paso importante en el lento avance hacia el desarrollo duradero.
De modo que, al centrarnos en la fecha (arbitraria) de 2015, no advertimos el cambio fundamental que los ODM representan. Al fijarse objetivos que están muy lejos del alcance de la hacienda pública de los países más pobres, la comunidad internacional ha acordado substituir a esos Estados en la prestación de servicios sociales mediante transferencias a largo plazo.
Las actuales desigualdades mundiales en niveles de vida son parecidas a las existentes dentro de nuestras propias sociedades hace más de un siglo. La mundialización ha engendrado un nuevo mercado mundial, pero también riesgos mundiales que requieren una gestión colectiva. Nunca se ha creado un único espacio económico sin la paralela creación de mecanismos de solidaridad para abordar dichos riesgos y prestar asistencia a los que quedan rezagados.
Lo que está en juego con los ODM es la creación a escala mundial del mismo tipo de mecanismos de distribución que se fueron creando progresivamente en las sociedades ricas del mundo a lo largo del siglo XX. Como la mayoría de las crisis sanitarias, medioambientales y financieras actuales son imprevisibles y rebasan las fronteras, a todo el mundo conviene la creación de una “red de seguridad social” que abarque un período de tiempo indefinido.
Si aceptamos la lógica en que se basa la concepción más pragmática y ambiciosa de la ayuda internacional correspondientes a la “Declaración del Milenio” de las Naciones Unidas, debemos apresurarnos a adaptar nuestros instrumentos para garantizar formas de financiación más sostenibles y previsibles. Ése es uno de los principales objetivos de los mecanismos de tributación mundiales de financiación, como, por ejemplo, la iniciativa del Servicio Financiero Internacional y el impuesto a la aviación. También necesitamos instrumentos más adecuados que el de las transferencias internacionales a largo plazo. Por último, debemos encontrar formas de alimentar un crecimiento económico más vigoroso, condición previa para que haya una inversión sólida en los sectores sociales.
Independientemente del semiéxito o del semifracaso de los ODM en 2015, la cuestión decisiva es si la comunidad internacional podrá superar su miopía y esquizofrenia. Debe aceptar la idea de una política de redistribución internacional a largo plazo para prestar asistencia a los excluidos de los beneficios de la mundialización y dotarse de los medios para aplicar dicha política ambiciosa. De lo contrario, cualquier éxito en la lucha contra la pobreza está condenado a ser pasajero.


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