Tuesday, October 21, 2014
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Chávez, una década después

Debimos saber que algo andaba mal cuando el 2 de febrero de 1999 Hugo Chávez selló su ascenso a la Presidencia de Venezuela declarando que juraba sobre “esta moribunda constitución”. La “moribunda”, como a partir de ahí quedó bautizada, había hecho posibles 8 transiciones pacíficas del poder en el país y el pleno funcionamiento de un régimen de partidos políticos y libertades individuales. Cierto es que en ese período Venezuela produjo tanta corrupción e irresponsabilidad política como barriles de petróleo, pero en el balance final había sido, políticamente hablando, un país bastante mejor al promedio latinoamericano. No era Suiza, pero sí, ciertamente, una democracia genuina.

Ya no. Pese a la obsesiva celebración de elecciones –un elemento necesario para la existencia de un sistema democrático, pero no equivalente a él—, el legado de la primera década del chavismo consiste, ante todo, en la devastación de la institucionalidad democrática. Elegido en olor de multitudes para sanear los vicios del sistema político que le precedió, el Comandante optó por tirar el agua sucia de la tina con el bebé adentro. Desapareció el sistema político anterior, incluidos el ambiente de tolerancia a las ideas ajenas y los controles sobre el ejercicio del poder, pero no murieron sus vicios, en particular la demagogia y la venalidad, hoy peores que nunca. Al igual que hace 10 años, Venezuela, que alguna vez fue uno de los destinos preferidos por los migrantes del planeta, continúa subdesarrollándose a toda prisa.

El legado de Chávez se encuentra también, y acaso fundamentalmente, en el oxígeno insuflado a algunas ideas perniciosas, que han sido, por mucho tiempo, carlancas que impiden el desarrollo político y económico de América Latina.

En primer lugar, la noción de que la búsqueda de la justicia social demanda el abandono de la vía reformista y de las formas democráticas “burguesas”, en favor de una supuesta democracia “real”, nacida en el fuego purificador de la revolución y en los sueños milenarios del caudillo. No hay tal. La revolución chavista tiene a su haber logros importantes en la reducción de la pobreza y la desigualdad, aunque dudosamente sostenibles y teñidos por las peores prácticas asistencialistas. Esos logros también los tienen, casi en la misma proporción, países como Chile o Brasil, que no han renegado de la separación de poderes, de la pluralidad política o la libertad de prensa, y que no han tenido, tampoco, una inyección de más de 300.000 millones de petrodólares en una década. Más importante aún, pese al incesante revisionismo histórico, no debe olvidarse que entre 1950 y 1980, Venezuela misma fue capaz de reducir la pobreza extrema de 43% de su población a 8%, una de las cifras más bajas de América Latina. Y lo hizo en democracia y en libertad.

En segundo lugar está la idea de que los males de América Latina son, invariablemente, culpa de otros. Es esta la perniciosa narrativa de victimización –aún tan popular en las universidades públicas de la región—contra la que con tanta elocuencia predicó otro venezolano, Carlos Rangel, antes de morir a destiempo. Es obvio que ni el sistema tributario famélico, ni la educación de mala calidad, ni la corrupción rampante, ni la criminalidad desbocada, ni la debilidad de las instituciones, todo aquello, en suma, en lo que Venezuela camina mal aun para los reducidos estándares de América Latina, son culpa del imperialismo norteamericano. En particular esto último. Que Hugo Chávez declare moribunda una constitución legítima o que diga “L’état c’est moi” y decrete, al mejor estilo de Trujillo, un feriado nacional para celebrar su ascenso al poder, son muestras más que elocuentes de un raquitismo institucional enteramente criollo, que basta y sobra para condenar a cualquier país al noveno círculo de la miseria.

Ninguna de esas ideas prolifera, claro está, en una nación satisfecha. Es ahí dónde la experiencia venezolana le habla a toda América Latina. La combinación de crecimiento económico (ahora en retirada por la crisis) y atroces niveles de desigualdad y segmentación social, seguirá generando la misma suma de expectativas insatisfechas y resentimientos sociales que hizo posible la llegada de Chávez al poder en Venezuela. Mientras las democracias latinoamericanas no tomen en serio la tarea de reducir la desigualdad y crear sociedades más integradas por las oportunidades, seguirán viviendo peligrosamente, cortejando un desastre que tarde o temprano llegará. Evitar este desenlace requiere abandonar creencias, tan adormecedoras como reaccionarias, como la de que, mientras se reduzca la pobreza, no importa lo que suceda con la desigualdad o que es posible aspirar al desarrollo humano sin crear sistemas tributarios modernos y progresivos.

Si la celebración de 10 años de chavismo sirve como un recordatorio de los peligros que acechan a las democracias injustas –sobre todo ahora que se acerca un nuevo ciclo electoral en la región—, de algo habrá servido el desolador itinerario recorrido por Venezuela. Dicen que la letra con sangre entra. En América Latina, no estoy seguro.

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