BRUSELAS – En junio, fue Grecia. En agosto, fueron Francia, Italia, España y Portugal. En septiembre, fue nuevamente Grecia -y España-. En noviembre, fue el turno otra vez de Francia, antes de que le tocara a Italia una vez más en diciembre, esta vuelta de manera contundente. Todos los meses, a pesar de una perspectiva cada vez más oscura para el crecimiento económico, los países anuncian nuevos recortes de gastos y aumentos de impuestos con la esperanza de restablecer la confianza en los mercados de bonos. Sólo Alemania se destaca, al haber anunciado recientemente un recorte impositivo, si bien es cierto que fue modesto.
En otras palabras, mientras todos los indicadores apuntan a una caída económica seria en Europa, los diferenciales de tasas de interés actuales de la eurozona están provocando un giro hacia la austeridad. Parece una pavada: es preferible acelerar recortes del presupuesto que un incremento letal de las tasas de interés sobre la deuda pública, incluso si los recortes aumentan el riesgo de recesión. Pero existen advertencias.
Primero, si bien una austeridad indiscriminada puede ser la única opción para aquellos países de la eurozona que ya no tienen acceso a los mercados de capital, otros tienen más opciones en materia de políticas. La consolidación es necesaria, pero los gobiernos son responsables de su velocidad y su diseño.
Segundo, una estrategia fiscal sólida requiere establecer, sobre la base de presunciones económicas prudentes, un objetivo presupuestario ambicioso para el mediano plazo, determinando qué combinación de impuestos y recortes de gastos se necesita para lograrlo, y luego ajustándose al plan a lo largo de todas las fluctuaciones económicas. Esto permite que entren en juego los llamados "estabilizadores automáticos" -menores ingresos en una crisis, mayores ingresos en un momento de auge-, impidiendo que la economía se recaliente en el pico del ciclo comercial y ofreciendo estímulos cuando toca fondo.
Tercero, una consolidación precipitada no siempre es la mejor manera de tranquilizar a los mercados, que pueden preocuparse más por el crecimiento. Italia es un buen ejemplo. El déficit presupuestario del país este año, 4% del PBI, está muy por debajo del de España y Francia. De hecho, no fue el déficit del país el que finalmente llevó a los inversores a rechazar los bonos italianos, sino más bien un cóctel amenazador de deuda alta, crecimiento desesperadamente bajo y parálisis política. En una situación como ésta, abordar las cuestiones periféricas del déficit, en el mejor de los casos, es algo marginal. Los mercados exigen reformas que eleven las tasas de crecimiento de manera durable y una estrategia de consolidación fiscal que sea coherente con un mayor crecimiento potencial.
Cuarto, el costo de una austeridad apresurada es que generalmente se basa en correcciones inmediatas, como recortes del gasto indiscriminados y subas de impuestos que, se espera, generen ingresos en el corto plazo, pero que tienen un impacto económicamente negativo. Una consolidación inteligente, en cambio, debería minimizar el daño económico a corto plazo y fomentar el crecimiento a más largo plazo.
Los gobiernos saben esto muy bien. A fines de 2010, la mayoría de los países de la eurozona estaban esbozando recortes del gasto en sus programas de consolidación al mismo tiempo que preservaban las áreas más productivas, como la educación y la infraestructura. Es más, planeaban ampliar la base tributaria en lugar de aumentar las tasas.
Sin embargo, desde este verano (boreal), los gobiernos hicieron todo lo contrario. En lugar de concentrarse en el déficit, se centraron en medidas impositivas y, en su mayoría, aumentaron las tasas existentes. Esta es una mala señal para el crecimiento.
¿Qué deberían estar haciendo en cambio? La consolidación fiscal es inevitable, pero es un proceso a mediano plazo. En lugar de apresurarse a implementar recortes, los gobiernos de la eurozona antes deben restablecer su credibilidad a través de reglas y políticas consagradas en sus legislaciones nacionales, como decidieron recientemente los jefes de Estado y de Gobierno europeos.
Segundo, deberían diseñar e implementar consolidaciones inteligentes, aunque su diseño y su implementación demanden un poco más de tiempo. Esto implica encontrar el equilibrio óptimo entre recortes del gasto y aumentos de impuestos, e identificar las medidas menos perjudiciales en el mediano plazo. Hacerlo llevará tiempo, ideas y una voluntad de hierro.


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