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El resistible ascenso del fascismo hindú

En la década de 1930, Hitler llegó al poder en un mundo concentrado en las guerras africanas de Mussolini y en la invasión de Japón a China. En momentos en que el mundo apunta sus miradas a la guerra en Irak, debería mantener un ojo atento a la India, sugiere la novelista Arundhati Roy, debido que en el subcontinente está cobrando cada vez más fuerza una nueva forma de fascismo hindú.

Una noche, hace un año, una amiga me telefoneó. Llorando, me contó que una amiga suya había sido atrapada por una turba, que le había abierto el vientre y se lo había llenado con jirones de tela ardiendo. ¿Qué texto sagrado hindú predica cosas como ésta?

El Primer Ministro de la India, A. B. Vajpayee, justificó el hecho como parte de las represalias tomadas por hindúes furiosos contra los "terroristas" musulmanes que habían incinerado a 58 de sus correligionarios en un tren a Godhra. ¿Qué verso del Corán exigía que esos viajeros fueran quemados vivos?

Mientras más intensamente hindúes y musulmanes se masacran entre sí, más difícil se vuelve el distinguir en qué se diferencian. Adoran a sus dioses en el mismo altar, apóstoles del mismo dios asesino, como sea que se llame.

Un año después de la masacre de Godhra y los consiguientes pogroms antimusulmanes en la provincia de Gujarat, nuevamente la India está bebiendo de su cáliz envenenado: una débil democracia marcada por el fascismo religioso. En el parlamento, el gobierno ha colocado un retrato de Vinayak Savarkar, nacionalista hindú anterior a la independencia, uno de cuyos seguidores asesinó a Mahatma Gandhi. La campaña para construir un tempo al dios Ram en Ayodhya, en el lugar donde las turbas hindúes demolieron una mezquita del siglo XVI en 1992, está ganando nuevas energías.

Pero una vez que a los musulmanes "se los ponga en su lugar", ¿manarán por el país ríos de leche y Coca Cola? ¿O más bien se incubarán nuevos odios? ¿Serán sus objetivos los adivasi, budistas, cristianos, dalitas, parsis, sikhs? ¿O quienes hablan inglés? ¿O quienes tienen labios gruesos? ¿Qué visión depravada se imagina a la India sin la espectacular anarquía de sus muchas culturas?

Los paralelos entre la India contemporánea y la Alemania pre nazi son escalofriantes, pero no sorprendentes. Muchos nacionalistas hindúes expresan abiertamente su admiración por Hitler. Por suerte, aún no tenemos un Hitler. En lugar de ello, tenemos las cabezas de hidra del Sangh Parivar: la "familia unida" de las organizaciones políticas y culturales hinduistas.

La genialidad del Sangh Parivar es su habilidad de ser todas las cosas para toda la gente. Mientras el Vishwa Hindu Parishad (VHP o Congreso Indio Mundial) exhorta a sus acólitos a prepararse para la Solución Final, el Primer Ministro Vajpayee asegura a la nación que todos los ciudadanos, no importa su religión, son tratados de la misma manera.

Por supuesto, acá se ha visto todo tipo de pogrom concebible: contra castas, tribus, religiones. En 1984, tras el asesinato de Indira Gandhi, el gobernante Partido del Congreso encabezó la matanza de 3.000 sikhs. De hecho, en prácticamente todos los asuntos políticamente volátiles (desde las pruebas nucleares hasta los conflictos comunales) en Congreso sembró las semillas que permitieron al partido nacionalista BJP de Vajpayee cosechar sus malignos frutos.

Pero mientras el Congreso azuzaba los odios comunales de manera disimulada y con un sentido de la vergüenza, la división comunal es parte del mandato de Sangh Parivar. Durante años ha inoculado en la sociedad un veneno de acción lenta. Cientos de miles de niños y jóvenes son educados en base al odio religioso y a una historia falsificada. Su currículum es tan peligroso como el que desde las madrasas pakistaníes y afganas dio origen a los talibanes.

Cada vez que han elevado las hostilidades entre la India y Pakistán, ha aumentado la hostilidad hacia los musulmanes. Cada vez más, nacionalismo indio significa nacionalismo hindú, basado no en el respeto a sí mismo, sino al odio a lo "Otro": no sólo a los pakistaníes, sino a todos los musulmanes.

El incipiente y subrepticio fascismo resultante ha sido cultivado por nuestras instituciones "democráticas". Todos coquetean con él: el parlamento, la prensa, la policía y la administración. Si cualquier institución (incluida la Corte Suprema) ejerce un poder sin limitaciones ni responsabilidad de dar cuenta de sus acciones, erosionando las libertades civiles y fomentando el aumento de injusticias cotidianas, el fascismo no tardará mucho en aparecer.

Luchar contra el fascismo religioso significa recuperar mentes y corazones. Significa exigir que las instituciones públicas respondan de sus actos y escuchar a los que no tienen poder. Significa luchar contra la privación y la violencia cotidiana de la pobreza. Significa no permitir que los periódicos y la televisión sean secuestrados por pasiones espurias ni que en ellos se monten farsas diseñadas para desviar la atención de la realidad. No significa prohibir las madrasas de orientación comunitaria, sino más bien trabajar por el día en que se las abandone voluntariamente.

Como las termitas, los fascistas hindúes han debilitado las bases de nuestra constitución, parlamento y poder judicial, la columna vertebral de toda democracia. Pero es fútil culpar a los políticos y exigirles una moralidad de la que son incapaces. Si los políticos de la India nos abandonaron, es porque se lo permitimos.

Nuestros fascistas no crearon las desdichas de hoy. Todas las estrategias para lograr un cambio social real y una mayor justicia social (reforma agraria, educación, salud pública, distribución equitativa de los recursos naturales) fueron tercamente obstaculizadas por las castas y personas que se han apoderado de la política. Los fascistas hindúes aprovecharon estas desdichas, movilizando a la gente mediante el uso del mínimo común denominador: la religión. La gente que ha perdido el control de sus vidas, desarraigada de su hogar y su comunidad, despojada de su cultura y su idioma, tiene que sentirse orgullosa de algo . No de algo que lograron, sino de algo que el azar quiso que fueran. O, más precisamente, de algo que el azar quiso que no fueran.

Desgraciadamente, no hay un remedio rápido. El fascismo puede ser derrotado sólo si quienes se sienten indignados por él se comprometen a trabajar por la justicia social con una intensidad que equivalga a su indignación. Si no lo hacemos, los indios comunes y corrientes nos encontraremos, como los ciudadanos comunes y corrientes de la Alemania nazi, incapaces de mirar a nuestros niños a los ojos, por vergüenza de lo que permitimos que ocurriera.

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