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Abriendo brecha para los derechos humanos

Si se juzga a un gobierno por sus buenas intenciones, quienes apoyan una política exterior estadounidense que haga énfasis en la promoción de los derechos humanos a nivel internacional deberían aplaudir la reelección del Presidente George W. Bush. En efecto, ningún presidente de los Estados Unidos ha hablado con más frecuencia y con más firmeza sobre la misión de este país de fomentar la libertad en el mundo.

La Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos publicada por la administración Bush en septiembre de 2002 está llena de compromisos redactados en términos firmes para promover los derechos humanos. Los Informes por País sobre Derechos Humanos en todo el mundo que publica anualmente el Departamento de Estado conservan el alto nivel de precisión y amplitud que alcanzaron durante la administración Clinton. Bajo el Presidente Bush los EU han adoptado posiciones sólidas sobre las condiciones de los derechos humanos no sólo en países parias como Birmania, Cuba y Siria sino también en países de importancia estratégica como Egipto, Uzbekistán y China.

Sin embargo, quienes examinan el impacto de la administración Bush en las prácticas sobre derechos humanos a nivel internacional sostienen con frecuencia que su reelección hará un daño duradero—tal vez irreversible—a la causa de los derechos humanos. ¿Cómo se explica esta aparente contradicción?

Hay tres razones principales por las que el impacto de la administración Bush sobre los derechos humanos va tan en contra de sus intenciones declaradas. En primer lugar está Iraq. Después de que las afirmaciones oficiales de los EU sobre las armas de destrucción masiva y sobre la conexión con los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 se volvieron insostenibles, Bush resaltó cada vez más el argumento de que la invasión de los Estados Unidos se justificaba para eliminar a un tirano, Saddam Hussein, y liberar de esa manera al pueblo iraquí. Esencialmente este es un argumento en el sentido de que la guerra se justificaba como medio para promover los derechos humanos.

Para aquellos que en otros países árabes del Medio Oriente y otros lugares se oponen a la guerra, el impacto es hacer que los derechos humanos parezcan una justificación o un pretexto para proyectar el poder estadounidense. El efecto es el aumento de su desconfianza ante quienes predican el respeto a los derechos humanos, lo que hace mucho más difícil que nunca para los Estados Unidos lograr apoyo a los derechos humanos en gran parte del mundo.

La segunda razón por la que es probable que la reelección de Bush lesione la causa de los derechos humanos es que constituye la aprobación por parte de la mayoría de los estadounidenses de una administración que es responsable de violaciones graves a esos derechos. La autoridad moral de los Estados Unidos como defensor de los derechos humanos depende de su propio respeto por ellos. Bajo el Presidente Bush esa autoridad se ha evaporado en gran medida.

El símbolo doble lo constituyen Guantánamo y Abu Ghraib. Después de hacer arrestos sin cargos, juicios o acceso a las familias o a abogados; después de humillar sexualmente y torturar a prisioneros hasta matar a algunos; y después de no hacer que alguno de los funcionarios de alto nivel responsables de las políticas que condujeron a esos crímenes rindiera cuentas, ahora se percibe a Estados Unidos como hipócrita cuando conmina a otros gobiernos a que no cometan esas violaciones.

Mientras que la guerra en Iraq y los abusos en los centros de detención estadounidenses han dañado la causa de los derechos humanos en el Medio Oriente y Asia, el tercer factor de su debilitamiento --el libre comercio no regulado—se ha sentido principalmente en América Latina. Es ahí donde la administración Bush ha sostenido con más firmeza su posición de que la libertad de movimiento del capital es un aspecto de los derechos humanos. En la Estrategia de Seguridad Nacional de septiembre de 2002 la administración Bush se refiere al libre comercio no sólo como una política meritoria sino como un "principio moral".

Muchos latinoamericanos han perdido la fe en la democracia porque no los ha beneficiado económicamente. Ven a los Estados Unidos como campeón de la democracia en la región y al mismo tiempo como culpable de sus problemas económicos debido a su insistencia en la santidad del capital. Cuando la protección del capital se eleva a principio moral o se justifica como componente de los derechos humanos en una región resentida por su percepción de subyugación económica, el efecto es fomentar el desencanto con los derechos humanos.

Puede ser que el compromiso del presidente Bush y muchos de sus allegados con la causa de los derechos humanos sea sincero. Pero tal vez sea esa seguridad en sus buenas intenciones lo que los ciega al daño que están haciendo.

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