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Después de los talibanes

''Estado fracasado'' es un término que se aplica con frecuencia a Afganistán y generalmente se estima que es la causa de que los terroristas ganaran tanta influencia ahí. Sin embargo, un país no fracasa por su propia voluntad, ni se ve debilitado por causas desconocidas. Un país fracasa, cuando fracasa, por razones definidas e identificables. Estas se deben abordar si se quiere que Afganistán reviva.

Veinte años de invasiones, guerras civiles y sequías han dejado a las instituciones afganas en ruinas. Millones de afganos se amontonan en campamentos de refugiados o han sido desplazados de sus hogares. Las minas terrestres contaminan el campo. Hay millones de pobres y enfermos. Muchos viven a niveles de inanición. Por estas y muchas otras razones, la reanimación de la economía de Afganistán va a requerir no sólo de la reconstrucción económica sino de un esfuerzo para reinventar las instituciones políticas y culturales del país. No obstante, un esfuerzo de esa magnitud estará condenado al fracaso si los vecinos de Afganistán intervienen en formas que promuevan un nuevo desorden económico.

Afganistán no es un lugar para las soluciones fáciles. No se puede reconstruir el país a bajo costo. Se debe olvidar cualquier pensamiento de que la coalición en contra del terrorismo podrá salir rápidamente (como lo hizo el Occidente cuando abandonó a Afganistán a sus suerte despúes del retiro de los soviéticos hace diez años). El Occidente debe seguir al lado de Afganistán hasta que se afirme su reconstrucción. De otra manera, corre el riesgo del caos y la violencia renovada, pero esta vez, en una región mas desestabilizada, como lo demuestran los problemas actuales de Pakistán.

Hay tres problemas que requieren atención inmediata. El más importante es alimentar al pueblo afgano, tanto dentro del país como en los campamentos de refugiados en el extranjero. La ayuda humanitaria está llegando, pero es necesario construir un sistema de distribución que esté a salvo de la depredación de los cabecillas guerreros afganos. De hecho, a estas personas ya se les ha dado mucho peso en las decisiones sobre la distribución de la asistencia, y puede resultar difícil quitarles ese poder, pero es necesario hacerlo.

El segundo problema tiene que ver con la relocalización de los refugiados afganos que viven actualmente en Pakistán e Irán, así como de aquéllos desplazados dentro del país. Para lograr esa meta, es necesario reanimar la economía agrícola para crear empleos y suministrar alimentos a la población. Un impedimento mayúsculo para ello son los millones de minas que quedaron después de la invasión soviética y que es indispensable retirar.

El Occidente tiene un gran incentivo para ser generoso con los pobres del campo afgano. Los campesinos hambrientos, si no reciben ayuda, podrían regresar al cultivo de una cosecha muy confiable: la amapola, que ha sido durante largo tiempo una de las bases de la economía de los cabecillas guerreros. Eliminarla ayudará no sólo a los campesinos y al Occidente en su intento por reducir el uso de la heroína, sino también al naciente gobierno afgano en su lucha por imponer su autoridad nacional en contra de los cabecillas. Después de todo, un guerrero en quiebra no puede comprar armas ni sobornar a la gente para conservar su lealtad.

También se necesitarán enormes inversiones en infraestructura para que la economía se reactive. En particular, habrá que construir con rapidez viviendas para los refugiados que regresen. Será necesario reconstruir a las ciudades de Kabul, Mazar, Herat y otras como centros de vida económica y cultural. Debe haber una dotación masiva de viviendas rurales.

Para restablecer el comercio se tienen que rehabilitar caminos, aeropuertos y sistemas de comunicación. El sistema educativo debe construirse casi a partir de la nada, y con tantas mujeres ansiosas por regresar a dar clases, un sistema educativo renovado también ayudará a los políticos demócratas afganos a obtener una base sólida de apoyo. Se debe dar particular atención a las escuelas básicas y a las bibliotecas fuera de las ciudades.

Afganistán plantea dificultades especiales para la reconstrucción, ya que no es una sociedad con un centro político fuerte. Los planificadores deben aprovechar la naturaleza descentralizada del país y poner énfasis en la participación del sector privado en la reconstrucción. Un sistema descentralizado responderá mejor a las necesidades locales e impedirá que el sector público se burocratice excesivamente. Sin embargo, hay que evitar las regiones económicas autónomas como amenaza a la unidad nacional afgana, ya que favorecerían a los cabecillas guerreros. Más aún, las regiones más pobres sufrirían en un sistema de ese tipo.

A la larga, Afganistán tiene recursos que se pueden explotar. Hay potencial para la exploración de petróleo y gas, y para la minería de hierro y metales preciosos. Estas actividades se deben estudiar en un marco de desarrollo económico para toda Asia central. En efecto, Afganistán tiene que integrarse a los gasoductos regionales y a otros esquemas de desarrollo. Los afganos pueden contribuir de manera tangible reabriendo la ruta norte-sur que conecta las economías ricas en recursos de Asia central con las densas poblaciones de India y Pakistán.

Nada de esto será posible a menos que se desarme a los jóvenes afganos y se les dé trabajo productivo. En esto será esencial atraer a expatriados afganos con capacidades y logros profesionales para que ayuden a reconstruir el país estableciendo pequeñas empresas que absorban a los desempleados. La participación de los expatriados también apoyará los derechos de las mujeres a participar completa y legalmente en la vida política y económica, como sucedía antes de 1978.

Por último, los países donantes deben aplicar las lecciones aprendidas durante la rehabilitación de los Estados devastados por la guerra en la ex-Yugoslavia. Es necesario coordinar las donaciones y la planeación y hay que asegurarse del consentimiento de los países vecinos de Afganistán. Si se les ignora, los intereses regionales pueden volver a generar caos. Los EU deben convocar a una conferencia internacional sobre Afganistán organizada bajo los auspicios de la ONU. Esa conferencia debe no sólo reafirmar la integridad territorial del país, sino también garantizar que los compromisos de apoyo sean suficientes para la magnitud de las tareas y que esas promesas se cumplan.

Hace diez años, el Occidente le volvió las espaldas a Afganistán y sobrevino el caos. Abandonar al país otra vez sería una locura criminal.

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