NUEVA YORK – A Nicolae Ceausescu le gustaba cazar osos. Se retiraba, junto con su séquito, a un pabellón de caza en Transilvania y partía, pertrechado. Estaba acostumbrado a tener buena suerte, pues sus cazadores tomaban precauciones. Encadenaban un pobre animal a un árbol, lo drogaban para que se mantuviera tranquilo y se escondían en torno al puesto de observación desde el que el Gran Hombre dispararía.
Un día, hicieron su trabajo descuidadamente. Ceausescu apuntó y después retrocedió cuando el oso, insuficientemente sedado, se alzó sobre sus patas traseras como para atacar. Su disparó acabó en las copas de los árboles, al tiempo que tres balas, disparadas por los tiradores que garantizaban su puntería, penetraban en el corazón del oso. Según me contó un guardabosques que afirmaba haber presenciado el incidente, aquel día Ceausescu no respondió al aplauso de sus servidores.
Ésa podría ser la historia de la revolución rumana de hace veinte años. El oso es el esclavizado pueblo del país, que despierta. El emperador, alarmado, dispara alocadamente y marra el tiro. Los tiradores selectos, ocultos en el bosque, apuntan y disparan, pero esa vez su blanco no es el oso, sino el propio Ceausescu.
Así como la gloria de la Revolución Francesa acabó en el Terror, así también el milagroso año 1989 de Europa acabó con sangre. En otros sitios, los regímenes comunistas parecieron casi abandonar el poder. Quienes los derrocaron celebraron victorias casi indoloras. No así en Rumania. En este país, sus amos comunistas ordenaron a las fuerzas de seguridad que disparan al pueblo. Aquéllas obedecieron. Se riñó una guerra civil, si bien breve, y la Revolución se transmutó en un criptogolpe de Estado.
Comenzó a mediados de diciembre en la cochambrosa ciudad industrial de Timisoara, próxima a la frontera con Hungría. Cuando Ceausescu ordenó al ejército hacer una exhibición de fuerza contra quienes se atrevieron a oponérsele, los comandantes lo interpretaron literalmente: hicieron un desfile con banda de música y todo. La farsa no tardó en volverse tragedia ante la rabia del dictador. “Me refería a los tanques, idiota”, dijo, en efecto, al general Iulian Vlad, al tiempo que lo amenazaba con colocarlo ante un pelotón de fusilamiento, si no obedecía. Aquella noche, unos cien ciudadanos rumanos murieron en las calles y otros centenares de ellos resultaron heridos.
El resto es historia conocida. En la mañana del 21 de diciembre, Ceausescu salió al balcón del Comité Central en el centro de Bucarest para dirigirse al pueblo, dirigentes de los trabajadores estatales se agruparon, como era habitual, para aclamarlo por mandato, pero algo salió mal. Desde la parte trasera de la enorme multitud llegaron gritos: “¡Ti-mi-soara! ¡Ti-mi-soara!” Entonces surgió el llamamiento decisivo, gritado tal vez por una o dos personas, pero que en seguida corearon otros: “¡Abajo Ceausescu!”
Ceausescu nunca había oído nada igual. Se le dibujó una expresión sombría en el rostro. Dejó de hablar, nervioso, agitó el brazo con tímida perplejidad, los gestos débiles e ineptos de un impostor. El momento de la verdad duró sólo unos segundos, pero fue suficiente. Quedó al descubierto. Todos los presentes en la plaza y todos los que lo contemplaban en la TV nacional lo vieron claramente. El emperador estaba desnudo.
El día siguiente, la rebelión se había extendido a todas las ciudades grandes. Ceausescu y su mujer, la infame Elena, huyeron desde el tejado del Comité Central a bordo de un helicóptero blanco, mientras las multitudes asaltaban el edificio. Estalló la lucha entre el ejército, que se puso del lado del pueblo, y elementos de la policía secreta leal a Ceausescu. Había francotiradores que disparaban desde los tejados y los tanques invadieron la que hoy es la Plaza de la Revolución y prendieron fuego a la biblioteca nacional. Después de una persecución que duró tres días, el día de Navidad el dictador y su mujer fueron capturados, juzgados y ejecutados sumariamente por un “tribunal popular” irregular.
Probablemente las revoluciones nunca sean lo que parecen, pero la de Rumania fue particularmente ambigua, pues en el momento en que Ceausescu pronunció su discurso se convirtió en realidad en dos revoluciones: una que se desarrollaba en público en las calles y otra que era una lucha profunda y entre bastidores por el poder entre las minorías de las alturas
Así lo sentí al llegar a Bucarest el 26 de diciembre. Al visitar la emisora de televisión, ocupada por un nuevo gobierno provisional llamado Frente de Salvación Nacional encontré una extraña mezcla de dirigentes revolucionarios. Podía entender a los poetas, los estudiantes, los disidentes y a supuestos funcionarios gubernamentales desafectos, pero, ¿el general Stefan Gruse, el jefe de estado mayor del ejército que mandaba las tropas en Timisoara? ¿Y el recién nombrado Presidente, Ion Iliescu, que había sido el principal propagandista de Ceausescu?
Tal vez la presencia más incongruente fuera la del general Victor Stanculescu, un favorito de Ceausescu que tan sólo unos días antes había organizado, al parecer, su evacuación desde el tejado del Comité Central. Otros informes le atribuyeron la organización del juicio y del pelotón de fusilamiento, antes incluso de que comenzara el proceso legal.
El propio “juicio” duró menos de una hora. Apenas siete minutos después de que se dictara la sentencia los verdugos habían hecho su trabajo. Se grabó el acto en vídeo para mostrarlo el día siguiente ante una nación estupefacta, pero con las prisas el cable del cámara resultó arrancado de la pared cuando la pareja convicta fue sacada a un patio al aire libre. Cuando volvió a enchufarlo, los soldados ya habían disparado.
Nicolae Ceausescu yacía boca arriba, con el abrigo y el traje con el que había huido, y sus ojos azulgrisáceos miraban, perdidos, al cielo. Elena se había desmayado y le dispararon en el suelo.


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