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La errónea cura de austeridad

BERKELEY - El despilfarro fiscal no ha causado la crisis de la deuda soberana que envuelve a Europa, y la austeridad fiscal no la resolverá. Por el contrario, no ha hecho más que agravarla y ahora amenaza con derribar al euro y arrojar la economía global a otra caída en picada.

En 2007, España e Irlanda eran modelos de rectitud fiscal, con relaciones de deuda a PIB mucho más bajas que Alemania. A los inversores no les preocupaba el riesgo de impago de la deuda soberana de estos países, ni el desmesurado tamaño de la deuda soberana de Italia. De hecho, Italia mostraba la menor relación de déficit respecto al PIB de la eurozona, y el gobierno italiano no tenía ningún problema para refinanciar a atractivas tasas de interés. Hasta Grecia, a pesar de una competitividad que se iba erosionando rápidamente y una senda presupuestaria cada vez más insostenible, era capaz de atraer el capital que necesitaba.

Engañados por la convergencia de los rendimientos de los bonos tras el lanzamiento del euro, los inversores impulsaron un auge del crédito del sector privado de más de una década de duración en los países europeos periféricos menos desarrollados. No advirtieron las burbujas inmobiliarias en España e Irlanda, ni la deriva de Grecia hacia la insolvencia. Cuando el crecimiento se desaceleró fuertemente y los flujos de crédito se secaron tras la Gran Recesión, los ingresos presupuestarios se desplomaron, los gobiernos se vieron obligados a socializar los pasivos del sector privado, y aumentaron fuertemente el déficit fiscal y la deuda.

Con la excepción de Grecia, el deterioro de las finanzas públicas fue un síntoma de la crisis, no su causa. Más aún, era previsible: la historia muestra que el nivel real de deuda pública se eleva exponencialmente en las recesiones provocadas por crisis financieras.

Soslayando la evidencia, los líderes europeos, encabezados por Alemania, diagnosticaron erróneamente el problema como uno de despilfarro fiscal para el que la única cura era una dolorosa austeridad. Desde esta perspectiva, la reducción significativa y rápida de los déficits y la deuda pública es una condición previa para restablecer la credibilidad de los gobiernos y la confianza de los inversores, con lo que supuestamente se limitaría el contagio, se reducirían las tasas de interés y se reactivaría el crecimiento económico.

Hay además un aspecto de riesgo moral en el argumento de la austeridad: flexibilizar los términos de pago a los gobiernos derrochadores no hace más que estimular un comportamiento imprudente en el futuro; el perdón de los pecados hace que se siga pecando. Más aún, los acreedores virtuosos no tendrían por qué rescatar a los deudores irresponsables, sean privados o públicos. Desde esta perspectiva, la austeridad es la penitencia necesaria y justa para países réprobos como Grecia, España e Italia.

Pero la austeridad no está funcionando; de hecho, es contraproducente. En el corto y mediano plazo, la consolidación fiscal -ya sea en forma de reducción del gasto público o aumento de los ingresos- genera menores niveles de producción y empleo, lo que significa una más baja recaudación de impuestos, el aumento del déficit y la elevación de la deuda en relación con el PIB. Los inversores inteligentes, al igual que los votantes frustrados, reconocen que el bajo crecimiento y el alto desempleo en realidad profundizan el déficit y la deuda en el corto plazo. Es por eso que, después de más de dos años, las tasas de interés están aumentando en lugar de bajar en los países aplastados por las onerosas medidas de austeridad.

De hecho, no existe una relación simple entre la magnitud del déficit o la deuda de un gobierno  y la tasa de interés que debe pagar. Los bonos del gobierno británico hoy ofrecen tasas de interés significativamente más bajas que las de Francia, Italia o España, a pesar de que la posición fiscal del Reino Unido es mucho peor.

Grecia está atrapada en la clásica trampa de la deuda, ya que las tasas de interés sobre su deuda pública se han disparado más allá de su tasa de crecimiento (y por un margen considerable), mientras que España se debate en la cuerda floja. La austeridad en Europa ha confirmado la advertencia del Fondo Monetario Internacional de que la exageración de la consolidación fiscal debilita la actividad económica, socava la confianza del mercado y disminuye el apoyo popular a los ajustes.

En el largo plazo, muchos países de la eurozona -incluida Alemania- deberán recurrir a la consolidación fiscal para estabilizar y reducir sus relaciones de deuda a PIB. Pero el proceso debe ser gradual e intensificarse solamente después de que las economías europeas hayan vuelto a una senda de crecimiento sostenible.

Asimismo, en la mayoría de las economías europeas es necesario aplicar reformas estructurales para reforzar la competitividad e impulsar el potencial de crecimiento. Pero toman su tiempo: la canciller alemana Angela Merkel parece haber olvidado que para que la antigua Alemania del Este  pudiera llegar a ser competitiva con el resto del país fueron necesarios más de una década y aproximadamente € 2 billones (2,5 billones de dólares) en subsidios.

El primer ministro italiano Mario Monti y el presidente francés François Hollande tienen razón: Europa necesita políticas audaces y coordinadas para promover el crecimiento, junto con reformas estructurales de mercado que fomenten la competencia, y que se reduzcan las metas fiscales hasta que la producción y el empleo se recuperen.

Pero, ¿cómo financiar iniciativas de crecimiento nuevas e importantes? La realidad es que el resto de Europa no puede hacerlo sin Alemania, que sigue muy apegada a la cura de austeridad.

Con un modesto déficit fiscal, costes del crédito históricamente bajos y un enorme superávit de cuenta corriente, Alemania tiene la capacidad financiera para lanzar un estímulo importante. Sin embargo, no ve ninguna necesidad de estimular su propia economía y está dispuesta a considerar solo medidas modestas para la eurozona, como el capital adicional para el Banco Europeo de Inversiones, un pequeño programa piloto de "bonos de proyectos" de la Unión Europea para la inversión en infraestructura, y un despliegue más rápido de los fondos estructurales comunitarios no utilizados. Se niega incluso a permitir que el gasto en proyectos de infraestructura de alta prioridad quede exento de los poco realistas objetivos de déficit fijados por el nuevo "pacto fiscal" de la UE.

A pesar de las súplicas del FMI y la OCDE, Alemania también sigue oponiéndose implacablemente a los eurobonos, que podrían aliviar las restricciones de financiación de otros miembros de la eurozona y reforzar los recursos del Mecanismo Europeo de Estabilidad, que actualmente no es un muro creíble frente a una potencial corrida sobre la deuda soberana italiana o española, o sobre los bancos europeos que la poseen. De hecho, la profundización de la crisis bancaria, con la huida de depósitos de la periferia de la eurozona, limita todavía más las perspectivas de crecimiento de Europa.

Probablemente ya sea demasiado tarde para salvar a Grecia. Sin embargo, un giro hacia políticas de crecimiento, con el apoyo de la flexibilización de los objetivos de déficit y la emisión de eurobonos, es esencial para evitar que Europa termine cayendo en una larga recesión, estabilizar los mercados financieros europeos y prevenir otro serio trastorno en los mercados de capitales globales.

Traducido del inglés por David Meléndez Tormen