El Gobierno y el Consejo Nacional de Seguridad del Japón se proponen revisar el Esbozo de Programa de Defensa Nacional (EPDN) al final de este ańo. En un borrador de los cambios propuestos presentado al Primer Ministro Junichiro Koizumi se asignan tres tareas principales a las Fuerzas de Autodefensa: una reacción eficaz contra las nuevas amenazas, la participación en actividades internacionales de mantenimiento de la paz y la defensa contra una invasión.
La compleja situación actual en materia de seguridad, con ataques terroristas por parte de agentes no estatales que se producen paralelamente a las guerras tradicionales entre Estados, requiere una estrategia ágil e integrada. El proyecto de revisión del EPDN parece reconocerlo, al subrayar la necesidad de unas medidas propias de defensa por parte del Japón, la cooperación mediante la alianza Japón-Estados Unidos y las contribuciones a las misiones multilaterales. Además, el Consejo Nacional de Seguridad ha indicado la necesidad de introducir un nuevo plan para unas fuerzas de defensa flexibles y multifuncionales.
Por desgracia, algunos componentes decisivos de la estrategia de seguridad del Japón que está surgiendo siguen siendo vagos y contradictorios. Por ejemplo, si bien se considera poco probable la amenaza de una invasión, en el Libro Blanco de la Defensa de 2004 se sostiene que “la función primordial” de las Fuerzas de Autodefensa es la de prepararse para lo peor, porque no se puede desarrollar de la noche a la mańana una capacidad defensiva suficiente. Dicho de otro modo, el Japón afirmará claramente su voluntad de defender la nación y prevenir una invasión en combinación con el sistema de seguridad Japón-Estados Unidos.
Por otra parte, el Consejo Nacional de Seguridad propone “reducir el tamańo de las fuerzas de defensa”, lo que entrańa una atenuación de la voluntad de defensa. En realidad, el hecho de que no se seńale posibilidad alguna de una “ampliación en caso de emergencia” de las Fuerzas de Autodefensa agrava esa preocupación.
Desde luego, el gobierno es el encargado en última instancia de determinar la escala apropiada de capacidad de defensa en consonancia con las consideraciones fiscales, pero también tiene la obligación de preparar una política detallada y realista encaminada a lograr el nivel necesario de capacidad de defensa en caso de amenazas imprevistas. Así, pues, el Gobierno del Japón debe dar una indicación clara de su voluntad auténtica de defender la seguridad del país.
Naturalmente, no se puede juzgar la capacidad de defensa sólo por los niveles de las fuerzas. La concepción que figura en el proyecto de EPDN de unas nuevas Fuerzas de Autodefensa, más adaptables, móviles, flexibles y para usos diversos, con recursos tecnológicos avanzados y capacidad para la recogida de información, requiere una reevaluación fundamental de la organización y el equipo existentes. De conformidad con las medidas adoptadas por la comunidad internacional para garantizar la paz y la estabilidad, el proyecto establece también la creación de una unidad básica en cada una de las ramas militares y un sistema operacional integrado.
La reorganización militar prevista en el EPDN es de gran alcance. Las fuerzas de tierra del Japón deben reorientar su estructura actual, orientada a la consecución de la capacidad de combate para contrarrestar una invasión en gran escala, con miras a contar con una mayor adaptabilidad para las acciones militares en circunstancias menos graves.
La marina debe dejar de estar centrada en la capacidad para la guerra antisubmarina, propia de la época de la guerra fría, y crear una estructura encaminada a defender las islas, vigilar y contrarrestar los ataques con cohetes balísticos y luchar contra las actividades ilegales de barcos espías. La fuerza aérea debe continuar con sus actividades de vigilancia en el espacio aéreo circundante y mantener la disposición para contrarrestar los ataques aéreos, además de modificar en parte las tácticas para reaccionar contra una invasión, pues disminuye la probabilidad de un ataque desde el aire.
Un problema es la dilución de la capacidad para la guerra antisubmarina. El Japón debe desarrollar unas fuerzas de defensa equilibradas y con la capacidad necesaria para reaccionar ante las nuevas amenazas, como, por ejemplo, el rápido aumento de la flota de China, en particular sus fuerzas submarinas. La importancia de la capacidad para la guerra antisubmarina en el Pacífico occidental no ha disminuido. Al contrario, la reciente violación de las aguas territoriales japonesas por submarinos nucleares chinos indica que, en lugar de reducirla, se debe aumentar aún más dicha capacidad.
Si el Japón decide efectivamente reducir sus fuerzas de defensa a ese respecto, un cambio audaz y cualitativo resulta inevitable. En particular, podría entrańar la introducción de lo que hasta ahora se había considerado equipo tabú, como, por ejemplo, los portaviones ligeros o los submarinos nucleares.
En esta época de incertidumbre, cuando hasta la naturaleza de las amenazas que la nación afronta es incierta, los planificadores militares y estratégicos del Japón deben seguir buscando formas de adaptar las Fuerzas de Autodefensa a las numerosas amenazas actuales, pero de un modo que aporte una dirección auténtica y que la población, los militares y los vecinos del Japón consideren convincente.


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