Saturday, November 22, 2014
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Los protocolos de la cadena de noticias Fox

NUEVA YORK – Cuando oigo a miembros de la derecha republicana de los Estados Unidos calificarse de “conservadores”, experimento el equivalente mental de una ligera sacudida eléctrica.

Un conservador es alguien que, en la tradición del parlamentario inglés del siglo XVIII Edmund Burke, cree que el orden establecido merece respeto e incluso reverencia. En cambio, un progresista es alguien dispuesto a alterar el orden establecido en pos de una concepción de un mundo mejor.

El historiador whig del siglo XIX Thomas Macaulay describió bien esa diferencia. Según escribió, en Inglaterra había “dos grandes partidos”, que manifestaban una “distinción” que “ha[bía] existido siempre y deb[ía] existir siempre”.

Por un lado estaban los liberales, “una clase de hombres cargados de esperanza, con audacia para la elucubración, siempre ejerciendo presión para avanzar (...) y dispuestos a conceder valor a todos los cambios por ser mejoras. Por otro lado estaban los conservadores, “una clase de hombres que se aferran con gusto a todo lo antiguo y que, incluso cuando se los convence con razones muy poderosas de que la innovación sería beneficiosa, la aceptan con mucha aprensión y desasosiego”.

Conforme a ese criterio, la derecha de los Estados Unidos –el partido de la cadena de noticias Fox, del Tea Party y cada vez más del propìo Partido Republicano– ya no son conservadores. Son radicales.

Son radicales ecológicos, que niegan el consenso científico sobre el calentamiento planetario; están dispuestos a dejar que la Tierra se cueza. (¿Qué podría ser menos conservador que eso?)

Son radicales jurídicos, que apoyan la forma de tortura llamada “el submarino”, además de una generalizada intervención de líneas telefónicas y, a partir de rebuscadas interpretaciones “originalistas” de la Constitución de los EE.UU., quisieran denegar al Gobierno federal la competencia para hacer forma alguna de reglamentación económica o de apoyo al bienestar general, incluida la salud pública.

Son incluso radicales nucleares y muchos de ellos pretenden bloquear el nuevo tratado START con Rusia, que representaría un moderado avance en el programa de control de armamentos aplicado por todos los presidentes republicanos desde Richard Nixon. Los candidatos del Tea Party han dado a entender incluso que la resistencia armada al Gobierno de los EE.UU. podría estar justificada pronto.

Pero nada ilustra mejor el radicalismo de la nueva derecha que el reciente ataque del comentarista de la cadena de noticias Fox Glen Beck al financiero y filántropo George Soros. Soros es de origen húngaro y judío y el ataque de Beck, titulado “¿El que maneja las marionetas?”, reproduce, casi como una copia literal, los tropos de las ideologías antisemitas más virulentas de los movimientos totalitarios de la primera mitad del siglo XX.

Beck, que niega ser antisemita, es un teórico de las conspiraciones de estilo clásico, aunque el contenido de las supuestas conspiraciones a que se refiere es, por decirlo sin tapujos, fantasmagórico. Es cierto que es de un ejemplo clásico de provocación contra los rojos propia del maccartismo. De la Casa Blanca de Obama dice que “este Presidente está rodeado de comunistas, marxistas, revolucionarios”.

Más extraño aún es su ataque nada menos que al Presidente de los EE.UU. Woodrow Wilson, al que señala como creador del “progresismo”, que, a su vez, identifica  –aunque cueste creerlo– como punto de partida del nazismo y del bolchevismo. Beck equipara con frecuencia las políticas de Obama con las de Hitler. (Recientemente, Roger Ailes, fundador y presidente de la Fox, dijo de la dirección de la moderada y seria Radio Pública Nacional: “Desde luego, son nazis”.)

Wilson, Hitler y Obama están vinculados por una cadena de asociación muy permisiva y absolutamente típica de las teorías sobre conspiraciones en general y de su variedad antisemita en particular: Wilson era un “progresista”; algunos progresistas chapotearon en la eugenesia (nada importa que algunos conservadores también lo hicieran); el movimiento eugenésico influyó en Hitler; también Obama es un progresista. Así, pues, ¡los progresistas, Hitler y Obama son lo mismo!

De todo eso podemos decir lo que la pensadora política Hannah Arendt dijo de la falsificación antisemiota titulada Los protocolos de los sabios de Sión. Su efecto es el de “revelar la historia oficial como un chiste, demostrar una esfera de influencia secreta de la que la realidad histórica visible, rastreable y conocida sólo era la fachada exterior...”

Ahora se ha identificado un nuevo epicentro del eje Wilson-Hitler-Obama en la persona de George Soros. Mientras suena música de películas de terror y se muestran en la pantalla pasajes de desastres de la Historia, una voz entona: “Hace ochenta años, nació George Soros. Poco sabía entonces el mundo que se desplomarían economías, quedarían sin valor divisas, se robarían elecciones y se hundirían regímenes y, casualmente, un multimillonario se encontraría en el centro de todo ello”.

Tras acusar a Soros de crear un gobierno en la sombra en los EE.UU., en el programa se afirma que “se parece mucho” a organizaciones similares que “ha creado en otros países”, supuestamente “antes de instigar un golpe de Estado”. Así, Beck acusa falsamente a Soros de haber instigado golpes de Estado en el extranjero, al tiempo que da a entender que se propone llevar a cabo otro en los EE.UU.

Naturalmente, no lo dice así, pero lo que Soros ha hecho, en realidad, ha sido prestar apoyo por mediación de sus fundaciones de la Sociedad Abierta a movimientos prodemocráticos de muchos países. Muchos de ellos, incluidos Checoslovaquia, Hungría y Polonia, estaban gobernados por regímenes comunistas en aquel momento. Sería de esperar que un autoproclamado conservador como Beck apoyara esa clase de actividad.

Pero, ¿desde cuándo han constituido las contradicciones un obstáculo para los que ven conspiraciones por todos lados? De hecho, históricamente les ha preocupado tan poco caer en contradicciones como pasar por alto los hechos. Al fin y el cabo, los nazis acusaron a los judíos de ser la fuerza secreta que se ocultaba a la vez detrás del capitalismo y del comunismo, contradicción y mentira que se han resucitado en “¿El que maneja las marionetas?”.

Desde 1994, aproximadamente, cuando Newt Gingrich organizó la toma republicana del poder en la Cámara de Representantes de los EE.UU., a los republicanos les ha dado por llamarse “revolucionarios”, palabra que no se oye con frecuencia de labios de conservadores. ¿Habrá llegado el momento de tomarles la palabra? El ataque de Glenn Beck a Soros –y el inconfundible hedor de sus atroces antecedentes– indica la clase de revolución en la que puede estar pensando.

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